El espíritu posmoderno del capitalismo

Publicamos la transcripción de la charla que dimos en la ciudad de Valparaíso (Chile) en agosto de 2020 sobre la crítica a la posmodernidad, como una ideología que expresa y radicaliza las categorías propias de la sociedad capitalista. [Barbaria]

Muchas gracias a vosotras y vosotros por la invitación y por poder estar aquí. Nosotros somos un grupo de compañeros y compañeras que venimos de Madrid y París. Estamos en esta región del mundo, en Argentina y en el Estado chileno, y hemos aprovechado sobre todo para poder conocer a toda una serie de compañeros y compañeras con las que estamos en contacto y con los que tenemos bastantes afinidades desde el punto de vista de las posiciones. Y al mismo tiempo para poder hacer presentaciones sobre algunos temas (lo comentábamos antes de manera informal) en relación a la lucha de los chalecos amarillos que está ocurriendo en Francia, y también acerca de nuestro cuaderno para una crítica a la posmodernidad.

Entonces, el sentido de esta discusión para nosotros es el de una crítica que no es académica, que no es universitaria, sino al contrario, que entiende que hoy en día hay un gran problema en los medios más radicales, anarquistas, revolucionarios, que tiene que ver con el peso que la universidad tiene en las elaboraciones de un pensamiento de crítica social. Es desde este tipo de perspectiva donde cobra su sentido el cuaderno que hemos editado y que tiene un aspecto queridamente polémico, porque creemos que puede ayudar también a discutir de una determinada manera.

Así, hay un primer aspecto que consiste en el mismo origen del término posmodernidad. La primera vez que aparece el término de posmodernidad tiene que ver con un libro de Lyotard que se llama La condición posmoderna y que se publica en el año 1979. Lyotard era un profesor universitario, un académico francés que produce este libro que va a ser un auténtico best-seller desde un punto de vista académico. Pero Lyotard no era solamente un profesor universitario. O sea, era un profesor universitario en ese momento, pero originariamente en realidad había sido miembro de una organización de la región francesa muy interesante que era Socialismo o Barbarie. Junto a él había otros compañeros bastante conocidos como Claude Lefort o como Castoriadis, que habían desarrollado ese tipo de perspectiva, que es una de las más interesantes, para nosotros, de lo que sería la ultraizquierda francesa.

Ese tipo de extrema izquierda antiestalinista y antileninista se va a desarrollar en los años 50 y en los años 60. En muchas cosas tienen aspectos parecidos a los nuestros o que rescatamos, como la misma crítica por ejemplo a la dicotomía izquierda-derecha o la crítica a la Unión Soviética, en su caso como una forma de colectivismo burocrático, o la reivindicación de la autonomía de las luchas obreras. Un montón de aspectos que nos parecen muy interesantes. Cuando Socialismo o Barbarie se disuelve, además, Lyotard lo que hace es desarrollar otra organización con otros compañeros y compañeras: Poder Obrero. Para que nos hagamos una idea, en torno a ese tipo de organización va a haber autores y compañeros que siguen siendo muy interesantes a día de hoy como Gilles Dauvé.

Entonces, ¿por qué creemos que es interesante esta anécdota? Porque en cierto modo lo que Lyotard hace desde un punto de vista teórico y autobiográfico tiene que ver con una dimensión mucho más colectiva, de época. Lo que se desarrolla en realidad en los años 70 y 80 es una derrota histórica de las luchas que para nosotros son luchas de clase, luchas proletarias, y que se van a dar en los años 60 y 70 a lo largo de todo el mundo. De la misma manera que del 17 al 23 había habido en el mundo una primera oleada de luchas, en los años 70 hay una segunda oleada de luchas, que además en algunos casos van a implicar reivindicaciones nuevas o mucho más radicales por parte de esos movimientos que se van a desarrollar internacionalmente. Sigue leyendo

Vuelta al cole: nuestras vidas contra sus intereses

La ministra de educación, Isabel Celaá, se despacha el domingo 30 de agosto en una entrevista en El País con la frase: «Los beneficios de la escuela son superiores a los riesgos». Beneficios y riesgos ¿para quiénes? Pues no para los mismos. A lo largo de la anterior oleada de la pandemia del COVID han muerto por lo menos 50.000 personas, datos continuamente falseados por el Estado, que nos trata como números de una estadística fría que pretende ocultar, en lo posible, el drama social y humano que estamos sufriendo en todo el mundo.

La “nueva normalidad” supuso la rápida apertura de los negocios y los comercios. El turismo tenía que funcionar a pleno rendimiento como pulmón económico de la valorización del capital nacional. Los telediarios se abrían con la llegada de los turistas alemanes recibidos en una nueva versión de Bienvenido, Mr. Marshall… Y este es el significado de la nueva normalidad, de su normalidad, de la normalidad económica del capital y sus beneficios. En la misma entrevista la ministra confiesa que la escuela no solo sirve para enseñar sino también para que los padres concilien, o sea, para que vayan a reproducir la máquina del trabajo asalariado, una máquina que no puede parar. Hablemos con claridad: los beneficios son superiores a los riesgos. Beneficios para la economía nacional, riesgos para los trabajadores, padres y madres, estudiantes… que enfermarán y morirán. Datos consabidos, datos que se calculan con el frío cinismo del Estado, un cinismo necesario para que todo su mundo siga en pie.

Por eso es tan importante la determinación de muchos trabajadores de la enseñanza de no volver a las escuelas si no hay seguridad para nuestras vidas y las del resto de la sociedad. Una determinación a la huelga que en Madrid ha sido torpedeada por los sindicatos, desde CCOO a la CGT, desde UGT a STEM. Y no nos sorprende. Esa es la función de los sindicatos. Negociar con nuestras vidas para adaptarlas a las exigencias del capital y del Estado. Nuestras necesidades tienen que someterse a la de la normalidad capitalista. Y es lo que han hecho estos días desconvocando una huelga para la que sobran razones: las razones de nuestras vidas en riesgo, las razones de todos aquellos a los que podemos servir de ejemplo para detener la rueda de un mundo que produce y reproduce esta pandemia.

Por eso nos parecen tan importantes las iniciativas que están surgiendo por una huelga indefinida y por eso la apoyamos con determinación, para que se autoorganice al margen de los sindicatos, desde los centros educativos, a través de asambleas abiertas en las que participen y sean protagonistas todos los trabajadores, familias y estudiantes de esta lucha.

¡Por la huelga indefinida!

Grupo Barbaria Septiembre 2020

Nuestro horizonte es el mundo

La parcialidad

Cuando hace años escribimos un texto llamado Por qué no somos feministas y nos comenzamos a posicionar abiertamente en contra del feminismo, yo tenía mis dudas. Muchas dudas. Es complicado tomar la decisión de ser crítica con aquello con lo que te identificas casi ciegamente y que ha formado tu ADN militante. Es difícil enfrentarse a la honestidad que supone ponerse en cuestión a uno mismo en lugar de dejarse arrastrar por los mantras aparentemente bienintencionados de alrededor. ¿Quién quiere que se le acuse de no defender a las mujeres, de no luchar por su “liberación”? ¿Quién desea ser señalado como alguien que excluye a las personas trans y justifica así la violencia contra ellas? ¿Quién querría que se le identificara con la peor ralea machista y casposa de esta sociedad? Nadie. Y queriendo huir de esta censura reaccionaria, es fácil defender de forma acrítica todo tipo de dogmas. Con los ojos cerrados, con el carnet entre los dientes y los pantalones bajados.

