Chalecos amarillos/Gilets jaunes

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“¿Es una revuelta?”

“¡No, Sire, es una revolución!”

(duque de La Rochefoucauld-Liancourt a Luis XVI, rey de Francia, 15 de julio de 1789, después de la toma de la Bastilla)

Recientemente publicamos en nuestro blog, ya que tuvimos acceso a ellos y otros nos llegaron, algunos documentos producidos por y alrededor del movimiento “chalecos amarillos” que sacude a Francia desde hace varias semanas. Lo que sigue es una especie de introducción a todos ellos (una introducción que normalmente publicamos antes, ciertamente).

No volveremos a la historia del movimiento, a acontecimientos o expresiones particulares, ya que podemos referir a los lectores interesados en esto a diferentes sitios web y blogs que asumen muy bien esta tarea.

Lo que nos gustaría tratar aquí es la forma en que nos aproximamos a este movimiento, cómo lo analizamos, cómo evaluamos su importancia en el marco de la lucha de clases. Y no queremos ocultar que varios artículos que escupen sobre este movimiento, producidos y reproducidos por demasiados grupos de ultra-izquierda, fueron una inspiración (negativa) para esta contribución, lo que podemos llamar: “Qué NO hacer”.

Aunque somos conscientes de muchas debilidades expresadas por el movimiento y somos los primeros en criticarlas, difícilmente podemos estar de acuerdo con la metodología utilizada por esos grupos, metodología que limita el movimiento sólo a esas debilidades, que generaliza esos puntos débiles e ilusiones expresadas sólo por una parte de los “chalecos amarillos” como si fuera la naturaleza del movimiento, un análisis que capta a la clase como algo estático, sociológico, mecánico…

No vamos a repasar todos los argumentos de la ultra-izquierda contra los “chalecos amarillos”, pero al menos tenemos que mencionar los más absurdos para responder a ellos, para situar este movimiento en el lugar correcto en la lucha de clases, para ponerlo de nuevo a caminar de pies y que no ande de cabeza…

Dos concepciones de la clase: el proletariado como entidad sociológica versus el proletariado como fuerza en lucha

Muchos de los que desprecian el movimiento de los “chalecos amarillos” pretenden que es un movimiento interclasista, una mezcla de burguesía y proletariado, una multitud de intereses y programas históricamente opuestos. Este punto de vista se basa en una definición sociológica de la clase obrera: proletario = obrero, o incluso obrero de fábrica, si es posible.

Para nosotros el proletariado no es un grupo estático de individuos definidos por su salario, sino una entidad que se estructura en la lucha y a través de la lucha, una fuerza que existe sólo como potencial en tiempos de paz social y que se convierte en una fuerza real sólo mientras lucha, empapada de su programa histórico, el cual expresa parcialmente en cada choque contra el capital.

Por supuesto que definimos al proletariado como la clase explotada, pero no nos dejamos engañar por las nuevas formas de estatus social que el capital inventa para ser más flexible, más rentable. Todos esos pequeños comerciantes, freelancers y obreros de cuello blanco que tanto molestan a los ultraizquierdistas comparten exactamente las mismas condiciones de vida (a veces incluso peores), los mismos problemas, la misma miseria que los “proletarios puros”.

De hecho, es una estrategia muy exitosa del capital y su democracia disimular diferentes categorías de proletariado bajo la máscara de diferentes estratos de la sociedad para impedir que la clase se reconozca a sí misma, que se una. Y presentar a otros, formalmente trabajadores asalariados, como si fueran proletarios, aunque objetivamente se queden al otro lado de la barricada.

El desarrollo mismo de la democracia se encarga de esconder la magnitud actual de la simplificación/exacerbación de las contradicciones del capitalismo desdibujando permanentemente las fronteras de clase, lo que se ve afirmado a su vez por formas ideológicas específicas que desarrollan la confusión más completa, en especial en base a un conjunto de estatutos formales o jurídicos complejos que dividirían a la sociedad -no en dos clases antagónicas- sino en un número indeterminado de categorías más o menos vagas y elásticas.

Así, por ejemplo, en un polo de la sociedad, un conjunto de formas jurídicas pseudo-salariales tienden a camuflar la naturaleza burguesa de estructuras enteras del Estado. Es el caso, por ejemplo, de los oficiales del ejército o de la policía, de los altos cuadros empresariales o de la administración o de burócratas de todo tipo, que bajo aquella cobertura, son clasificados como categorías neutras, sin pertenencia de clase o peor todavía asimilados a “capas obreras”.

En el otro extremo de la sociedad se produce otro tanto, por ejemplo un conjunto de formas jurídicas de pseudo-propietarios: “campesinado”, cooperativas, reformas agrarias, artesanos… camuflan objetivamente la existencia de inmensas masas de proletarios asociados por el capital para producir plusvalor (asalariado disfrazado). Estos y otros mecanismos ideológicos tienden a presentarnos como opuestos y con diferentes intereses a diversos sectores del proletariado: urbanos/agrícolas, activos/desocupados, hombres/mujeres, obreros/empleados, trabajadores manuales/trabajadores intelectuales… [GCI: Tesis de orientación programática, tesis 14]

Finalmente, la prueba definitiva de la posición social de aquellos, que algunos izquierdistas se niegan a llamar proletarios (la lista varía según el grupo, pero podemos encontrar este enfoque aplicado a los trabajadores independientes, pequeños propietarios, desempleados, pensionistas, etc.) es el hecho de que la presencia de estos estratos sociales en el movimiento no cambia nada en el programa del movimiento. Estos grupos de proletarios “impuros” no imponen ningún programa de la pequeña burguesía (como algunos quieren persuadirnos); por el contrario, se unen y desarrollan la crítica proletaria, el programa proletario.

En lugar de esos pseudo-análisis sociológicos que mantienen ocupados a los izquierdistas, el movimiento más bien se articula al definirse como un antagonista de la clase burguesa, de la sociedad burguesa:

Nosotros, los trabajadores, los desempleados, los pensionistas, vivimos de los salarios (incluido el volumen de negocios de los empresarios autónomos) y de las ayudas del Estado. Este salario y estas ayudas las obtenemos vendiendo nuestra mano de obra a un patrón. Y así es como consigue ganar dinero, así es como funciona la economía, a nuestras expensas. Podemos entender los llamados a la unidad dentro de los chalecos amarillos. Pero cuando esta unidad significa caminar con los que nos explotan a diario y con sus representantes políticos, ya no es unidad, es domesticación. En realidad, nuestros intereses son irreconciliables y esto también se expresa a nivel de las demandas. [Amarillo. El periódico para ganar]

Otro argumento común que utilizan algunos izquierdistas es que los “chalecos amarillos” no son un movimiento proletario, porque representan una minoría, porque la mayoría de la clase no participa en él. Pero esta lógica está completamente al revés. Difícilmente podemos reprochar a los que luchan que los demás no lo hagan. Sí, el movimiento tiene que extenderse y generalizarse, sí, el resto de la clase tiene que parar para verlo en la televisión o discutirlo en Facebook y unirse a él en la práctica. Y los “chalecos amarillos” son muy conscientes de ello, ya que podemos leer nuevos llamamientos al resto de la clase para que se unan a ellos.

Sin embargo, no es la cantidad lo que determina si el movimiento es proletario o no. El movimiento, en efecto, desde el principio creció en número, pero sobre todo en contenido. Los “chalecos amarillos” han aumentado gracias a la afluencia de trabajadores y desempleados que se han unido, inicialmente fueron un movimiento contra los impuestos y se han transformado en un movimiento contra las condiciones de vida, convirtiéndose en un maremoto que sacude a toda la sociedad, al menos en Francia.

Todo lo que se ha vivido y se sigue viviendo en las rotondas, los piquetes o los disturbios ha permitido a todo un pueblo de rencontrar su capacidad política, es decir, su capacidad de actuar que ni siquiera un RIC podrá contener. [Los chalecos amarillos: ¿final del primer round?]

Y es este contenido (que como tendencia forma parte del proceso de negación práctica y teórica del Estado burgués, la economía, la ideología…) que lo define como un movimiento proletario más allá de la conciencia de sus protagonistas, más allá de las banderas que agitan.

Todo el secreto de la perpetuación de la dominación burguesa puede resumirse a la dificultad del proletariado para reconocerse a sí mismo, para reconocer en la lucha de sus hermanos de clase en cualquier parte del mundo y sea cual sea las categorías en las que la burguesía los divide, su propia lucha, condición indispensable de su constitución en fuerza histórica. [GCI: Tesis de orientación programática, tesis 14]

No es casualidad si los que tienen problemas para ver al proletariado en los “chalecos amarillos” son finalmente los mismos que tienen dificultades para ver a nuestra clase en las revueltas de los jóvenes en los suburbios o en los levantamientos fuera de Europa. Como uno de los textos que publicamos y dice:

La mayoría de los compañeros hostiles al movimiento de los chalecos amarillos lo son porque prefieren no hacer distinciones entre lo que se dice (el discurso de legitimidad, que ha sido muy mediatizado) y lo que se hace (los bloqueos y los tipos de acción que anuncian). [¿Chalecos amarillos o no? ¡Necesitamos combustible para quemarlo todo!]

Ellos limitan el movimiento hacia sus debilidades e ideologías, sin ver el proceso de su superación.

La historia de las luchas de nuestra clase nos muestra que muchos movimientos proletarios similares, especialmente cuando se originan fuera del lugar de trabajo y por lo tanto no se enfrentan directamente a la producción de mercancías, tienden a empezar con reivindicaciones y demandas relacionadas con nuestros intereses de clase de una manera confusa. En la medida en que su dinámica está en ascenso, en la medida en que atraen a los proletarios derrumbando las fronteras sectoriales y sociológicas que nos impone el capital, en la medida en que se intensifica la confrontación con el Estado en sus múltiples encarnaciones, la naturaleza de clase del movimiento se hace cada vez más clara.

Esto lleva a la cristalización de dos corrientes opuestas en el movimiento. La corriente proletaria ―que hasta ahora lleva la delantera en el movimiento― está impulsando rupturas cada vez más profundas con la sociedad capitalista: nada de diálogos con la clase dominante, afirmación explícita de la confrontación violenta con las fuerzas represivas, intentos de extender la lucha a los lugares de trabajo, intentos de internacionalización de la lucha, etc. La otra corriente, la socialdemócrata, trata de apaciguar la lucha y traerla de vuelta bajo el paraguas democrático de la ciudadanía ―en este caso representada por todas esas “estrellas mediáticas” de las filas de los “chalecos amarillos”, todos esos pequeños “líderes” que tratan de transformar el movimiento en un partido político o un sindicato, o de conectarlo con los ya existentes, todas esos llamados al referéndum y a las revelaciones patrióticas―.