Pero hay que negarse. Hay que negarse a ser acríticos, porque no es gratuito. El feminismo es una de las principales ideologías parciales que triunfan actualmente en nuestra sociedad. Que sea una ideología, una lucha, parcial significa que no persigue un cambio total del mundo en que vivimos, que no tiene una visión integral de la explotación, dominación y opresión de los seres humanos viendo la vinculación entre estas relaciones de explotación y dominación en su conjunto, sin negarlas. En cambio, se centra en un aspecto concreto de esta opresión, tomándolo como motivo vertebrador de la lucha. Esto conlleva la defensa de la reforma en lo tocante al interés concreto de cada movimiento, en lugar de la afirmación de la revolución para construir otro mundo. Por lo tanto y a pesar de que en muchas ocasiones nace de una honesta voluntad de lucha, esta es, entre otras cosas, una forma de colaborar con la separación entre unos seres y otros, con la atomización que nos impone el capitalismo.

Según mi propia experiencia, una característica recurrente en todo tipo de asambleas y grupos feministas es la ausencia de contenido. No se habla de contenido. No se debate lo importante. Incluso en los grupos que tienen una posición clara con respecto a alguno de los temas candentes, no hay lugar para el cuestionamiento reflexivo, para analizar y pensar juntas de dónde vienen y hacia dónde van las mujeres de este mundo. Un poco por miedo a no estar de acuerdo en nada, un poco por preservar la falacia de la unidad de las mujeres, un poco por la lógica activista. Y cuando, de casualidad y “arriesgando la vida”, se pone sobre la mesa alguna pregunta, solo caben dos posiciones: se desata el cisma. Sigue leyendo

Dinero que incuba dinero

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Aquí el texto completo en formato .docx y .pdf

A modo de prólogo .La mercancía .El dinero 1) Medida de valor 2) Medio de circulación 3) Medio de atesoramiento 4) Medio de pago 5) Dinero mundial El capital que devenga interés 1) El dinero como mercancía 2) El dinero como capital que devenga interés 3) El dinero de crédito 4) El dinero como capital ficticio 5) El juego de espejos .Un mundo sin dinero .Anexo I: Contribución a la crítica de la economía política .Antítesis mercancía-dinero .Medida de valor .Medio de circulación .Medio de atesoramiento .Medio de pago .Dinero mundial .Anexo II: El capital, sección quinta .El capital como mercancía .Funciones del crédito y del sistema bancario .Capital que devenga interés .Capital ficticio .Abolición de la propiedad con el desarrollo del crédito

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No sabemos si perturba o no su sueño, pero la burguesía lleva décadas manteniendo vivo el capitalismo a base de imprimir deuda. Casi se puede decir que esa ha sido su actividad principal. Emitir enormes masas de dinero crediticio, dinero sin una base real de valor, para sortear la crisis de liquidez, estimular la economía, cerrar los ojos y confiar en que todo irá mejor en el futuro. Pero en el futuro las cosas sólo empeoran.

Con la crisis que ha detonado el COVID-19 los burgueses empiezan a encajar algunas piezas del puzzle. Si no hubo una verdadera recuperación económica tras la anterior crisis, quizás tampoco la haya en esta. Si las condiciones que provocaron el coronavirus no van a cambiar, quizás tampoco sea ésta la última pandemia. Quizás la miseria que se agranda a cada crisis vaya a desembocar pronto en fuertes luchas sociales. Quizás las medidas extraordinarias que se tomaron para paliar la crisis de 2008 se están volviendo un poco más ordinarias, por eso aquellos que siempre se han opuesto a aumentar el déficit presupuestario comienzan a ceder. Se prevé una caída del PIB mundial del 3%, la mayor desde la Segunda Guerra Mundial, 195 millones de parados más en todo el mundo y una nueva crisis alimentaria de enormes proporciones. ¿Quién podría oponerse a emitir deuda si eso ayuda a aguantar el temporal?

Pero entonces la izquierda, que siempre es la parte menos avispada de la burguesía, añade: sí, pero puestos a emitir deuda, hágase en la economía real. El Estado tiene la capacidad de imprimir cuantos billetes quiera. Pues que lo haga, pero no en favor de los más ricos, sino de la gente común. A fin de cuentas, ¿qué es el dinero? Papel, impulsos electrónicos: nada. Una excusa para intercambiar mercancías. O mejor: un instrumento que en las manos adecuadas puede resolver los males del capitalismo, aumentar la capacidad adquisitiva de la población y conseguir el pleno empleo. La autonomía de la política y las virtudes de la democracia se demuestran con una política monetaria que sea social y redistributiva, dirigida a remontar los males que nos aquejan actualmente, como la expulsión de enormes masas de trabajo por la automatización de la economía o la difícil transición energética para paliar la catástrofe ecológica que estamos viviendo. Así pues, adelante la deuda. Que fluyan los billetes. Mañana ya veremos qué pasa.

Lo que no entiende la izquierda es que lo que funciona para un grupo de ladrones en la televisión quizá no le sea tan útil a un Estado. Porque el Estado capitalista, mal que le pese, no puede violar la ley del valor. Ciertamente, el dinero de curso forzoso permite un cierto margen de maniobra para falsear los datos y generar una sensación temporal de riqueza, pero la economía acaba por imponerse. Para que el Estado pueda emitir dinero sin que su moneda se desvalorice por completo y ya nadie quiera usarla más que para lo que está obligado, es decir, para pagar impuestos, entonces tendrá que emitir deuda pública. Una parte de esta deuda puede ser comprada por su propio banco central, pero otra parte importante ha de ser ofrecida en los mercados financieros. El carácter nacional de la moneda provoca la apariencia de una cierta autonomía de la política, pero cuando llega al mercado mundial esta apariencia tarda poco en caer. Una moneda emitida en exceso es una moneda devaluada, una moneda a la que le costará más adquirir productos extranjeros y pagar los intereses de su deuda, porque se pagan con dinero mundial. Así que el Estado no puede emitir dinero así, sin más ni más: para hacerlo tiene que emitir deuda y pagar sus intereses.

Pero los acreedores, como el mercader de Venecia, también piden su libra de carne. Cuando se emite dinero crediticio se confía al futuro la producción de valor, esto es, se hipoteca el valor que se producirá en el futuro para poder consumirlo en el presente. Pero esto ha de ser un ejercicio creíble: por ello, un acreedor razonable como el FMI o el mercado de deuda no podrá más que solicitar un aumento de la explotación del trabajo, la única base del valor, a cambio de su préstamo.

Los estados intentaron inyectar liquidez en la economía real tras la crisis de 2008, pero la economía real no podía absorber más liquidez: ya no daba más de sí. El dinero no podía utilizarse para invertir nuevos capitales que continuaran con la producción de valor, porque el valor se está agotando, las ganancias son cada vez más escuetas y antes que nada hay que saldar las deudas que ya se tienen. El endeudamiento es un agujero negro que no deja de absorber la sufrida economía real. Antes del confinamiento, entre el 10% y el 20% de las empresas de Estados Unidos y Europa sólo ganaban para pagar su propio funcionamiento y las deudas contraídas. En el caso de las pequeñas y medianas empresas, la tasa de ganancia es por tanto muy reducida. De ahí que la Fed y el BCE hayan tenido que comprar por primera vez bonos basura de las empresas a punto de quebrar. En el caso de las grandes, no se puede decir que la cosa vaya mucho mejor. Podemos poner como ejemplo a Nestlé, que utilizó los bajos tipos de interés para recomprar sus propias acciones y remontar así su valor bursátil, dado que su deuda triplica las ganancias anuales. Y esto sin hablar del crédito al consumo. Una familia estadounidense necesitaría ahorrar más de dos años para costear un mes sin ingresos. Endeudarse es la única receta económica para un capitalismo que agoniza.

Así, la deuda en relación al PIB mundial pasará posiblemente del 322% al 342% con esta nueva crisis. Esto quiere decir que la masa de dinero crediticio que circula por el mundo triplica ya con mucho el dinero basado en la producción y circulación de mercancías. En definitiva, la deuda llegó para quedarse. Pero no ahora: desde los años 70 el capitalismo ha ido haciendo de la emisión de dinero de crédito y del capital ficticio su único motor. Romper con el tipo de cambio fijo respecto al oro en los años 70 fue al mismo tiempo la consumación de un proceso de varias décadas y el requisito imprescindible para seguir dotando a la economía de liquidez, de oxígeno. Una liquidez que, sin embargo, es cada vez más ficticia.

Aquello que parece su elemento más fuerte, la emisión de dinero crediticio para seguir tirando la pelota hacia adelante, no es sino el punto más débil del capitalismo. Por eso el mercado bursátil se derrumbó antes de que llegara el verdadero parón de la economía con el confinamiento ante la pandemia. Una economía que respira gracias a la mera expectativa de ganancias futuras, muchas de las cuales jamás se realizarán, es una economía de enorme fragilidad. Un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Un sistema social que agoniza.

Por eso necesitamos estudiar qué papel cumple el dinero en el capitalismo. Lo haremos desde la perspectiva más general, desde sus categorías más invariantes, hasta la realidad concreta de una catástrofe que no deja ampliarse. Hoy el dinero crediticio es el único órgano de respiración artificial que tiene este cuerpo moribundo. Todo lo que le queda al capitalismo es una casa de papel.

Barbaria   –   mayo de 2020

No es la crisis del virus, es la crisis del capital

Con más de un tercio de la población mundial en confinamiento y buena parte de la producción y circulación de mercancías detenida a nivel mundial, nos situamos en un contexto que pareciera completamente nuevo. Sin embargo, sería imposible tratar de explicar la situación actual sin comprender la crisis irresoluble en la que se encuentra el sistema capitalista. Crisis tras crisis este sistema ha dado salidas inmediatistas a los obstáculos a los que se ha ido enfrentando. Estas salidas van acumulando una serie de contradicciones en el seno del capitalismo que antes o después saltarán por los aires. Es imprescindible acercarnos al análisis del contexto actual desde una perspectiva que sitúe la crisis del coronavirus como otro hito histórico más que se amontona a todas las cuentas pendientes que se han ido dejando por el camino.

La fragilidad del capital

El coronavirus no solo ha detenido de forma repentina los procesos de valorización del capital a nivel internacional, sino que además ha revelado cuan frágil es la economía capitalista. Desde hace unas semanas asistimos a una crisis histórica de las bolsas de todo el mundo cuyo único causante a primera vista podría parecer este virus. Sin embargo, vivimos en un sistema que se caracteriza por su lógica abstracta e impersonal, y, por tanto, el análisis que hagamos no puede ser meramente fenomenológico, sino que tiene que ir más allá de lo concreto con el objetivo de entender la invarianza que determina a este sistema.

El objetivo de la circulación del capital es su propio crecimiento, no tiene límite ni final. Por tanto, lo que define al capitalismo es precisamente esta repetición imprescindible de los ciclos de acumulación. Por otro lado, la naturaleza competitiva del capitalismo le impulsa a innovar los procesos de producción, lo que provoca la expulsión de trabajo asalariado, reduciendo en la misma medida la capacidad de producir valor. Nos encontramos, así, en un contexto en el que la repetición de los ciclos de acumulación es indispensable para garantizar la supervivencia del sistema capitalista, pero a su vez, las dificultades que sufre el capital para valorizarse son cada vez mayores. En esta encrucijada en la que la riqueza social cada vez depende menos del trabajo asalariado, el capital ficticio será un elemento fundamental no solo para sustentar, sino para impulsar el ciclo de valorización del capital.

Aunque el capital ficticio en la época de Marx tenía una importancia menor, esta cuestión se trata en el libro III de El Capital, poniendo el foco en el carácter ficticio de los títulos de deuda pública, las acciones y los depósitos bancarios. En el caso de la deuda pública, es capital que nunca se invierte, puesto que el dinero que recoge el Estado no entra en ningún circuito de valorización, solo da derecho a una participación en los impuestos que recaude. Con respecto al capital accionario, son títulos de propiedad que dan derecho a participar en el plusvalor producido por el capital.  Las acciones tienen un componente de capital real (el dinero recaudado en la emisión inicial que se invierte en forma de capital) y un componente de capital ficticio que se origina a través de la mercantilización de estos títulos, ya que adquieren autonomía, y su valor comercial se despega del valor nominal sin modificar la valorización del capital subyacente. Por último, los depósitos de los bancos constituyen en su mayoría capital ficticio, ya que los créditos concedidos por el banco no existen como depósitos. De modo que el capital ficticio es aquel que está desconectado del proceso real de valorización de capital. Su sustento es la expectativa de una generación de plusvalía en el futuro, y cuando estas expectativas desaparecen, su naturaleza ilusoria queda al descubierto. Sigue leyendo

Es el capital quien nos impide respirar

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El pasado 25 de mayo en Minneapolis, George Floyd fue arrestado por un miserable billete falso de 20 dólares. Tras esposarlo y ponerlo boca abajo, un policía, con la ayuda del resto de la patrulla, le presiona en el cuello con la rodilla impidiendo que respire. 8 minutos y 46 segundos después, George Floyd muere asfixiado tras repetir en múltiples ocasiones que no puede respirar.

El asesinato de Floyd se añade a un gran problema que es histórico y sistémico. Es la gota que ha colmado el vaso. El proletariado negro sufre en mayor medida la explotación del capital. En Estados Unidos el ingreso medio de los hogares negros es un 40% más bajo que el de los hogares blancos, y a pesar de que los negros son el 12% del país, representan el 30% de la población carcelaria. La pandemia mundial que vivimos en la actualidad ha profundizado en esta brecha. No es casual que siendo la población negra alrededor del 30% de la población total en lugares como Washington, Chicago, Mississippi, Luisiana, o Georgia, más del 70% de los muertos por coronavirus sean precisamente personas negras. La cuestión racial es hoy, y de una manera cada vez más evidente, una cuestión social.