Queremos subrayar que la constitución del proletariado como clase es un proceso, un proceso de lucha, un proceso en el que nuestra clase aclara su posición como clase con un único interés, un proceso de ruptura con la ideología burguesa y sus fuerzas materiales:

Este coloso ya no sabe su nombre, ya no recuerda su gloriosa historia, y ya no conoce el mundo donde está abriendo sus ojos. Sin embargo, a medida que se reactiva, descubre la magnitud de su propio poder. Las palabras le susurran falsos amigos, carceleros de sus sueños. Las repite: ¡“francés”, “gente” y “ciudadano”! Pero al pronunciarlas, las imágenes que regresan confusamente de las profundidades de su memoria siembran una duda en su mente. Estas palabras se han utilizado en las alcantarillas de la miseria, en las barricadas, en los campos de batalla, durante las huelgas, en las cárceles. Porque están en el lenguaje de un adversario formidable, el enemigo de la humanidad que, desde hace dos siglos, maneja con maestría el miedo, la fuerza y la propaganda. ¡Este parásito mortal, este vampiro social, es el capitalismo!

No somos la “comunidad de destino”, orgullosa de su “identidad”, llena de mitos nacionales, que no ha podido resistir la historia social. No somos franceses.

No somos esta masa de “gente humilde” dispuesta a cerrar filas con sus amos mientras estén “bien gobernados”. No somos el pueblo.

No somos este conjunto de individuos que deben su existencia sólo al reconocimiento del Estado y a su perpetuación. No somos ciudadanos.

Somos nosotros los que estamos obligados a vender nuestra mano de obra para sobrevivir, aquellos de los que la burguesía obtiene la mayor parte de sus beneficios dominándolos y explotándolos. Somos nosotros los que somos pisoteados, sacrificados y condenados por el capital, en su estrategia de supervivencia. Somos esta fuerza colectiva que abolirá todas las clases sociales. Somos el proletariado. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

“Bloqueo de la economía” contra su destrucción

Muchos reprochan al movimiento el hecho de que no haga ningún daño real a la economía, que no bloquee el flujo de capitales. Y otro argumento que le sigue lógicamente: no se desarrolla en los lugares de trabajo, por lo tanto no tiene nada en común con la forma en que los trabajadores se organizan.

Recordemos en primer lugar que el movimiento no deja de tener efectos para la economía capitalista. Los bloqueos amistosos de rotondas, toda esta gente durmiendo y congelándose en tiendas de campaña, seguramente no cambiarán nada. Pero no olvidemos que también hubo ocupaciones exitosas y bloqueos de depósitos de gasolina que (por un tiempo demasiado corto, desgraciadamente) provocaron una escasez de petróleo y por lo tanto un pánico en el mercado. No olvidemos que los “chalecos amarillos” han estado ocupando muchos puntos de peaje, dejando que la gente use las autopistas gratuitamente, también destruyeron miles de radares en las carreteras de toda Francia. Y no olvidemos ni los disturbios ni la espectacular destrucción en los centros de las ciudades y los diversos casos de saqueo que también representan un cierto nivel de ataque directo contra el capital, y por tanto reapropiación de una pequeña parte de la riqueza social producida por nuestra clase, por nosotros los proletarios, sólo un minúsculo e ínfimo momento del proceso general de expropiación de los expropiadores, de negación de la propiedad privada de los capitalistas [“Chalecos amarillos” – La lucha continúa]. Dicho de esta manera, los “chalecos amarillos” hicieron mucho más daño a la economía que cualquier huelga general sindicalista negociada y preparada junto con la patronal mucho antes.

Pero, por supuesto, todo esto no es suficiente. Si el movimiento quiere sobrevivir, fortalecerse, generalizarse y desarrollar su crítica en la práctica hasta las últimas consecuencias, tiene que ir más allá. Y, de hecho, para hacerlo, tiene que organizarse también en los lugares de trabajo. Hasta ahora, esto no ha sido fácil:

El movimiento de los chalecos amarillos termina en las puertas del lugar de trabajo, es decir, donde comienza el régimen totalitario de los empleadores. Este fenómeno es el resultado de varios factores. Recordemos a tres de ellos: 1) La atomización de la producción, que hace que un gran número de empleados trabajen en empresas (muy) pequeñas donde la cercanía con el empleador dificulta mucho la huelga. 2) La inseguridad social de una gran parte de los empleados, lo que deteriora seriamente su capacidad para hacer frente a los conflictos en el lugar de trabajo. 3) La exclusión y el desempleo, que sacan a muchos proletarios de la producción. Una gran proporción de chalecos amarillos se ven directamente afectados por al menos una de estas tres determinaciones.

El otro componente de los asalariados, el que trabaja en las grandes corporaciones y tiene mejor seguridad laboral (contratos permanentes y estatuto del trabajador), parece estar protegido por una coraza sobre la que la poderosa fuerza del movimiento se rompe como la ola en la roca. A este segmento de la población trabajadora se le reserva un trato especial, que consiste en la eficacia de la gestión empresarial y la vergonzosa colaboración sindical. La burguesía ha entendido que esta categoría de trabajadores tiene el poder de hacer huelga en el corazón mismo de la producción capitalista, a través de la huelga general indefinida. Por ello, consolida la pacificación con la entrega de piruletas en forma de “primas excepcionales de fin de año”. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

Pero la cuestión es aún más complicada. Una acción “en la fábrica” no es garantía de nada y una huelga no es sinónimo de acción revolucionaria, ya que es su contenido el que la determina. Las huelgas de tipo sindical llevadas a cabo a cambio de unas cuantas migajas “cuando la situación de la empresa lo permita”, no cambiarían nada, aunque estuvieran fuera del control de los sindicatos, fueran organizadas por los propios trabajadores o presentaran un paso hacia la misteriosa “autonomía obrera” (dentro del capitalismo) que sus partidarios quieren construir a través de una serie de reivindicaciones cada vez mayores.

La organización en los lugares de trabajo no puede oponerse a la necesidad de organizarse como clase también al exterior, en toda la sociedad. Hacerlo significa seguir la misma lógica que aplica la burguesía para dividir el movimiento en buenos obreros (en las fábricas) y malos alborotadores (en las calles). La siguiente cita sobre esto podría ser etiquetada fácilmente como una perla genuina de la burguesía, aunque provenga de un grupo que afirma representar al “comunismo”:

El centro de las ciudades es un decorado magnífico para la televisión e internet, pero es totalmente opaco y alejado de la realidad cuando se trata de golpear la cadena de la valorización del capital. Los saqueos y los ataques en el opulento centro de las ciudades son actos extraños y a veces incluso hostiles a cientos de miles de trabajadores, la mayoría de las veces pobres, que son explotados allí. Los protagonistas de estas acciones violentas actúan como guerreros contra las futuras luchas ofensivas del proletariado, contra su autonomía, contra su lucha contra la explotación y la opresión. Deben ser considerados como apoyos de las fuerzas armadas de la burguesía y aliados objetivos del orden y del Estado y del capital. [Mouvement Communiste: Primeros intentos en caliente de formación del pueblo para un Estado aún más fuerte y contra el proletariado]

¡Cuando el infame compite con el abyecto! Enfaticemos también que podríamos dar cientos de citas, hasta la náusea, de ultraizquierdistas que se autoproclaman la “vanguardia” del proletariado revolucionario, pero que no son capaces más que de (de)mostrar qué y dónde objetivamente se sitúan y qué defienden frente a un movimiento de lucha que no encaja en su pantalla de humo ideológica y retórica… No los llamamos a que capten más dialécticamente la materia social y los procesos de la guerra de clases que se están desarrollando justo frente a nuestros ojos, para nada. Simplemente decimos que sus posturas obscenas los sitúan al otro lado de la barricada social, con nuestros enemigos, y que el proletariado, al levantarse globalmente, tendrá que pasar por encima de sus cadáveres…

Pero continuemos ahora con lo dicho anteriormente: la acción en los lugares de trabajo es necesaria, no para negociar un pequeño cambio para los trabajadores de tal o cual empresa o por esta o aquella rama industrial, sino para proponer un contenido radical. Por lo tanto, no se trata de una huelga, ni siquiera de una huelga general, la cuestión no es sólo bloquear la economía, sino tomar el control de la producción y transformarla para satisfacer las necesidades del movimiento y destruir la lógica del mercado y del valor que es la causa de este movimiento.

Debemos utilizar la fuerza extraordinaria y llena de determinación que ha desarrollado este movimiento para conseguir lo que millones de explotados han querido durante tantos años, sin haberlo conseguido nunca: paralizar la producción desde dentro, decidir sobre las huelgas y su coordinación en asambleas generales, unir a todas las categorías de trabajadores, con el mismo objetivo de derrocar el sistema capitalista y reapropiarse del aparato productivo. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

Pero aún no hemos llegado a ese punto y no es seguro que el movimiento pueda llegar tan lejos.

Los “chalecos amarillos” son un movimiento contradictorio, pero no contrarrevolucionario

Anteriormente en este texto hablamos de la constitución del proletariado como clase y de un proceso de ruptura. Este proceso incluye necesariamente una serie eterna de choques entre la clase que se está afirmando, su conciencia reemergente obtenida en y a través de la lucha práctica y la falsa conciencia profundamente arraigada en la mente de cada individuo, la falsa conciencia que es la piedra angular de toda falsa comunidad de “ciudadanos”, “personas” o “naciones”. Sería una locura esperar que cualquier movimiento pueda saltarse este proceso de desarrollo de rupturas y tener una clara conciencia de clase desde el principio, y también sería una locura condenar a un movimiento porque no lo tiene en una cierta fase de su existencia. Lo importante es que existe esta dinámica de clarificación, que el programa proletario aparece cada vez más explícito en oposición a todos los intentos de recuperación política y sindical. Si el resultado de este choque está lejos de ser claro en esta etapa, es obvio que este conflicto existe, continúa y se desarrolla dentro del movimiento de los “chalecos amarillos”, como siempre aparece en todo movimiento proletario.