Indudablemente, tanto esta como los cientos de agresiones que se producen a consecuencia de la violencia policial están motivados por cuestiones raciales. Pero también es innegable que la policía es el arma que el Estado utiliza para defender los intereses de la burguesía como clase. Una respuesta a este conflicto fundamentada únicamente en la cuestión racial, es decir, bajo una perspectiva antirracista, es una respuesta estéril puesto que es una respuesta parcial. La policía actúa como brazo armado del Estado, no es un ente autónomo. La represión que ejerce es el medio que tiene para gestionar la miseria que el capitalismo provoca por su propia lógica y de forma cada vez más generalizada. La única forma de tener un mundo donde la policía no mate a los negros por ser negros es tener un mundo en el que no exista el capitalismo. Un mundo en el que no exista el Estado. La única respuesta efectiva, la única respuesta que va a la raíz del problema, es la respuesta que podemos dar como clase.

El maltrato de las personas negras por parte de los aparatos estatales no es un hecho restringido a los Estados Unidos. Estas semanas hemos visto cómo 200 temporeros que han acudido a trabajar, un año más, a Lleida se ven obligados a dormir en la calle. El racismo de Estado no es un conflicto nacional, es un problema inherente a la lógica del capitalismo. Al mismo tiempo que han surgido las protestas en torno a la muerte de Floyd, se han sucedido otras luchas en distintas partes del mundo que tratan de dar respuesta a las distintas expresiones de brutalidad que el capitalismo ejerce sobre el proletariado. No es casualidad tampoco que simultáneamente se activen lugares tan dispares como Estados Unidos, Francia, Líbano, Chile o Irak, muchos de los cuales ya hacían parte de la oleada internacional de luchas que se inició en 2018 y que ahora vemos reanudarse. Existe un denominador común en torno a estas luchas. Es el capitalismo quien nos impide respirar, y solo una respuesta del conjunto del proletariado a nivel internacional puede devolvernos el aliento.

Barbaria 2020

Los títeres del capital

Hay de todo y para todos los gustos. En uno de los extremos están las versiones más espectaculares, en las que Trump habría introducido el coronavirus en China con ánimo de ganar la guerra comercial. O China lo habría hecho para extenderlo a otros países, recuperarse de la crisis sanitaria la primera y dominar el mundo. O habrían sido directamente los gobiernos en sus propios países, preocupados por la cuestión de las pensiones, que habrían aplicado la típica solución maltusiana de quitarse la mayor parte de viejos de encima. El otro de los extremos, más sutil y también mucho más extendido en determinados medios, afirma que la gravedad del coronavirus, si no un invento mediático, al menos sí que está siendo conscientemente exagerada por la burguesía para aumentar su control represivo sobre nosotros. A fin de cuentas, la gripe común mata a más gente. ¿No es sospechoso que los gobiernos estén decretando estados de excepción, llevando al ejército a las calles, aumentando las patrullas policiales y poniendo multas altísimas ante una enfermedad que no llega al número de muertos anuales de la gripe común? Sea como sea, aquí hay algo raro.

Es lógico que en el capitalismo surjan discursos y formas de pensar como estos. Se trata de ideologías que emanan espontáneamente de las relaciones sociales organizadas en torno a la mercancía. Todas ellas se basan, en última instancia, en la idea de que todos nosotros seríamos títeres al albur de las decisiones de un grupo todopoderoso de personas que, conscientemente, dirigen nuestras vidas para su propio interés. Esta idea de fondo, que parecería sólo atribuible a las teorías de la conspiración, en verdad está muy extendida: es la que funda la propia democracia.

Los dos cuerpos del rey

Es una cosa particular la manera en la que nos relacionamos en una sociedad organizada por la mercancía. Inédita en la historia, de hecho. La primera y la última forma de organizar la vida social que nada tiene que ver con las necesidades humanas. Por supuesto, antes del capitalismo había sociedades de clase, pero incluso en ellas la explotación estaba organizada con el fin de satisfacer las necesidades ―en sentido amplio― de la clase dominante. En el capitalismo la burguesía sólo lo es en la medida en que sea una buena funcionaria del capital. Ningún burgués puede seguir siéndolo si no obtiene ganancias no para su consumo, que es un efecto colateral, sino para invertirlas de nuevo como capital: dinero para obtener dinero para obtener dinero. Valor hinchado de valor, en perpetuo movimiento. Cuando hablamos del fetichismo de la mercancía, damos cuenta de una relación impersonal en la que no importa quién la ejerza ―un burgués, un antiguo proletario venido a más, una cooperativa, un Estado―, porque lo importante es que la producción de mercancías persista en una rueda automática que no puede dejar de girar. La pandemia actual está mostrándonos lo que pasa cuando esa rueda amenaza con pararse. Sigue leyendo

Covid-19: homicidio del capital

Personas confinadas, hospitales y UCIs que no dan abasto, residencias convertidas en morgues; fábricas de cerveza o de motores de avión abiertas, obras nuevas en calles vacías, jardineros en los parques, transportes públicos llenos de trabajadores; militares que vigilan, guardias civiles que detienen y ponen multas, policías que hacen redadas a inmigrantes en las plazas…

Estos días asistimos a una aceleración de nuestros tiempos históricos. El coronavirus no inventa nada, es una pandemia causada por la lógica del capital, y que a su vez acelera la crisis sistémica del capitalismo. Nos parece importante hacer un pequeño balance de la catástrofe que estamos viviendo.

Lo que preocupa a todos los gobiernos es la salud de la economía nacional y no la de las personas. Por eso al inicio todos banalizaron el virus, decían que en abril todo el mundo se habría olvidado de él, insistían en seguir con la vida normal: la de la producción y circulación mercantil, la de los trabajos y los consumos, la de manifestaciones como el 8M o la de eventos futbolísticos. Todo va bien en el reino de la mercancía, nos decía Ada Colau cuando insistía en celebrar el Mobile World Congress.

Los gobiernos solo toman medidas cuando se encuentran desbordados, desde Pedro Sánchez a Conte, de Xi Jinping a Boris Johnson e incluso Donald Trump. Lo que les mueve no es la salud de las personas sino la preocupación de que la expansión del virus quiebre la producción y circulación de las mercancías. Lo que les preocupa es que arrastre su mundo, el mundo del capital, a un colapso inmediato por la muerte de millones de personas. Por eso el gobierno de España no detiene algunos sectores de la producción hasta que se contabilizan más de 6.000 muertos oficiales (El País, nada sospechoso de anticapitalismo, reconoce que los muertos reales son muy superiores). Y, por supuesto, habrá que devolver la jornada laboral a las empresas hasta la última gota de nuestra sangre.

Gobierne quien gobierne, todos actúan del mismo modo, con las mismas preocupaciones y objetivos: defensa de la economía nacional, presencia policial y militar en las calles para frenar las previsibles revueltas sociales, despidos colectivos, créditos a las empresas y otras medidas en las que todas las facciones políticas coinciden. Reina el estado de alarma, los móviles son geolozalizados para controlar nuestros movimientos, los policías en la calle ponen más de 180.000 multas y hay casi 1.600 detenidos en el Estado español. Todo esto bajo el gobierno democrático del PSOE y Podemos y no de los presuntos fascistas de Vox. No hay mal absoluto dentro del capitalismo: el mal absoluto es el capitalismo. Todos los partidos no son sino gestores de la catástrofe capitalista: no hay mal menor por el que votar.

Es importante entender estas lecciones de cara al futuro. No solo ante la catástrofe humana que estamos sufriendo, mucho más mortífera en Nou Barris que en Sarria, en Vallecas que en La Moraleja, sino a la que está por venir. No estamos todos en el mismo barco. Ensalzan al personal sanitario al mismo tiempo que lo tratan como carne de cañón para que se infecte sin medios de protección. Salvan la economía nacional y el funcionamiento de las empresas a costa de un endeudamiento masivo por parte del Estado. Endeudamiento que se verá acompañado de una caída brutal del PIB en los próximos meses y que habrá que pagar en forma de subidas de impuestos, intereses de la deuda, recortes masivos de salarios y despidos. El futuro inmediato es el de una agudización de la crisis del capitalismo, el de la aceleración de una catástrofe que vendrá de la mano de revueltas y rebeliones masivas como las de 2019. Como las que se intuyen en los trabajadores que se niegan a continuar su producción de muerte en las fábricas italianas, españolas, brasileñas o norteamericanas.

Vivimos tiempos históricos y en tiempos históricos es importante tomar determinaciones históricas. El futuro ya está escrito, y será el de una lucha a vida o muerte, un conflicto de clase, un combate de especie, entre la humanidad y el capital. Preparémonos con claridad y determinación.

29 de marzo de 2020

barbaria.net

Las pandemias del capital

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Es difícil escribir un texto como este ahora. En el contexto actual, en el que el coronavirus ha quebrado ―o amenaza con hacerlo pronto― las condiciones de vida de muchos de nosotros, lo único que deseas es salir a la calle y prenderle fuego a todo, con la mascarilla si hace falta. La cosa lo merece. Si la economía está por encima de nuestras vidas, tiene sentido retrasar la contención del virus hasta el último momento, hasta que la pandemia es ya inevitable. También tiene sentido que cuando ya no se puede parar el contagio y hay que perturbar ―lo mínimo imprescindible― la producción y distribución de mercancías, seamos nosotros a los que se despide, a los que se fuerza a trabajar, a los que se sigue confinando en cárceles y CIEs, a los que se les obliga a elegir entre la enfermedad y el contagio de los seres queridos o a morirse de hambre en la cuarentena. Todo esto con los vítores patrios y el llamamiento a la unidad nacional, con la disciplina social como el mantra de los verdugos, con los elogios al buen ciudadano que agacha la cabeza y calla. Lo único que deseas en momentos como este es reventarlo todo.

Y esa rabia es fundamental. Pero también lo es comprender bien por qué está sucediendo todo esto: comprenderlo bien para pelear mejor, para luchar contra la raíz misma del problema. Comprenderlo para cuando todo estalle y la rabia individual se convierta en potencia colectiva, para saber cómo utilizar esa rabia, para terminar realmente, sin cuentos, sin desvíos, con esta sociedad de miseria.

 El virus no es sólo un virus

Desde sus comienzos, la relación del capitalismo con la naturaleza (humana y no humana) ha sido la historia de una catástrofe interminable. Ello está en la lógica de una sociedad que se organiza a través del intercambio mercantil. Está en la misma razón de ser de la mercancía, en la que poco importa su aspecto material, natural, sólo la posibilidad de obtener dinero por ella. En una sociedad mercantil, el conjunto de las especies del planeta están subordinadas al funcionamiento de esa máquina ciega y automática que es el capital: la naturaleza no humana no es más que un flujo de materias primas, un medio de producción de mercancías, y la naturaleza humana es la fuente de trabajo que explotar para sacar del dinero más dinero. Todo lo material, todo lo natural, todo lo vivo está al servicio de la producción de una relación social ―el valor, el dinero, el capital― que se ha autonomizado y necesita transgredir los límites de la vida permanentemente.

Pero el capitalismo es un sistema preñado de contradicciones. Cada vez que intenta superarlas, sólo aplaza e intensifica la crisis siguiente. La crisis social y sanitaria creada por la expansión del coronavirus concentra todas ellas y expresa la putrefacción de las relaciones sociales basadas en el valor, en la propiedad privada y en el Estado: su agotamiento histórico.

A medida que este sistema avanza, la competencia entre capitalistas impulsa el desarrollo tecnológico y científico y, con él, una producción cada vez más social. Cada vez lo que producimos depende menos de una persona y más de la sociedad. Depende menos de la producción local, arraigada a un territorio, para ser cada vez más mundial. También depende cada vez menos del esfuerzo individual e inmediato y más del conocimiento acumulado a lo largo de la historia y aplicado eficazmente a la producción. Todo esto lo hace, sin embargo, manteniendo sus propias categorías: aunque la producción es cada vez más social, el producto del trabajo sigue siendo propiedad privada. Y no simplemente: el producto del trabajo es mercancía, es decir, propiedad privada destinada al intercambio con otras mercancías. Dicho intercambio está posibilitado por el hecho de que ambos productos contienen la misma cantidad de trabajo abstracto, de valor. Esta lógica, que constituye las categorías básicas del capital, es puesta en cuestión por el propio desarrollo del capitalismo, que reduce la cantidad de trabajo vivo que requiere cada mercancía. Automatización de la producción, expulsión de trabajo, caída de las ganancias que pueden obtener los capitalistas de la explotación de ese trabajo: crisis del valor.

Esta profunda contradicción entre la producción social y la apropiación privada se concreta en toda una serie de contradicciones derivadas. Una de ellas, que hemos desarrollado más ampliamente en otros momentos, da cuenta del papel de la tierra en el agotamiento del valor como relación social. El desarrollo del capital tiende a crear una demanda cada vez más fuerte del uso del suelo, lo cual hace que su precio ―la renta de la tierra― tienda a aumentar históricamente. Esto es lógico: cuanto más se incrementa la productividad, más desciende la cantidad de valor por unidad de producto y, por tanto, más mercancías hay que producir para obtener las mismas ganancias que antes. Como cada vez hay menos trabajadores en la fábrica y más robots, mayor volumen de materias primas y recursos energéticos requiere la producción. La demanda sobre la tierra, por tanto, se intensifica: megaminería, deforestación, extracción intensiva de combustibles fósiles son las consecuencias lógicas de esta dinámica. Por otro lado, la concentración de capitales conduce a su vez a concentrar grandes masas de fuerza de trabajo en las ciudades, lo que empuja a que la vivienda en las ciudades suba de precio permanentemente. De ahí también las peores condiciones de vida en las metrópolis, el hacinamiento, la contaminación, el alquiler que se come una parte cada vez más grande del salario, la jornada laboral que se prolonga indefinidamente por el transporte.