Podemos ver ya algunas rupturas muy importantes con las acciones de los sindicalistas tradicionales. Como resume uno de los textos que publicamos:

El movimiento se ha desarrollado fuera y, en cierta medida, también en contra de las estructuras tradicionales (partidos, sindicatos, medios…) de las que se ha dotado el capitalismo para hacer inofensiva toda crítica práctica. […] Incluso si los medios intentan encerrar a los manifestantes en el marco de la “lucha contra los impuestos”, la consigna universal es más bien la “lucha contra la pobreza en general” en toda su complejidad (bajos salarios, precios altos, perder la vida para ganársela, alienación, etc.) y por tanto, en definitiva, pone en cuestión el orden capitalista como tal. El movimiento se organiza a nivel regional y supera las divisiones habituales de los sindicalistas según las ramas de la producción. […] El movimiento, o una gran parte de él, es radical y por tanto violento, y lo asume como tal […], lo cual hace difícil el uso de las tácticas habituales de la burguesía para dividir el movimiento en los “buenos manifestantes” y los “alborotadores”. […] Nada es sagrado para el movimiento. No hay símbolos, ni leyendas, ni identidades, ni ideologías que no puedan ser quemados y destruidos. [“Chalecos amarillos”, “comuneros”, “sans-culottes”, “va-nu-pieds”, “condenados de la tierra”…]

Por supuesto, también somos muy críticos con el movimiento de los “chalecos amarillos”. No es muy difícil describir las debilidades más evidentes del movimiento. Lo que nos da esperanza es que ninguna de estas debilidades es expresada por el movimiento en su conjunto, ni siquiera por su mayoría y que cada vez que aparece una u otra versión de la ideología burguesa, se enfrenta a una crítica proveniente del propio movimiento. Cada cuestión expresada por el movimiento es objeto de contradicciones, de discusiones, de crítica y de un conflicto más o menos violento entre el rechazo y la aceptación de la ideología burguesa. Ese es el proceso que mencionamos anteriormente: la línea de ruptura con el Estado no sólo existe en los enfrentamientos callejeros, sino que se expresa también dentro del movimiento.

La cuestión del nacionalismo, tan promovida por los medios de comunicación, es un ejemplo de este proceso. Sí, en efecto, también vimos algunas banderas nacionales o regionales en manifestaciones y bloqueos. Sí, en efecto, también leímos la historia de algunos manifestantes que entregaron a la policía a algunos refugiados. Pero vimos a otros ayudando a los inmigrantes, expresando solidaridad con el proletariado en lucha en otros países, llamando a la unidad no sobre la base de la comunidad de carnets de identidad o del color de la piel, sino sobre una base de clase. Lo que es importante para nosotros como comunistas no es lo que piensa este o aquel “chaleco amarillo” individual, sino lo que el movimiento en su conjunto aporta a la lucha de clases, en la que la ruptura con el nacionalismo es una parte importante. Eso significa estar en contra de la posición nacionalista, luchar contra ella dentro del movimiento, imponer esta ruptura al movimiento. Existen muchas expresiones escritas o no escritas de esta lucha dentro de los “chalecos amarillos”:

Pero esta lista [la primera lista de 42 reivindicaciones redactada por la parte reformista del movimiento en diciembre de 2018, GdC] es también una clara expresión de una tenencia nacionalista, con cuatro medidas contra los extranjeros, lejos de nuestros problemas y mucho más lejos de su solución. Hay que ser corto para creer que los problemas en Francia vienen de fuera. Que salir de Europa nos permitiría vivir bien o que la caza de sin papeles hará subir nuestro salario. Es precisamente lo contrario lo que ocurriría. […] Los fachas sólo quieren hacerse un lugar más grande en la mesa de los explotadores haciéndose el Trump. Y no tenemos absolutamente ninguna razón para ayudarles.

En realidad, a nadie le importa esta lista de demandas. Sólo los políticos pueden esperar sacar algo de ello, y por supuesto los medios de comunicación y el gobierno, que no perderán la oportunidad de hacernos parecer matones de extrema derecha. Pero, como cuando se llama a alguien con un nombre que no es el suyo propio, no prestamos atención. [Amarillo. El periódico para ganar]

Lo mismo ocurre con las ilusiones sobre la democracia (directa o participativa), los referendos, el presidente, las elecciones, etc., la crítica aparece siempre más fuerte:

[…] otra iniciativa, apoyada por muchas organizaciones políticas que van de la extrema izquierda a la extrema derecha, iba a darnos mucha guerra: el RIC [Referéndum de Iniciativa Ciudadana] en nombre del pueblo y de la democracia. […] Es la propaganda burguesa la que nos hace creer que antes de ser proletarios, somos ciudadanos; que la vida de las ideas está antes que la de las condiciones materiales. Pero la República no llena el refrigerador. Y el RIC ha aprovechado esta ilusión. Hay que decir que, a primera vista, la propuesta era atractiva. Se nos decía que, con esto, finalmente podríamos ser escuchados directamente, que podríamos recuperar el poder sobre nuestras vidas. Nosotros decidiríamos todo. ¡E además sin luchar, sin arriesgar la vida en las rotondas y en las manifestaciones, con sólo votar, en los ordenadores de nuestros salones, usando pantuflas cerca de una acogedora chimenea crepitante! Pero en el comercio, cuando tienes un producto para vender, mientes: “Sí, una vez que tengamos el RIC, podremos conseguirlo todo”. Eso es falso. Para empezar, ¡pedirle a la burguesía su opinión para saber si están de acuerdo en aumentar nuestros salarios!, ¡es el colmo! [Amarillo. El periódico para ganar]

Este arreglo democrático no resolvería nada, incluso si se adoptara. Sólo estiraría la goma elástica electoral manteniendo la relación entre las clases sociales (sus condiciones y sus intereses) con un fortalecimiento adicional del reformismo jurídico, ese pariente pobre del ya ilusorio reformismo económico. Sería equivalente a un apoyo más directo a la esclavitud ordinaria. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

Lo mismo sucede con el lema “Macron dimisión”:

Para contrarrestar el RIC, algunos de nosotros han dicho: no es necesario que gane el RIC, simplemente queremos que Macron dimita. Esta exigencia tiene la buena idea de rendirle homenaje a nuestra acción, de reorientar el debate sobre nuestra fuerza colectiva. En efecto, es la calle la que hará que Macron se vaya, no las urnas. Pero, justo después de decir eso, todos se preguntan: ¿quién lo reemplazará? Ahí es precisamente donde reside el problema. Macron, por arrogante que sea, es reemplazable y su sucesor hará exactamente lo mismo para defender el negocio. Claramente hay que tirar el grano con la paja. Las instituciones existentes están ahí para defender la lógica del dinero y la explotación. [Amarillo. El periódico para ganar]

Fuera y contra los sindicatos

Como hemos dicho, el movimiento de los “chalecos amarillos” se ha desarrollado a partir de su rechazo a las estructuras burguesas tradicionales como los partidos políticos y los sindicatos. Desde principios de diciembre, los sindicatos (independientemente de sus tendencias) han seguido, como de costumbre, la línea del gobierno, que busca una forma de desactivar un movimiento social que podría extenderse a otros sectores del proletariado: las denuncias de interclasismo se lanzan en un intento desesperado por parte de los sindicatos de disuadir a sus miembros de unirse a los “chalecos amarillos”.

Hoy día, somos testigos de intentos de “convergencia de luchas” y una vez más el movimiento está dividido y vacilante: algunos “chalecos amarillos” llaman a la colaboración directa con las estructuras centrales de los sindicatos; otros, por el contrario, rechazan esta colaboración, pero llaman a los proletarios en las empresas para que también luchen, y eso es profundamente correcto. Se hizo un llamamiento para prolongar la “jornada nacional de [in]acción” el 5 de febrero (convocada por los sindicatos y principalmente por la CGT) y para transformarla en una “huelga general indefinida”. Queremos advertir, si es necesario, a los compañeros de los “chalecos amarillos” sobre la esencia misma de los sindicatos y del sindicalismo.

El papel de los sindicatos se ha revelado siempre abiertamente en momentos de lucha, por su voluntad de apagar el fuego social. Los sindicatos, cuyo papel es precisamente evitar este tipo de explosiones, actúan como amortiguadores y, si es necesario, encuadran cualquier expresión autónoma de nuestra clase, tratan de frenar la lucha haciendo creer que organizan lo que está más allá de ellos. Si después de décadas de socavar nuestras luchas, los sindicatos ya no tienen una gran popularidad, el movimiento de los “chalecos amarillos” que tiene lugar fuera de ellos es una prueba más de ello.

Sin embargo, una forma más sutil se está desarrollando, la cual busca restaurar el control sobre nuestras luchas subversivas y se encuentra en todas las luchas actuales. Es lo que podríamos llamar globalmente parlamentarismo obrero. Incluso cuando las luchas estallan sobre la base de una ruptura formal con los sindicatos, incluso si los proletarios asumen un cierto nivel de violencia, esta ruptura nunca se completa, empujada hasta sus últimas consecuencias: es decir, no sólo para organizarse fuera de los sindicatos, sino también contra ellos. Esto significa romper radicalmente no sólo con las organizaciones, sino sobre todo con la práctica: el sindicalismo, que no es otra cosa que negociar la venta de nuestra mano de obra con nuestros explotadores…

¡¿De las “asambleas populares” al asambleísmo?!

Desde los inicios del movimiento de los “chalecos amarillos”, muchas sectas idealistas e ideológicas de ultra-izquierda lo han denunciado porque no se organizó en “asambleas generales”, consideradas como el Santo Grial. Desde entonces, han aparecido noticias sobre el establecimiento de asambleas en Commercy, Saint-Nazaire, Montreuil, etc., por no hablar de las asambleas “informales” organizadas en torno a las rotondas ocupadas y los diversos bloqueos.

Por un lado, el proletariado siempre ha estructurado históricamente su lucha en torno a asambleas, coordinaciones, consejos, soviets, comunas, comités, etc. No podemos sino acoger con satisfacción el hecho de que los proletarios recuperen el control de su lucha, que se encuentren, que discutan juntos, que se organicen, que hagan planes para el futuro, que se reapropien de mil y un aspectos de la vida, que desarrollen la convivencia, el compañerismo, que participen en la “liberación del discurso”… por otra parte, nos gustaría subrayar que ninguna estructura, sea cual fuere, será una garantía en cuanto a la evolución y el contenido de nuestras luchas.