La agricultura y la ganadería se encuentran de cara a estos dos grandes competidores por el suelo, el sector ligado al aprovechamiento de la renta urbana y el ligado a la extracción de materias primas y energía. Si las explotaciones agrícolas o ganaderas se encuentran en la periferia de la ciudad, quizá su parcela de tierra sea más rentable para la construcción de un edificio de viviendas, o de un polígono industrial al que conviene por logística la proximidad a la metrópoli. Si están más alejadas, pero su trozo de tierra contiene minerales útiles y demandados en la producción de mercancías o, peor aún, alguna reserva de hidrocarburos, tampoco podrán realizarse en ese terreno que el capital destina a fines más suculentos[1]. Si quieren mantenerse en el lugar y seguir pagando la renta, habrán de incrementar la productividad como hacen los capitalistas industriales. Tienen además el aliciente del aumento incesante de bocas urbanas que alimentar. La agroindustria es la consecuencia lógica de esta dinámica: sólo incrementando la productividad, utilizando maquinaria automatizada, produciendo en monocultivos, haciendo un uso cada vez mayor de químicos ―fertilizantes y pesticidas en la agricultura, productos farmacéuticos en la ganadería―, incluso modificando genéticamente plantas y animales, podrán producirse las ganancias suficientes en un contexto en el que la renta de la tierra aumenta sin cesar. Sigue leyendo

Frente a la Sagrada Familia del capital, defendamos nuestra vida a través del antagonismo social

En este artículo pretendemos afrontar las cuestiones que se desprenden del actual estado de alarma que ha decretado el gobierno de Pedro Sánchez en España, junto a las medidas que ha anunciado el martes 17 de marzo. Vivimos en tiempos de profunda crisis social, una crisis sanitaria que, al mismo tiempo, se combina con una crisis económica, de cambio climático, psicológica, política, etc. En realidad estamos ante la crisis de un mundo que esta empezando a colapsar, que está agotando su tiempo histórico: es el mundo del capital. Es la crisis del capital.

¿Unidad nacional? ¿En defensa de quién?

Se nos dice que la enfermedad y el contagio no conoce de clases, de ideologías, de razas, que ataca a todos por igual y que tenemos que reaccionar juntos, con unión, con disciplina social, como españoles, porque somos miembros de una gran nación. Todos los partidos políticos están unidos. Más allá de las diferencias de matices por necesidades de márketing político, sindicatos, empresarios y bancos defienden las medidas del gobierno. Todos a una, porque estamos en el mismo barco, nuestra patria, contra un enemigo común, el coronavirus. No nos vencerá, nos dicen. Al final de estos meses todo volverá a la presunta normalidad de antes, a la normalidad del capital. Pedro Sánchez repite con obsesión, cada poco tiempo, que esto es solo una crisis coyuntural.

La burguesía está asustada.

Tiene miedo.

 Y tiene razones para ello.

Además actúan de modo dividido según los lugares. Hay gobiernos que de modo tardío tomaron decisiones centralizadas, como el capital chino, y otros como Italia o España que tardaron todavía más en reaccionar e imponer el aislamiento parcial de las poblaciones. Están reaccionando con retraso a la difusión de la enfermedad porque lo que les preocupa de verdad, como explicaremos más tarde, es la salud de la economía del capital. En Francia las medidas son mucho más recientes. Ni siquiera pararon las elecciones municipales del domingo 15 de marzo, y en el Reino Unido y Estados Unidos parece que apuestan por una solución malthusiana, o sea, que muera quien tenga que morir (aunque probablemente tengan que dar marcha atrás). Mientras tanto el virus se extiende por todo el mundo, llega a América Latina y a África. El virus se propaga a la velocidad de la circulación de las mercancías y de los capitales.

Todos hemos podido ver las contradicciones en que entra el estado de alarma del gobierno PSOE-Podemos. Se nos dice que lo que les preocupa es la salud de la gente y, sin embargo, millones de personas salen a trabajar cotidianamente. Y es que las necesidades del capital son las que marcan las necesidades de la sociedad en la que vivimos. La utilidad de las cosas viene marcada por su precio, por la rentabilidad económica que genera para las empresas. No hay ninguna utilidad humana en fabricar coches, pero sí una utilidad social que es la que rige en primera instancia, la del capital. Si no se fabrican coches, disminuye el beneficio de estas empresas y se ven obligadas a cerrar. Con eso aumenta el paro y la dificultad de los proletarios obligados a reproducir su fuerza de trabajo y su vida.

¿Qué queremos resaltar con esto? Que vivimos en un mundo dominado por el capital y por el valor. Y esto entra completamente en la forma en que se está afrontando la crisis en curso. Cuando decimos que el capital es la raíz de la crisis no estamos diciendo algo superficial. Lo que afirmamos es que la máquina impersonal que es el valor es la que fomenta con su lógica omnívora el nacimiento de cada vez más virus, por cómo tiende a colonizar cada vez más rincones del planeta y por cómo desarrolla la industria cárnica intensiva. Al mismo tiempo, enfrenta la expansión de estas epidemias desde su lógica, por lo que trata de mantener en lo posible el esqueleto de la producción y reproducción de las actividades económicas. Sigue leyendo

¿Reverdece el capitalismo?

Naturalmente, también la burguesía está preocupada por el calentamiento global. A fin de cuentas, los problemas de gestión político-propagandístico-administrativos que puede suponer la llegada incesante de refugiados climáticos no son cosa menor, dicho de otra manera, son cosa mayor. Tampoco se pueden menospreciar las alteraciones en el mercado que fenómenos climáticos extremos como sequías, lluvias torrenciales, incendios o terremotos puedan provocar al afectar a las infraestructuras, como el tendido eléctrico o el buen estado de las autopistas patrias. Al igual que no deja de ser preocupante el desequilibrio en la balanza comercial cuando haya que importar alimentos a mansalva de otros países, porque nuestros cultivos no dan para más por la escasez de agua con la última sequía, o por la oleada de frío que nos ha venido así como si nada del Ártico, o las lluvias torrenciales que se han llevado la mitad de las plantaciones. Que a la burguesía todo esto le preocupa, tampoco se puede negar.

Pero en el fondo todo el teatro de las Naciones Unidas y sus COP numerosísimas no sólo tienen que ver con eso. No vamos a ser muy originales, porque los capitalistas tampoco lo son: ¿qué les preocupa? La tasa de ganancia. Y va en caída desde hace al menos cincuenta años, y a cada solución que le dan sólo agravan el problema. Tampoco eso es muy original. El capitalismo no escapa de sus contradicciones, sólo las supera momentáneamente para encontrárselas redobladas a la vuelta de la esquina. Pero el caso es que la tasa de ganancia va cayendo, porque la automatización de la producción expulsa trabajo como si no hubiera mañana y cada vez hay menos sangre y sudor que explotar. Como las máquinas son más productivas, los precios bajan, así que no hay más remedio que producir muchas más mercancías para ganar siquiera lo que se ganaba antes. Siendo así, pues vidas humanas explotas menos ―al menos en la fábrica, que alguna ocupación habrá que encontrarle a esa pobre gente―, pero materias primas y electricidad, a espuertas. Además, como hay más mercancías, también hay más mercados que encontrar, por lo que camiones, barcos y aviones son enviados viento en popa a toda vela con el combustible fósil consiguiente, porque hay que atravesar medio mundo para colocar convenientemente las mercancías.

Así que si se agota el petróleo es un problemón, un problemón que sin embargo no nos llevará a ningún colapso, sino a una catástrofe capitalista cada vez más brutal. No sólo se incrementan los costes de producción y de transporte de mercancías ―en un contexto en el que la ganancia es cada vez menor, un aumento de costes es mortal―, sino que además para bajar costes tiene aún más importancia quitarse de encima la renta petrolífera que se llevan las Arabias Sauditas y las Venezuelas y despejar el campo de posibles competidores, por lo que la tensión imperialista está servida. De ahí que Estados Unidos esté reventando el suelo patrio con el fracking o que las burguesías de las mayores potencias económicas sientan un reconcome de contradicción con el tema del cambio climático, porque oyes, no hay mal que por bien no venga y cuando el Ártico se derrita hay todo un mundo por descubrir: un cuarto de las reservas petrolíferas aún no descubiertas, concretamente. Sigue leyendo

Notas sobre el ser del capital y sus separaciones

1) La base de la relación social capitalista es la separación entre una multiplicidad de átomos mercantiles escindidos de la reproducción material de su vida y que, por tanto, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo. Esta escisión conlleva la separación capitalista entre economía y política y es en ella donde se inserta el derecho como expresión jurídica de los átomos individualizados mercantiles.

2) La separación entre economía y política implica que la democracia, el Estado, como metamorfosis política del ser del capital (del valor), unifica lo escindido, previamente, como comunidad ficticia.

3) Esto supone una ruptura decisiva con las formas de dominio clasistas previas al capitalismo, que tendían a mezclar las instancias de dominio económico, político, religioso, etc. Por ejemplo, en la Edad Media el señor feudal tenía al mismo tiempo atribuciones económicas y políticas. Así, para seguir con el ejemplo, la relación con el poder político y las formas estatales estaba determinada directamente por la pertenencia a un estatus social dado. Del mismo modo, las formas impropias, no plenamente desarrolladas en el sentido moderno, de derecho implicaban privilegio, nunca igualdad como en las relaciones mercantiles capitalistas. En función al estamento de pertenencia, se tenían derechos diferentes y los mismos tribunales se encontraban separados. Cada estamento social tenía una representación diferenciada en el cuerpo político: Cortes, Estamentos Generales, Cámaras…

4) De este modo solo se puede hablar con una cierta propiedad de economía, política y derecho, como formas separadas y unidas por el valor como relación social, bajo el dominio capitalista. Como indicaba Marx en la introducción de 1857 de los Grundrisse, las formas simples de la dominación clasista tienen existencia antes del capitalismo, pero sin el desarrollo de todas sus determinaciones concretas, basta pensar por ejemplo el dinero. Así, podemos hablar de formas antidiluvianas de capital previamente al capitalismo (formas usurarias o formas mercantiles)  que no desarrollan todas las particularidades que contienen lógicamente en el capital. Y esto es normal, ya que aún no son producto y resultado de las relaciones sociales capitalistas y de su sustancia social, el trabajo abstracto. Una relación social que opera a través de la igualación alienante y fetichista de todas las actividades humanas, las cualesson identificadas y reducidas a una misma medida de tiempo de trabajo socialmente necesario. Es decir, es solo a partir del capitalismo que podemos entender, en todas sus determinaciones, la esencia lógica e histórica del capital. Sigue leyendo

[Audio] La tierra o el capital. Sobre la catástrofe ecológica y la revolución

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A mediados de enero de 2020, poco después de la cumbre de la COP25 en Madrid, propusimos un debate sobre la catástrofe ecológica para pensar el posicionamiento de los revolucionarios ante ella. Dejamos aquí el audio de la charla.

Oleada mundial de revueltas y situación revolucionaria

Este texto es un intento de profundizar la comprensión de la fase actual de la lucha de clases y al mismo tiempo es una expresión de cómo este esfuerzo es el resultado de la comunicación y discusión internacional que están haciendo minorías del proletariado en diferentes latitudes del mundo.

1) Creemos que estamos viviendo un período bisagra que acaba con el fuerte período de reflujo que se vivió en la década de los noventa del siglo XX. Período anticipado por las luchas del 2001 en Argentina, Ecuador, Bolivia, 2006 en Oaxaca, 2008 las revueltas por el hambre, hasta el 2011 mundial y su continuación en el 2013 en Brasil y Turquía.

2) Nos parece importante diferenciar entre la entrada en un período histórico de revolución social y que estemos ante situaciones revolucionarias. Creemos que estamos en el inicio de lo primero pero falta aún mucho para lo segundo. Es decir la crisis cada vez más fuerte del capitalismo, el desarrollo de cada vez más humanidad superflua, la crisis de la valorización, etc. van a obligar a los proletarios a luchar en defensa de sus condiciones de vida y a activar luchas cada vez más contundentes y radicales. En este sentido vivimos el inicio de un proceso de polarización social a nivel mundial.

3) Estas luchas tienen un carácter sincrónico y mundial. Tienden a alimentarse unas con otras y la dinámica será cada vez más ésta.

4) Pero estamos ante una oleada de revueltas, rebeliones, etc. No son revoluciones o situaciones revolucionarias donde podamos invertir la praxis del capital, donde estemos en disposición de desarrollar un ataque al capital y a sus relaciones sociales para poder imponer en alguna región del mundo la dictadura del proletariado contra el capital y el Estado. En nuestra opinión aún falta mucho para esto.

5) Por eso hay que leer lo que está sucediendo no como una fotografía sino como una película que conocerá flujos y reflujos. Pero es una película cuya trama es la de la polarización social cada vez más intensa y concentrada. El desarrollo de bloques sociales cada vez más  antagónicos.

6) Pensarlo como una película y no como una fotografía nos ayuda a pensar la dinámica en curso y que una de las tareas más importantes que tenemos minorías como las nuestras son las de la clarificación programática a través del estudio de las lecciones del pasado, la de la coordinación y comunicación internacional entre diferentes grupos… Este tipo de cuestiones son decisivas. Hoy no se trata de realizar una insurrección victoriosa que acabe con el capital en los lugares más avanzados de la revuelta en curso (Chile e Irak) sino tratar de desarrollar al máximo los niveles de autoorganización y autonomía de clase tal y como existen (y que son una repetición fractal, impresionante, de las revueltas y revoluciones del pasado, ver las imágenes de la Plaza Tahrir en Bagdad es algo increíble) y sobre todo realizar una defensa intransigente de nuestras posiciones comunistas y anárquicas, por ejemplo en Chile la crítica a la asamblea constituyente.

7) La defensa de estas posiciones será decisiva de cara a los procesos futuros venideros. Creemos que estamos en el inicio de un período histórico que irá radicalizándose cada vez más y se irá internacionalizando también con más fuerza. Por eso nos repetimos tanto en que es importante como pensamos la dinámica en curso como una película y no como una fotografía, como decíamos más arriba. No se trata de obsesionarse ahora por la insurrección o por los reflujos de los procesos que se viven y se van a vivir necesariamente, como en Ecuador, sino pensar la dinámica en curso, y esta dinámica es revolucionaria, es hacia niveles de antagonismo social cada vez más intensos.

8) En este sentido, sí, creemos que estamos en el inicio de una nueva época de revolución social. Una  época caracterizada aún solo por revueltas y rebeliones y aún no por situaciones revolucionarias en medio mundo como sucedió hace cien años, en 1919. Estamos en el inicio de una época de revolución social y de oleada revolucionaria como la que atravesó el mundo de 1910 a 1937 (sobre todo de 1917 a 1921) o de 1968 a 1980. Y esta oleada va a continuar y desarrollarse con cada vez más fuerza.

9) Como decíamos más arriba un aspecto que destaca de la actual oleada es la enorme extensión de la sincronización internacional de las revueltas en curso. Por eso creemos que podemos afirmar que la tendencia a la internacionalización de las luchas por parte del proletariado mundial será cada vez más fuerte. Es muy emblemático pensar la actual sincronía en relación a los inicios de las oleadas revolucionarias anteriores, en 1917 o 1968. Sin duda este es uno de los elementos más destacados e importantes del actual seísmo de la lucha de clases. Contra todos los negadores del internacionalismo, la lucha del proletariado será cada vez más internacional.