Por el contrario, la práctica del democratismo, del asambleísmo, de fetichizar la masividad de las estructuras de lucha, a menudo dificulta la extensión y radicalización de las luchas. Si los proletarios rechazan los sindicatos, correrían el riesgo de reproducir la misma práctica sindical y reformista en sus “asambleas”. La aparición de la “democracia directa de las rotondas”, de grandes “asambleas generales” abiertas a todos, significa a menudo la práctica del sindicalismo sin sindicato. Las “asambleas” y su “magia” de los delegados “elegidos y revocables en cualquier momento” nunca han dado ninguna garantía formal. Históricamente, nuestra única garantía ha sido nuestra práctica social. Nunca es la forma lo que prevalece, sino siempre el contenido…

Además de esto, el democratismo prevaleciente en estas “asambleas” significa que todo el mundo puede expresarse “libremente”, tanto los huelguistas como los rompe-huelgas, los radicales y los moderados: en lugar de “liberar la palabra” (y es obvio aquí que no reivindicamos la “libertad de expresión” que tanto elogia nuestro enemigo, la democracia, para hacernos hablar mejor, para silenciarnos), a menudo también liberan la cháchara a costa de la acción directa. ¿De qué sirve votar grandes resoluciones muy “radicales” si el proletariado no rompe con las fuerzas de inercia que bloquean la extensión y el desarrollo de la lucha?

¿Y luego?

Intentamos mostrar aquí que el movimiento de los “chalecos amarillos”, como todo movimiento proletario en el pasado, es contradictorio. Por el momento hay expresiones de ambas, la ideología de la sociedad burguesa en la forma de la falsa conciencia de nuestra clase, pero también de los intereses proletarios, la meta final de destruir el capitalismo. Y su contenido proletario enfrenta dos peligros: la reacción y el reformismo.

Pero la falsa conciencia puede y debe ser superada en y a través de la lucha, en la experiencia de nuestra clase nacida y renacida en cada nuevo conflicto de clase abierto. La tarea de los comunistas no es escupir a un movimiento porque no es lo suficientemente puro, porque no se refiere a buenas fuentes o porque le falta uno u otro aspecto que consideramos importante.

Para aquellos que todavía juegan con este deseo, ¿cómo podemos imaginar que la revolución pueda estallar? ¿Realmente pensamos que será el fruto de una convergencia de los movimientos sociales, todos dotados de sus justas reivindicaciones, impulsados por decisiones tomadas unánimemente en asambleas donde la idea más radical ganará la batalla? Y así con un escenario de este tipo, nace un movimiento con una gran causa, a la cabeza están los militantes más iluminados que lo conducen de batalla en batalla mientras obtienen emocionantes victorias; sus filas crecen, su reputación crece, su ejemplo se difunde de manera contagiosa, surgen otros movimientos similares, su poder se encuentra, se alimentan y se multiplican entre sí, hasta llegar a la confrontación final durante la cual el Estado es finalmente abatido… ¡Qué hermosa historia! ¿Quién la produjo, Netflix? ¿En qué episodio estamos? Si no quieres reírte de ello, siempre puedes ser serio. (…)

Porque a lo largo de la historia, la chispa de disturbios, insurrecciones y revoluciones casi siempre ha surgido no por razones profundas sino simplemente por pretextos (p. ej. la reubicación de una batería de cañones desencadenó la Comuna de París, una protesta contra el fracaso de la marina encendió la revolución Spartakista, el suicidio de un vendedor ambulante lanzó la llamada Primavera Árabe, la eliminación de unos pocos árboles llevó a la revuelta de Gezi Park en Turquía), nos parece realmente vergonzoso que, frente a lo que está ocurriendo con los chalecos amarillos (…), sólo agudizan sus ojos para encontrar rastros del programa comunista, o del pensamiento anarquista, o de la teoría radical, o la crítica anti-industrial, o… Después de eso, tras la decepción de no haber detectado suficiente contenido subversivo en la calle, de no haber contado masas suficientemente grandes, de no haber notado suficientes orígenes proletarios, de no haber notado suficiente paridad en la presencia femenina, de no haber escuchado suficiente lenguaje políticamente correcto -la lista podría extenderse hasta el infinito-, sólo queda por horrorizarse y preguntarse quién puede beneficiarse de toda esta agitación social. [Finimondo, Di che colore è la tua Mesa?]

La tarea de los comunistas no es ni aprobar nada de lo que hace el movimiento, la tarea de los comunistas es captar el movimiento sobre la base de su dinámica radical y animar a que esta dinámica se desarrolle como una praxis revolucionaria, a favor del proyecto revolucionario del proletariado. Como comunistas debemos acompañar a la clase en su lucha de clarificación de este proyecto contra la reacción y la reforma, para representar la conexión entre la lucha actual y la lucha pasada de nuestra clase, compartiendo la experiencia que hemos obtenido en ella como clase y también entre la lucha actual y la lucha futura, a fin de extraer lecciones de la primera, para representar brevemente la lucha histórica de nuestra clase.

Somos conscientes de que no es fácil. Los “chalecos amarillos” son un movimiento contradictorio como cualquier otro movimiento proletario de la historia. Y tal vez de ello no salga nada por el momento, excepto una fuerte experiencia de lucha y rupturas, consolidando nuestra “memoria de clase”. Pero es difícil comprender un movimiento a través del prisma en qué se convierte cuando es derrotado (especialmente si la derrota está lejos de haber terminado).

Por otro lado, una parte del movimiento ya abrió una ruptura con la sociedad burguesa, su ideología y sus instituciones: sindicatos, partidos de izquierda o de derecha, unidad nacional antiterrorista, etc. Y el contenido proletario del movimiento puede abrir el camino hacia una lucha de clase más amplia.

Por último, aunque parezca provocativo, afirmamos que toda la propaganda mediática en torno al movimiento de los “chalecos amarillos” no puede en modo alguno hacernos olvidar lo esencial: que no existe un movimiento de los “chalecos amarillos” como tal, que nunca ha existido ni puede existir… Y esto es por una razón simple, fundamental, inevitable: porque no existe la clase o el proyecto social “chalecos amarillos”…

Aquí y ahora, en todas partes y siempre, es el proletariado contra la burguesía, dos clases sociales con proyectos decididamente antagónicos…

De hecho, sólo hay dos proyectos enfrentados para el futuro de la humanidad: por un lado, el proceso histórico de abolición de las relaciones sociales capitalistas y su Estado, que son la causa de la miseria, la guerra, la explotación, la alienación, la opresión y la dominación… y por otro lado, las fuerzas para la conservación de esta pesadilla…

# Tridni Valka – Guerra de Clases, Invierno 2018/19 #

Chalecos amarillos y lucha de clases

No son sólo chalecos amarillos, Monsieur Macron, es la guerra de clases, estúpido. Es el viejo topo que aparece y desaparece de escena, cavando sin cesar su túnel bajo un mundo caduco y obsoleto.

El proletariado no es una cosa, ni una identidad, ni una cultura, ni un colectivo estadístico que tiene unos intereses de clase propios que defender. El proletariado se constituye en clase mediante un proceso de desarrollo y formación que sólo se da en la lucha de clases. El proletariado, reducido en el capitalismo avanzado al estatus de productor y consumidor deviene una categoría social pasiva, sin conciencia propia; es una clase para el capital, sometida a la ideología capitalista.  No es nada, ni aspira a nada, ni puede nada. Sólo en la intensificación y agudización de la lucha de clases surge como clase y adquiere conciencia de la explotación y dominio que sufre en el capitalismo y, en el proceso mismo de esa guerra de clases se manifiesta como clase autónoma y se constituye como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo, como comunidad de lucha. Enfrentamiento total y a muerte, sin posibilidades ni aspiraciones reformistas o de gestión de un sistema hoy ya obsoleto y caduco

Esta noción de clase como “algo que sucede”, que brota y florece del suelo de los explotados y oprimidos, es clave. La clase no se refiere a algo que las personas son, sino a algo que hacen. Y une vez que entendemos que la clase es fruto de la acción, entonces podemos comprender que cualquier intento de construir una noción existencialista o cultural e ideológica de clase, es falsa y está condenada al fracaso.

La clase no es un concepto estático, sólido o permanente; sino dinámico, fluido y dialéctico. La clase sólo se manifiesta y se reconoce a sí misma en los breves periodos en los que la lucha de clases alcanza su punto culminante.

El proletariado se define como la clase social que carece de todo tipo de propiedad y que para sobrevivir necesita vender su fuerza de trabajo por un salario. Forman parte del proletariado, sean o no conscientes de ello, los asalariados, los parados, los precarios, los jubilados y los familiares que dependen de ellos. En Francia forman parte del proletariado los casi tres millones de parados y los veintiséis millones de asalariados o autónomos que temen engrosar las filas del paro, amén de una cifra indefinida de marginados, que no aparecen en las estadísticas porque han sido excluidos del sistema.

La democracia parlamentaria europea se ha transformado rápidamente, desde el inicio de la depresión (2007), en una partitocracia “nacionalmente inútil”, autoritaria y mafiosa, dominada por esa clase dirigente capitalista apátrida, que está al servicio de las finanzas internacionales y las multinacionales. Se produce una profunda y extensa proletarización de las clases medias, una masificación del proletariado y la erupción violenta e intermitente de irrecuperables colectivos, suburbios y comunidades marginadas, antisistema (no tanto por convicción, como por exclusión). Los Estados nacionales se convierten en instrumentos obsoletos (pero aún necesarios, en cuanto garantes del orden público y defensa armada de la explotación) de esa clase capitalista dirigente, de ámbito e intereses mundiales. Su forma de gobierno es el totalitarismo democrático: una democracia reducida a la mínima expresión de votar cada equis años, para elegir entre representantes malos o peores del capital, sin capacidad alguna de intervención o decisión en la vida social o política.

Los suburbios se convierten en guetos de excluidos del sistema, que el Estado intenta aislar entre sí, entregando su dominio a las bandas, la droga, las mafias, las escuelas, los trabajadores sociales, oenegés, etetés, prisiones y policía, para que conjuntamente impongan el control y/o sacrificio económico, político, social, moral, volitivo, y si hace falta también físico, de “todos los que sobran”, con el objetivo preciso y concreto de desactivar su potencial revolucionario, intentando convertir esos barrios periféricos en colmenas de muertos vivientes, a los que las instituciones estatales les han declarado una guerra total de exterminio y aniquilación.

La lucha de clases no es sólo la única posibilidad de resistencia y supervivencia frente a los feroces y sádicos ataques del capital, sino la irrenunciable vía de búsqueda de una solución revolucionaria definitiva a la decadencia del sistema capitalista, hoy obsoleto y criminal, que además se cree impune y eterno. Lucha de clases o explotación sin límites; poder de decisión sobre la propia vida o esclavitud asalariada y marginación.

Agustín Guillamón

Las sangrientas jornadas del 3 al 7 de mayo de 1937 – Agustín Guillamón

Los decretos de la Generalidad del 4 de marzo de 1937 creaban un Cuerpo Único de Seguridad (formado por la Guardia de asalto y la Guardia civil) y disolvían (en un futuro inmediato) las Patrullas de Control. Tales decretos provocaron la dimisión de los consejeros cenetistas y una grave crisis de gobierno.

En la asamblea de la Federación Local de Grupos anarquistas del 12 de abril de 1937, radicalizada por la invitación realizada a las Juventudes Libertarias y a los delegados de los comités de defensa, se exigió la retirada de todos los cenetistas de cualquier cargo municipal o gubernamental y se creó un comité insurreccional. En esa radicalización habían tenido un papel destacado Julián Merino, Pablo Ruiz y Juan Santana Calero.

El 15 de abril, tras una larga y difícil negociación, Companys y Escorza pactaron personalmente una salida a la crisis y la formación de un nuevo gobierno (con la entrada como conseller del cenetista Aurelio Fernández).

El asesinato de Antonio Martín en Bellver de Cerdaña, el 27 de abril de 1937, supuso la ruptura del pacto tan laboriosamente alcanzado. Escorza puso en alarma a los comités de defensa al desvelar la información sobre un próximo golpe de fuerza del bloque contrarrevolucionario. Escorza hizo saltar la chispa, pero se mostró contrario a una insurrección que consideraba prematura y mal preparada, sin objetivos ni coordinación.

La provocación del 3 de mayo, cuando Eusebio Rodríguez Salas asaltó la Telefónica, movilizó a los comités de defensa, que en dos horas declararon la huelga revolucionaria, se apoderaron de todos los barrios obreros y levantaron barricadas en el centro de la ciudad y en lugares estratégicos. Los comités superiores cenetistas (especialmente Eroles y Asens) intentaron controlar a los comités de defensa, pero fueron desbordados y no consiguieron controlarlos.

La mañana del 4 de mayo Julián Merino convocó una reunión del Comité Regional, consiguiendo que se formase un Comité Revolucionario de la CNT (formado por Merino, Ruano y Manzana) y dos comisiones para coordinar y extender la insurrección. En esa misma reunión se nombró una delegación cenetista, encabezada por Santillán, para negociar en el Palacio de la Generalidad una salida pactada. La CNT jugaba con dos barajas: la insurreccional y la negociadora; Companys (presidente de la Generalidad) y Comorera (secretario del PSUC) sólo jugaban con la baraja de la provocación, con el certero objetivo de conseguir la aniquilación de los insurgentes, la debilitación de la CNT y un gobierno fuerte.

En la tarde del 4 de mayo, los trabajadores revolucionarios barceloneses, armados en las barricadas y dispuestos a todo, no fueron derrotados por el PSUC, ni por ERC, ni por las fuerzas de orden público del gobierno de la Generalidad. Fueron sometidos por los mensajes apaciguadores de la radio. El intento revolucionario de encontrar una coordinación y un objetivo preciso a la insurrección en curso, fracasó. Cuando toda Barcelona era ya una barricada, los obreros en armas fueron vencidos y humillados por las peroratas radiofónicas de los comités superiores cenetistas, y muy especialmente por el discurso del beso de Joan García Oliver.

El 5 de mayo, al mediodía, Sesé, cuando iba a tomar posesión de su cargo de consejero, fue tiroteado desde el Sindicato de Espectáculos de la CNT, al no atender el auto en que viajaba el alto del control de una barricada. Companys, en represalia, ordenó repetidamente a la aviación que bombardease los cuarteles y edificios en poder de la CNT. Los Amigos de Durruti lanzaron una octavilla que intentaba dar unos objetivos concretos a la insurrección: sustitución de la Generalidad por una Junta Revolucionaria, fusilamiento de los culpables de la provocación (Rodríguez Salas y Artemi Aguadé), socialización de la economía, confraternización con los militantes del POUM, etcétera. Los comités superiores desautorizaron inmediatamente esa octavilla, que tuvo la virtud de reavivar la lucha en las barricadas.

Los días 5 y 6 de mayo fueron los de mayor auge de la lucha callejera. Los conatos cenetistas de tregua, o abandono de las barricadas, siguiendo las consignas radiofónicas y de la prensa, fueron aprovechados por el bloque contrarrevolucionario para consolidar posiciones; hecho que a su vez provocó que los revolucionarios reanudaran los combates y se volviera a las barricadas.

El 7 de mayo era evidente que la insurrección había fracasado. Las tropas enviadas desde Valencia desfilaron por la Diagonal y ocuparon toda la ciudad. Empezaron a deshacerse las barricadas. Los comités superiores, en los días siguientes, intentaron ocultar todo lo sucedido, arreglar las actas en proceso de redacción y en definitiva evitar en lo posible la previsible represión estalinista y gubernamental contra la Organización y contra los protagonistas más destacados.

Si hubiese que resumir mayo del 37 en una frase, ésta debería explicar que los trabajadores revolucionarios, armados en las barricadas y decididos a todo, fueron abatidos por los llamamientos al alto el fuego emitidos por la radio: Barcelona fue una insurrección derrotada por la radio.

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Caridad Merceder y otras militantes del PSUC deshaciendo una barricada en las Ramblas

Conclusiones:

Por primera vez en la historia, se dio el caso de una insurrección iniciada y sostenida contra la voluntad de los líderes a que perteneció la inmensa mayoría de los insurrectos. Pero aunque una insurrección puede improvisarse, una victoria no (Escorza); y aún menos cuando todas las organizaciones obreras antifascistas se mostraron hostiles al proletariado revolucionario: desde la UGT hasta los comités superiores de la CNT.

Los comités superiores llegaron a jugar con dos barajas, permitiendo la formación de un Comité Revolucionario de la CNT, al mismo tiempo que se formaba una delegación para negociar en el Palacio de la Generalidad. Pero muy pronto abandonaron la carta insurreccional por los ases del alto al fuego, que aseguraban su futuro de burócratas.

UGT y comités superiores de la CNT, ERC y gobierno de la Generalidad, estalinistas y nacionalistas, todos juntos, convirtieron la hermosa victoria militar de la insurrección, al alcance de la mano (Merino, Rebull), en una horrorosa derrota política. Todos juntos, pero de forma distinta, para desempeñar eficazmente cada uno su papel. Estalinistas y republicanos directamente en las barricadas de la contrarrevolución. Anarcosindicalistas y poumistas en la ambigüedad del quiero y no puedo, del soy pero dejo de ser; los primeros recomendando el cese de la lucha y el abandono de las barricadas; los segundos mediante el “audaz” seguidismo de los primeros.

Sólo dos pequeñas organizaciones, los Amigos de Durruti y la SBLE, intentaron evitar la derrota y dar a la insurrección unos objetivos claros. El proletariado revolucionario barcelonés, esencialmente anarquista, luchó por la revolución, incluso contra sus organizaciones y contra sus líderes, en un combate que ya había perdido en julio de 1936, en el mismo momento en que dejó en pie el aparato estatal y trocó la lucha de clases por el colaboracionismo y la unidad antifascista.

Pero hay batallas perdidas que han de librarse en beneficio de las generaciones futuras, sin más objetivo que el de dejar constancia de quién es quién, advertir el lado de la barricada en que se encuentra, señalar dónde están las fronteras de clase y cuál es el camino a seguir y los errores a evitar.

El lector que quiera ampliar su conocimiento sobre los Hechos de Mayo de 1937 puede hacerlo en el libro Insurrección, editado por Ediciones Descontrol.

[Audio] 1º de Mayo – Anticapitalista-Internacionalista-Revolucionario

1º de Mayo – Anticapitalista-Internacionalista-Revolucionario

Compartimos aquí el audio del acto realizado en la ciudad de Rosario. Un
jornada de memoria y lucha, donde compartimos reflexiones, poesías,
lecturas, música y publicaciones con el 1° de mayo como punto de encuentro.

Escuchar audio

¡Salud y revolución social!

¿DECONSTRUCCIÓN?

Cada vez más, en ciertos ámbitos anarquistas, feministas, militantes o de lucha en general, resuena el concepto de deconstrucción. Para muchos pareciera un elemento ineludible y necesario, el camino hacia un grado de mayor conciencia y puesta en práctica efectiva, que si alguna vez llegara a generalizarse haría posible un cambio social real. Se lo propone como una especie de autoanálisis y de toma de conciencia de privilegios, que dependerían y responderían a una serie de “interseccionalidades” (sexo, género, edad, raza, clase, etc.) que definen la identidad de cada individuo diferenciándolos de los demás y llevándolos a reproducir comportamientos y posiciones de poder o subordinación en relación a otros individuos. Es así que una persona en proceso de deconstrucción sería aquella que se está cuestionando sus “privilegios” y cambiando su forma de comportarse y relacionarse, intentando no reproducir ciertas formas, lógicas, comportamientos… de no oprimir con su existencia a otras personas.

Ahora bien, esta idea de que, de alguna manera, todos seríamos al mismo tiempo opresores y oprimidos ya que por todos lados hay relaciones de poder y es imposible escapar de ellas, muy simpática debe caerle a quienes se encuentran en altas posiciones de poder.

No es casualidad que estas ideas no deriven de las luchas ni de los balances de sus propios protagonistas sino de académicos, filósofos, intelectuales, así como tampoco lo es que estén tan presentes en ámbitos universitarios y de charlatanes a sueldo, perpetuadores del orden existente. De repente, nos hacen saber que el problema está en nuestro interior. El problema no es que nuestras vidas estén sometidas al trabajo, a los tiempos mercantiles, a la dictadura de la economía, del dinero y los relojes. Para los defensores de la deconstrucción, son a lo sumo condicionantes, pero no condiciones materiales a superar. Pareciera que lo más importante a resolver serían las relaciones de poder entre pares, quizás porque sea lo único que se presenta como posible. Así, todos podemos ser mejores con una simple toma de conciencia. Pero creer que es posible que la sociedad cambie por una toma de conciencia generalizada es tan ingenuo como creer que un funcionario del Estado, un político, un cura, un empresario, un policía, dejarían de beneficiarse de sus “privilegios” por hacerse conscientes de ellos.