10) Lo más importante ahora es como se pueden dar las líneas asintóticas que comuniquen el aprendizaje revolucionario del proletariado en lucha y las lecciones programáticas del pasado llevado a cabo por minorías. Es decir como el proletariado se puede constituir en clase, en partido, ir alcanzando una claridad, a partir de su propia experiencia, que le lleve a desplegar su antagonismo contra el capital y

el valor en sus múltiples formas. Y para eso es fundamental el papel de minorías como las nuestras, como parte de la clase, nuestra participación en los momentos de las barricadas pero también en los momentos de balance, en el flujo de la lucha de clases pero también en

los reflujos que se sucederán. Por eso iniciativas como las que estáis haciendo allá son tan importantes. ¿Cuál es el papel que podemos tener las minorías revolucionarias? Es sin duda uno de los aspectos más débiles en que nos encontramos en esta nueva oleada de lucha de clases internacional. Concretamente esto significa como podemos reforzar la centralización y el debate en torno a posiciones, de experiencias, de balances… entre los diferentes grupos de las comunidades de lucha en los que tienden a organizarse los proletarios revolucionarios e internacionalistas. Y esto implica, en última instancia, fortalecer el papel de la teoría revolucionaria a la hora de saber cuál es la naturaleza del capital para romper con él, el reconocimiento del hilo discontinuo de la historia de nuestra clase y de las lecciones que se pueden extraer de las revoluciones y contrarrevoluciones del pasado y ahondar y profundizar en el papel que las minorías podemos tener desde dentro de los movimientos de clase actuales y futuros en criticar las debilidades de nuestra clase y tratar de impulsar adelante los movimientos prácticos y la clarificación en torno a los objetivos generales e históricos del proletariado. Estos aspectos nos parecen decisivos hoy.

11) Siempre hemos insistído en que nos parece muy importante tratar de analizar las relaciones de fuerza entre las clases. En última instancia un período de contrarrevolución es una época marcada por la paz social y el triunfo absoluto del capital. Son los tiempos normales del capital, de su fetichismo mercantil y de su lógica democrática. Períodos que fueron interrumpidos por períodos de lucha de clases intensos, como las oleadas revolucionarias que mencionábamos más arriba. Por eso, sí, creemos que estamos saliendo de un período de contrarrevolución y de reflujo social intenso como el de la década de los noventa. Ahora bien no existe una línea de demarcación neta entre revolución y contrarrevolución, sobre todo hay que saber que la revolución convive siempre con la contrarrevolución, que las luchas actuales despiertan la contrarrevolución por doquier por parte de la burguesía.

12) Dicho esto es muy importante como los revolucionarios analizamos las épocas de contrarrevolución para distinguirla de la actual. Como decíamos estamos ante el inicio de una época bisagra que deja atrás la fase de reflujo contrarrevolucionario de la década de los noventa. Período que ya fue anticipado con toda una serie de luchas a principios de siglo y sobre todo en el 2008-2013. En cualquier caso, la contrarrevolución de la década de los noventa, que nunca fue absoluta, se puede ver en como se debilitó la perspectiva de superar el capitalismo a través de un proceso revolucionario que coadyuvase a la consecución de la comunidad humana frente a las sociedades de clase. Este es el elemento principal de la contrarrevolución de los noventa y que todavía ondea como una pesada sombra sobre las debilidades de nuestra clase en las luchas actuales. En cualquier caso, no creemos que se pueda comparar el reflujo de los noventa con el que se inauguró a finales de los años veinte y en la década de los treinta del siglo XX, cuando era «media noche en el siglo», y la contrarrevolución se afirmó a través de los regímenes gemelos del fascismo, el estalinismo y los New Deal socialdemócratas. Contrarrevolución que redujo a algunos puñados de minorías aisladas las estructuras proletarias y de clase de la oleada revolucionaria anterior.

13) En fin, nos es muy útil este tipo de correspondencia, para poder aclararnos comúnmente. Esperamos poder haber aclarado algo, nos parece, en definitiva, que estamos solo en el inicio de una nueva época histórica marcada por la revolución social, por la polarización social que despertará antagonismos entre las clases cada vez más fuertes y virulentos. Este es el terreno fértil para que nuestra clase se construya como partido, clarificando su perspectiva histórica: su negación como clase para negar el capital y sus relaciones sociales. Pero para eso aún queda bastante, como decía Marx tras una primera oleada europea de luchas internacionales que él vivió (la de 1848): “Mientras nosotros le decimos a los obreros: tienen que atravesar 15, 20, 25 años de guerras civiles para cambiar la situación y prepararse ustedes mismos para ejercer el poder, se les dice: tenemos que tomar el poder de inmediato, o nos podemos ir a dormir».

Barbaria – Enero 2020

Vamos hacia la vida: sobre la COP25

«No queremos regresar a la normalidad, porque la normalidad era el problema» – Pinta realizada durante las protestas callejeras en Hong Kong

Octavilla repartida el 6 de diciembre de 2019 contra la cumbre de la COP25, organizada en Madrid por el gobierno de Pedro Sánchez para evjtar el foco internacional sobre la represión de la revuelta en Chile. Aquí el .pdf distribuido en la manifestación.

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Vamos hacia la vida

Contra el capital y su danza de muertos, nosotros vamos hacia la vida.

Vamos hacia un ciclo de luchas cada vez más intenso y profundo, cada vez más internacional, que tiene una y la misma raíz: la necesidad de defendernos como especie contra un mundo que se está agotando.

Esta revuelta no tiene nada que ver con los libros, ni con los planes educativos, ni con las campañas publicitarias que apelan a la responsabilidad ciudadana. No es una revuelta que mire a los gobiernos para exigirles un mejor comportamiento, una gestión de nuestra miseria un poco más social, un poco más verde. Es una rebelión generalizada por la vida, contra un sistema que al mismo tiempo que expulsa trabajo y nos convierte en población sobrante, destruye a un ritmo exponencial la biosfera para alimentar a sus máquinas y producir más mercancías: dinero para generar dinero para generar dinero, caiga quien caiga.

Esta huida hacia adelante del capital no puede detenerla ningún Estado, porque el Estado sólo puede administrar unas relaciones sociales que se están pudriendo por dentro. La izquierda y la derecha poco importan en ello: Piñera y Sánchez trabajan codo con codo para garantizar la paz social. Allí torturan y asesinan a nuestros compañeros de clase. Aquí, para la cumbre de la COP25, construyen una jaula de oro desde la que hacer cantar a algunos pájaros debidamente domesticados.

Pero la burguesía está desconcertada.
La burguesía tiene miedo.
La burguesía tiene razón.

Desde Francia a Hong Kong, desde Haití a Ecuador, desde Irak e Irán a Chile, una oleada de luchas está atravesando el planeta, y sólo es el comienzo. Nos levantamos contra un mundo que subordina toda forma de vida a la producción de cosas muertas. Nos levantamos contra un sistema social que da de comer a las máquinas mientras nos mata de hambre. Es la lógica del capital que sufrimos como especie, pero que sólo podemos destruir como clase: la única respuesta a la catástrofe capitalista es la revolución internacional contra la mercancía y el Estado, por la comunidad humana, por la vida, hacia la vida.

Que tiemblen de miedo.