De alguna manera, en todo esto, está implícita la actitud subjetivista, tan posmoderna, en donde la realidad ya no existe y todo se enfoca cada vez más en las percepciones y sensibilidades individuales. Así, se termina igualando la opresión del Estado con los “micropoderes” que ejerce cada quien. No es casualidad tampoco que este tipo de modas aparezcan en un momento de atomización absoluta, de susceptibilidad generalizada, de victimización paternalista. Luchar contra los que nos oprimen está pasado de moda y ahora nos oprimimos todos entre todos, incluso somos enemigos de nosotros mismos.

Tiempos de autoayuda, autosuperación, eliminación de malas influencias y energías dañinas para el progreso personal. Alimentación consciente, lenguaje inclusivo, conciencia sobre contaminación, estilos de vida. Todo está en nosotros como individuos y depende de nosotros como individuos. Y si fallamos, somos condenados como individuos y culpables. Otra vez, lo viejo se hace pasar por nuevo.

La teoría de la deconstrucción, supone que existen identidades o determinaciones de las cuales podríamos desprendernos por simple voluntad, como si estas fuesen una elección y no estuviesen definidas por un proceso de cientos de años y millones de personas. Además de la cuestión del individuo, surge la idea de que uno es lo que es porque lo elije, en otras palabras, porque quiere. Es así que una estudiante universitaria puede dedicarle más tiempo a su deconstrucción que una madre de cinco hijos. La perspectiva, en ciertos ámbitos de lucha, pareciera haber dejado de orientarse hacia un cambio social real para enfocarse en la creación de espacios seguros, donde no haya incomodidades ni conflictos, donde nadie se sienta discriminado ni excluido.

Con todo esto no estamos negado la importancia del cambio subjetivo o personal, ni del modo en que nos comportamos en lo cotidiano. Porque esto nos parece un elemento fundamental para la lucha revolucionaria y hasta una cuestión de supervivencia. Decir que «quienes hablan de revolución sin hacerla real en sus propias vidas cotidianas, hablan con un cadáver en la boca» es muy diferente a perder de vista el hecho de que todo aquello que reproducimos es parte de una relación social (no interpersonal) que debe ser destruida de raíz y superada. Y no por gusto, sino porque es la única manera. Porque justamente, si decimos que somos una “construcción”, esta construcción es social y social será su destrucción. Es de vital importancia comprender que lo que somos, muchas de las actitudes de mierda que reproducimos y que tenemos que destruir (no deconstruir) son producto de una vida que está sometida a las necesidades de otros, a las necesidades de la economía antihumana que muchas veces nos vuelve inhumanos. Y mientras eso perdure, nos podemos hacer conscientes de ello y tensionar al máximo las posibilidades de no reproducción de sus lógicas. Eso no implica generar una atomización y desconfianza cada vez mayores que justifiquen y continúen reproduciendo los modos que nos impone el capitalismo.

Extraído de La Oveja Negra #62

REPRES(ENTAC)IONES

«Macrisis», «la policía de Mónica Fein», «la gendarmería de Bullrich», etc, etc, etc… ¿Cuándo fue que nos olvidamos que hay dos clases sociales con intereses antagónicos? ¿Cuándo fue que pensamos que el rumbo de un país lo define una persona o un grupo de personas? ¿Cuándo fue que comenzamos a preferir un gobernante a otro? ¿Cuándo fue que pensamos que hay sucesiones de gobiernos, pero no la continuidad del Estado?

Imaginemos por un momento una conversación entre dos esclavos discutiendo hasta el enojo por cual amo es mejor que el otro. Bien, es lo que a menudo hacen los esclavos asalariados.

Imaginemos a dos condenados a muerte, caminando hacia la silla eléctrica, la inyección letal o el hambre, nombrando las virtudes de sus verdugos. Eso es lo que hacen cotidianamente muchos de los condenados a trabajar hasta la muerte en el capitalismo. ¡Sí! trabajar hasta la muerte, o morir trabajando, o yendo o volviendo del trabajo, o antes de llegar a la siempre miserable, pero cada vez más lejana, jubilación. Por no hablar de quienes mueren por las penurias de la desocupación y la sucesión de trabajos informales…

Cuando dejemos de indignarnos por el “gobierno K”, el “gobierno de Macri” o el “gobierno narco–socialista” para hablar del gobierno a secas, del Estado y de la burguesía, se nos van a aclarar varios problemas. Porque no alcanza con decir que «Macri y Cristina son lo mismo» sin señalar que el problema no son los personajes sino la función que cumplen. A su vez, esa función requiere, evidentemente, que no sean exactamente lo mismo. Si lo fuesen, Macri y Cristina no podrían alternarse en el poder de acuerdo a las necesidades del Capital. Quienes sostienen que son lo mismo, son quienes quieren despejar el sillón presidencial para sentarse ellos. Para poner a la izquierda a administrar la gestión de la miseria, tener a su propio comandante en jefe, sus ministros de economía… Por eso no les molesta el rol, el papel que cumplen, solo les molesta quién lo cumple. ¿Acaso se puede hacer algo mejor en el rol de verdugo? ¿Ser más humanitario? ¿Menos verdugo?

Como ya sabemos «la injusticia no es anónima, tiene nombre y dirección» pero no basta con señalar a los responsables sin señalar su rol social. Cuando responsabilizamos al Estado y a todos sus funcionarios por sus actos más atroces, los mencionamos con nombre y apellido, como a la miserable Patricia Bullrich, para no olvidarnos que esos grises agentes del Capital son seres humanos de carne y hueso. Despersonalizar la historia es renunciar a actuar. No detestar a quienes nos gobiernan y explotan lleva al peor de los conformismos. Pero, una cosa es comprender esto y otra muy distinta es el pedido de renuncia o de justicia para luego, con cualquier “argumento”, cambiar al gobernante de turno dejando intacto su rol en la maquinaria.

En estas épocas de elecciones, tenemos que ver más allá del restringido panorama electoral que nos reduce a simples votantes, consumidores, trabajadores y nada más; tenemos que ver más allá del horizonte capitalista. Lo dice clarito la Constitución Nacional de la clase dominante: «el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de este, comete delito de sedición». Es como en el cristianismo: dios existe porque la biblia lo dice y, casualmente, dice también que los representantes de dios en la Tierra son aquellos que la escribieron. La democracia, tal como la fe religiosa, castiga sin piedad a los herejes.

Por eso hay desaparecidos en democracia, torturados en comisarías, personas pudriéndose en la cárcel, procesamientos. Todo lo que sea necesario para la defensa de la propiedad privada y de este orden de cosas, en un gobierno o en otro. Porque es una función de clase mantenernos a raya y mantener la desigualdad social. No hay sorpresa entonces entre un gobierno y otro. ¿Qué esperaban sino represión, opresión y explotación?

Resulta que, en épocas de crisis capitalista como la actual, hay más pobres. Pero a los “progres” parece no molestarle que haya pobres, sino que haya muchos, o que haya más que antes. Aceptan sin chistar la inequidad de esta sociedad, pero parece que cuando son tantos que ya empiezan a verse en sus ciudades o sus zonas de residencia es una molestia, y ponen el grito en el cielo. Traduzcamos sus reclamos a un lenguaje sencillo: «¡Queremos que haya menos pobres, pero no acabar con la pobreza porque no se puede! ¡Por eso hay que ser realistas y en las próximas elecciones votar a tal-o-cual candidato!»

Pero es necesario identificar que esta crisis no tiene nada de argentina, así como tampoco podría serlo su verdadera solución. Los funcionarios de este u otro país responden a los intereses de empresas transnacionales que, a imagen y semejanza del Capital, no tienen patria para sus ganancias, ni fronteras para los negocios. Así como también hay cada vez menos caras visibles tras el velo de los anónimos accionistas que están detrás de las corporaciones. El Capital tiene un funcionamiento cada vez más automático, donde sus agentes, sean empresarios o políticos, están determinados por la ganancia en su toma de decisiones. Su continuidad en sus miserables roles depende de su habilidad de gestionar y hacer crecer el Capital, lo cual incluye contener a los revoltosos.

Los ricos no van a pagar las crisis, nunca las han pagado y los perjudicados somos siempre y directamente las personas proletarizadas. Las crisis son intrínsecas a la economía capitalista y no se trata de la responsabilidad de tal o cual grupo de empresarios, banqueros o Estados. El enemigo es el Capital, nacional, extranjero, privado o estatal.

El enemigo es el Capital, sea extractivista o especulador. ¿Se han dado cuenta de que se habla de especuladores y extractivistas para tampoco hablar de capitalistas a secas? ¿Qué capitalista no es especulador o extractivista? ¿En qué momento del capitalismo no ha habido extracción de recursos naturales de la Tierra para vender en el mercado mundial? Nuevamente, a algunos no les preocupa esto, sino que una economía nacional se base en dicha extracción. Pero, además, hay un extractivismo permanente que no se nombra nunca: el de nuestras vidas, que se van en cada momento de explotación para agrandar las ganancias de la burguesía y mantener en pie todo el edificio que nos chupa la sangre, cuerpo y cerebro.

Mientras exista capitalismo continuaremos oponiéndonos a todo aumento de nuestra explotación, que sufrimos no solo a través de nuestros salarios, sino de los precios, la calidad de lo que consumimos y los impuestos que debemos pagar para vivir. Como decían por ahí, antes de ser anti-capitalistas el capitalismo es anti-nosotros. Sin embargo, mientras creamos que esto es responsabilidad de un sector político o empresario particular, seguiremos enredados en la dinámica capitalista, yendo de un amo a otro, buscando consuelo hasta la muerte.

Esta sociedad mercantil generalizada es una sociedad de la representación. No simplemente por la democracia representativa o por la importancia de las apariencias. Es que, el corazón de este mundo, la mercancía, se muestra con un rostro que no es el suyo y nunca expresa su naturaleza profunda. Las mercancías no se detienen, al momento del intercambio, a decirse qué son. Se relacionan entre sí en función de una forma exterior, de un envoltorio: cada una envuelve una porción de trabajo que le es indiferente. Y puesto que todo es mercancía, nuestro mundo es una sociedad de la representación.

Las relaciones sociales en el capitalismo se encuentran invertidas: son relaciones entre cosas donde los seres humanos somos reducidos a un medio. En tales circunstancias, no es de extrañar que las representaciones se confundan con lo representado, que los intereses de los gobernantes se confunden con los de los gobernados, los de los explotadores con los de los explotados. Y defendiendo a nuestros representantes nos olvidamos de defendernos a nosotros mismos.

Extraído de la Oveja Negra #62

[Acto] 1° de Mayo Internacionalista, Anticapitalista y Revolucionario

Proponemos un nuevo acto del 1° de mayo para encontrarnos y compartir una jornada de agitación y reflexión. Habrá oradores, recitados, música en vivo y feria de materiales.

Miércoles de 17:00 a 20:00 hs.
Plaza Sarmiento (Entre Ríos y San Luis – Rosario)


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¿Cuándo fue que nos olvidamos que hay dos clases sociales con intereses antagónicos? ¿Cuándo fue que pensamos que el rumbo de un país lo define una persona o un grupo de personas? ¿Cuándo fue que comenzamos a preferir un gobernante a otro? ¿Cuándo fue que pensamos que hay sucesiones de gobiernos, pero no la continuidad del Estado?

Como ya sabemos «la injusticia no es anónima, tiene nombre y dirección» pero no basta con señalar a los responsables sin señalar su rol social. Cuando responsabilizamos al Estado y a todos sus funcionarios por sus actos más atroces, los mencionamos con nombre y apellido para no olvidarnos que esos grises agentes del Capital son seres humanos de carne y hueso. Despersonalizar la historia es renunciar a actuar. No detestar a quienes nos gobiernan y explotan lleva al peor de los conformismos. Pero, una cosa es comprender esto y otra muy distinta es el pedido de renuncia o de justicia para luego, con cualquier “argumento”, cambiar al gobernante de turno dejando intacto su rol en la maquinaria.

En estas épocas de votaciones tenemos que ver más allá del restringido panorama electoral que nos reduce a simples votantes, consumidores, trabajadores y nada más, tenemos que ver mas allá del horizonte capitalista. No es de extrañar que las representaciones se confundan con lo representado, que los intereses de los gobernantes se confunden con los de los gobernados, los de los explotadores con los de los explotados. Y defendiendo a nuestros representantes nos olvidamos de defendernos a nosotros mismos.

Elecciones en España: Una victoria de la democracia es una derrota del proletariado

CON LA IZQUIERDA O CON LA DERECHA, UNA VICTORIA DE LA DEMOCRACIA ES UNA DERROTA DEL PROLETARIADO

Por tercera vez, en el breve plazo de tres años, se han convocado elecciones generales en España. Después de que el gobierno del PSOE, en minoría en el Parlamento y el Senado y por tanto dependiente de alianzas extremadamente frágiles para gobernar, no fuese capaz de sacar adelante los presupuestos generales del Estado durante el pasado invierno, una nueva crisis parlamentaria ha dado como resultado la disolución de las Cortes y la puesta en marcha de otro circo electoral en el que, de nuevo también, todos los voceros y propagandistas de uno u otro signo político repiten hasta la náusea que “todo está en juego”.

Ahora que el bipartidismo está roto (mentira: únicamente el PP y el PSOE tienen opciones reales de gobernar y el resto de partidos aspiran sólo a ser, si acaso, sus muletas) y que un coro de nuevos partidos ha irrumpido en la escena (nueva mentira: a la izquierda del PSOE sólo hay un refrito de la antigua Izquierda Unida y a la derecha del PP una escisión del mismo PP y un viejo partido regional) la democracia española avanza por derroteros completamente inéditos, según afirman los voceros del periodismo hooligan político que los Florentino Pérez y los Roures pusieron en marcha hace unos años como acompañamiento de sus nuevas marcas políticas.

Pero, ¿qué significan realmente estas nuevas elecciones? Aún sin dejarse arrastrar por las campañas publicitarias y por los recursos de marketing político, es imposible pasar por alto que la situación en España está muy lejos de ser normal, si por normalidad entendemos los casi cuarenta años de alternancia pacífica en el poder de PSOE y PP. De hecho, la situación es tremendamente anómala si tenemos en cuenta que el ordenamiento jurídico y político posterior a la Constitución de 1978 se diseñó como copia actualizada del sistema de cambio político de finales del siglo XIX y principios del XX: en este caso, una gran socialdemocracia levantada con los marcos del Bundesbank y los dólares de la Reserva Federal y una amplia derecha que aunaba tanto a los sectores ultras del Régimen de Franco como a las pequeñas burguesías regionales, se disputaron el poder durante varias décadas alternándose para llevar a cabo, en primer lugar, las medidas más acuciantes de modernización económica del país y, después, aquellas que permitiesen a la burguesía nacional competir con sus rivales extranjeros. Este equilibrio, basado en un sistema de turnos naturales, en los que un partido abandonaba el gobierno cuando se volvía incapaz de gestionar la creciente tensión social a que había conducido su política, parecía el más adecuado para un país en el que la burguesía se había negado durante décadas a aceptar incluso las más mínimas reformas sociales que tan buen resultado, en el sentido de apaciguar a los proletarios, habían dado en otros países. Fue un equilibrio surgido del pacto social que realizaron todos los sectores de la burguesía y la pequeña burguesía después de la muerte de Franco, cuando la crisis capitalista mundial de mediados de los años ´70 arrasaba los principales países europeos y americanos… y ha durado, precisamente, hasta que una nueva crisis económica ha golpeado con dureza similar. Fue en ese momento cuando las fuerzas sociales que permanecieron adormiladas durante décadas emergieron con energía renovada. Y fue también entonces cuando se fraguó la crisis política que vivimos hoy y en nombre de la cual se llama de nuevo al voto.

A la derecha, la aparición de Ciudadanos, un partido político que comenzó su existencia circunscrito prácticamente a las ciudades de Cataluña como representante de una pequeña burguesía local, profesional y “cosmopolita” que salía perjudicada por el enfrentamiento entre el gobierno catalán y el gobierno español, como gran fuerza nacional organizada en pocos meses como alternativa a un Partido Popular desgastado por los escándalos de corrupción, es una muestra de la agitación y del malestar que reina entre la pequeña burguesía de prácticamente todas las grandes ciudades españolas, en las que el partido de gobierno (PP o PSOE) ha tomado, durante los últimos diez años, las medidas necesarias para resguardar de la crisis a la burguesía local dejando de lado a los sectores pequeño burgueses que han visto sus negocios hundirse, su nivel de vida caer y, sobre todo, el riesgo de no poder mantener el estatus privilegiado que han ostentado durante tanto tiempo. El “problema catalán” ha dado a esta pequeña burguesía local una proyección nacional, ejemplificando en la incapacidad del gobierno del PP para acabar con las corrientes nacionalistas, todos los males que para esta clase deben ser solucionados.

Más a la derecha aún, la escisión del Partido Popular, dirigida por Santiago Abascal, ha recogido al sector típicamente ultra que tuvo en el PP, hasta hace unos años, una casa que compartir con otros sectores más moderados. Una tupida red de altos funcionarios del Estado, militares de carrera, mandos de la policía, etc., junto con otros elementos patrocinados por la burguesía rentista (la antigua aristocracia reconvertida en parásitos del Estado) han vuelto al enfrentamiento abierto y explícito no sólo contra las fuerzas nacionalistas de Cataluña sino contra el propio Partido Popular y el ordenamiento constitucional de 1978. Este partido, Vox, lejos de ser una corriente de tipo fascista, como se ha apresurado a gritar el conjunto de la izquierda parlamentaria y extra parlamentaria, es una reacción típicamente nacionalista y ultra conservadora que se ha precipitado a la arena política no para imponer su programa, sino para espolear a las otras dos fuerzas de la derecha a ser más duras: les proporciona una fuerza de choque electoral, parlamentaria, mediática… e incluso callejera para llegar allí donde no podían llegar. Es significativo ver cómo organizaciones policiales como Jusapol, creadas bajo la protección de Ciudadanos para organizar a miembros de los tres cuerpos de la Policía como fuerza de presión, han orbitado rápidamente hacia Vox en un exquisito reparto de tareas. Vox no es una amenaza fascista, su programa electoral es exponente de las exigencias más rudimentarias y básicas de la burguesía y como tal representante de la burguesía que se ha animado a hacer explícitas sus exigencias, muestra a los proletarios la cara más dura del enemigo de clase… pero esto no es nada que cuarenta años de democracia no hayan mostrado abiertamente.

A la izquierda, la implosión de Podemos en varios grupos separados, la fragmentación de la corriente de izquierdas fraguada en 2014 y la definitiva convergencia con el PSOE, que después de ser el enemigo a abatir es el hermano al que ayudar contra el “fascismo” de la derecha, es el final lógico para este tipo de formaciones. Entre 2013 y principios de 2014, el periodo de movilizaciones más intensas contra la crisis económica, el esfuerzo combinado de las grandes corporaciones mediáticas e importantes industriales, puso en marcha la marca electoral Podemos, aupándola desde la marginalidad extra parlamentaria hasta los Ayuntamientos de Madrid, Barcelona y Cádiz. La tensión social se recondujo hacia el juego electoral: unos pocos escaños en el Congreso y alguna victoria local sirvieron para desalojar las calles y recuperar la confianza en el juego democrático. Cuatro años después, la clase proletaria sigue soportando sobre sus espaldas el peso de la recuperación económica, los grandes Ayuntamientos en manos de Podemos y sus aliados locales siguen siendo las grandes corporaciones regionales de la gran burguesía, que hace sus negocios con la seguridad de quien sabe que velan por sus intereses día y noche, incluso los aspectos más llamativos de estos negocios, los pelotazos urbanísticos y la reestructuración urbana que necesitan los nuevos tipos de empresas siguen su curso sin interrupciones… mientras que los partidos “del cambio” se han convertido en depredadores voraces que se han adaptado rápidamente al juego político de “la casta”.

En las elecciones del próximo 28 de abril no está en juego un cambio radical de la situación política, económica y social del país. No serán unas “elecciones constituyentes” como ha dicho el líder de Podemos ni una “reconquista” como quiere el jefe de Vox. Más allá de los diferentes programas políticos, de las estridencias mediáticas de cada una de las corrientes que compiten por el voto, hay un denominador común para todas ellas: la defensa de la nación, de la democracia, del sistema electoral y parlamentario. La fragmentación de la izquierda y la derecha en diferentes tendencias refleja tanto las dificultades por la que la burguesía pasa a la hora de organizar sus tendencias como un inmenso esfuerzo por su parte para mantener la estabilidad básica en torno al orden democrático.

El principal foco de tensión, del que se alimentan todos los demás en la sociedad capitalista, es el que existe como consecuencia del enfrentamiento continuo entre la clase proletaria y la clase burguesa. Ante la crisis económica, ante la inestabilidad de las formas constitucionales y políticas, la burguesía en su conjunto lanza una consigna: democracia. El voto, las elecciones, el Parlamento, el respeto a la legalidad, la colaboración entre clases representada por el Estado de derecho, la defensa de la economía nacional, ese es el programa único del conjunto de la burguesía. En la medida en que logra imponérselo a la clase proletaria, que consigue forzarla a dejar de lado la lucha por sus intereses de clase, tanto en el terreno económico más inmediato como en el terreno general de la lucha política, la burguesía (toda la burguesía arropada por sus clases satélites) vence.

El nacionalismo de grupos como Vox, el nuevo “patriotismo” de Podemos, el independentismo de los partidos regionalistas vasco y catalán, llama a los proletarios a unirse en un frente único con la burguesía en defensa de los intereses nacionales, es decir, llama a los proletarios a soportar todos los sacrificios y todas las exigencias que los intereses nacionales les imponen. Y lo hace sobre la base de la participación democrática, de la colaboración electoral entre clases… ¿Frente al “independentismo” racista e indentitario? ¡Democracia! ¿Frente al nacionalismo tradicionalista español? ¡Democracia! ¿Frente al fascismo?… ¡Más democracia!

Mientras que los proletarios acepten este terreno, la burguesía respira tranquila, la democracia es, por el momento, la garantía de su dominio de clase. Y mañana, cuando la tensión social latente comience a salir a la superficie, cuando estas escaramuzas entre corrientes burguesas se transformen en enfrentamientos a una escala mayor, este hábito de participación democrática, de confianza en las instituciones, le será muy útil a la clase burguesa, que logrará debilitar la necesaria reanudación de la lucha de clase proletaria recurriendo ya no a la participación democrática sino a la defensa y salvaguardia de la democracia misma. Con el circo electoral permanente, la burguesía no sólo disipa la tensión social hoy, sino que agudiza la parálisis del cuerpo social proletario, que se hará especialmente aguda cuando la próxima crisis económica vuelva infinitamente más violentas las exigencias que la burguesía le imponga. Entonces, quizá sí, deba recurrir a métodos de gobierno extremadamente autoritarios, deba suprimir realmente las libertades que hoy tolera, deba, en fin, convertir a los proletarios en carne de cañón en cualquier enfrentamiento interburgués. Y para todo ello, el adoctrinamiento democrático, electoral y parlamentario de los últimos cuarenta años le será de gran ayuda.

En el esperpento electoral de estos años, los proletarios no deben ver otra cosa que todas las fuerzas de la clase enemiga coaligadas para imponerle el respeto al Estado burgués, su legalidad y sus instituciones. Cuanto más se habla de democracia, cuando más intensos son los llamados a la participación electoral, más necesita la burguesía que el proletariado se olvide de sus verdaderas necesidades, que sólo pueden ser satisfechas mediante la lucha de clase, para dar su apoyo, en forma de defensa de un candidato u otro, al orden capitalista. Así sucedió en 1978, cuando la crisis económica mundial forzó a la burguesía parapetada durante varias décadas detrás de Franco, a establecer un régimen parlamentario que pudiese facilitar la colaboración entre clases. Y así sucede hoy, cuando una crisis aún más fuerte, ha barrido el orden de entonces.

Para los proletarios de hoy y de mañana sólo hay un dilema: o se acepta el juego democrático y se fortalece con ello el dominio de la clase burguesa, o se lucha sobre el terreno de clase.

¡Por el retorno de la clase proletaria al terreno de la lucha de clase, antidemocrática, antiparlamentaria y antielectoral!

¡Por la reconstitución del partido comunista internacional e internacionalista!

Partido Comunista Internacional (El Proletario) – 20 de abril de 2019

POR LA REANUDACIÓN DE LA LUCHA DE CLASE

¿NUNCA MÁS QUÉ?

 

El Estado de la República Argentina es, como cualquier Estado, una institución genocida. Una maquinaria basada en el asesinato, la coacción masiva y el terror. Desde sus inicios hasta el día de hoy, y hasta el día que muera junto a todos los Estados.

Tras la independencia y con el avance del mercado moderno se hizo fundamental disciplinar a las poblaciones atándolas a un trabajo fijo, desterrando para siempre el libre vínculo con el resto de la naturaleza. Por un lado, se dictaban normas como la Ley de vagos y la obligación para los habitantes de las zonas rurales de portar la papeleta de conchabo, al tiempo que se extendía la demarcación de tierras y los títulos de propiedad sobre ella. Los fortines para el exterminio indígena y los batallones para las guerras civiles se nutrieron de pobres y desposeídos para usarlos como carne de cañón.

En tal sentido, la Guerra del Paraguay (o Guerra de la Triple Alianza) constituye uno de los hechos fundacionales del Estado argentino. Entre 1864 y 1870 Argentina, Uruguay y Brasil aliados con Gran Bretaña invadieron y arrasaron el Paraguay, unidos bajo la bandera del libre comercio, la libre navegación de los ríos y los empréstitos ingleses para financiar la guerra. En esos días Paraguay constituía el principal competidor de la industria y el comercio británico en la región, siendo el país más industrializado de América del Sur. Se estima que producto de esta masacre murió más de la mitad de la población del Paraguay, entre ellos más del 80% de los varones en edad militar. Como trofeo, la naciente burguesía argentina consiguió la anexión de la actual Formosa para su explotación.

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Juzgar las ideas: el laboratorio represivo del Estado griego

Presentamos a continuación una entrevista realizada a Nikos Romanos, anarquista de Grecia secuestrado por el Estado desde principios de 2013 tras una expropiación y condenado a más de 15 años de cárcel.

La entrevista la realizó el periódico Apatride en griego. Fue publicada recientemente en inglés por el colectivo Crimethinc junto a una introducción que acá comaprtimos.

Decidimos traducir el artículo en su conjunto ya que representa un interesante aporte sobre la aplicación de leyes contra el terrorismo y las estrategias legales con las que la democracia busca encarcelar a los revolucionarios. Hoy en Grecia, pero es sabido como los mecanismos represivos se exportan según las necesidades de cada gobierno y en respuesta a distintas situaciones de conflicto social.

A continuación las palabras de este joven compañero.

Traducción: Boletín La Oveja Negra

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Introducción

Después de varios intentos fallidos de involucrar a los anarquistas y otros antiautoritarios con cargos de conspiración y terrorismo por toda Europa, hoy el Estado griego está a la vanguardia del desarrollo de nuevas estrategias legales para atacar los movimientos sociales. El artículo 187A del código penal griego existe desde 2004, pero el año pasado, los funcionarios griegos lo usaron de una manera nueva contra Nikos Romanos y varios otros prisioneros anarquistas, condenando y sentenciándolos a muchos años de prisión en base a una nueva interpretación del artículo. Independientemente de si estos veredictos se revocan en los tribunales superiores, los juicios indican un cambio estratégico importante en la vigilancia de los movimientos sociales en Grecia. Ofrecen una importante señal de advertencia sobre las nuevas formas que la represión puede asumir en todo el mundo a medida que se intensifica el conflicto social.

Las leyes griegas de «antiterrorismo» se derivan en gran medida de las directrices de las Naciones Unidas y de Europa contra el terrorismo; en su mayor parte, se redactaron en el período posterior al 11 de septiembre. El gobierno socialdemócrata del PASOK introdujo la mayoría de la legislación griega “antiterrorista” en 2001; en ese momento, estaba dirigido principalmente a organizaciones criminales. En 2004, el gobierno de derecha Nueva Democracia presentó un nuevo cargo: «organización terrorista». El infame artículo 187A apareció en este paquete legislativo. Continue reading

[Radio] Anábasis #145: Gilles Dauvé (III)

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Finalizamos la entrevista al compañero Gilles Dauvé (1947) reflexionando sobre la comunización, la cuestión sexual, el feminismo… y, enlazando con la primera entrega, rememorando la influencia de Invariance y el papel de los situacionistas en Mayo de 1968.

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[Radio] Anábasis #144: Gilles Dauvé (II)

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Seguimos conversando con el compañero Gilles Dauvé (1947), que nos habla, en esta segunda entrega, de su relación con el Movimiento Ibérico de Liberación, de Portugal, de la autonomía italiana, del conocido como “affaire Faurisson” (la polémica negacionista en la que se enfangaron algunos de sus antiguos compañeros) y de la evolución de los movimientos de lucha desde los años 70 hasta el presente, con toda la movida de los “chalecos amarillos”.

[Radio] Anábasis #143: Gilles Dauvé (I)

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De la mano de una compañera del grupo Barbaria, radiamos la entrevista que realizó al compañero Gilles Dauvé (1947), exponente destacado de la crítica radical contemporánea, impulsor de diversos proyectos y publicaciones como Le Mouvement Communiste, La Banquise, Troploin, Douter de Tout… En esta primera entrega, nos habla de sus inicios en el medio radical, del grupo Pouvier Ouvrier que animaba Albert Massó “Vega”, de la librería “La Vieille Taupe”, los comités de Censier en Mayo de 1968, la Internacional Situacionista, los encuentros que organizó Information et Correspondance Ouvrières (ICO), la crisis de muchos de los grupos radicales que habían anunciado y animado la revuelta de mayo-junio, de la cuestión sexual…

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[Folletos] LA SEMANA DE ENERO. A CIEN AÑOS y LA INSURRECCIÓN DEL ’19

El primer mes de este año trae consigo una negra efemérides: el aniversario de la Semana de enero, una de las huelgas más largas y sangrientas ocurridas en territorio argentino, en la semana del 7 al 14 de enero de 1919 bajo el gobierno del caudillo radical Hipólito Yrigoyen.

Hace un siglo se llevó adelante un movimiento que conmovió a la sociedad por su alcance y trascendencia. Lo que en principio aparecía como un conflicto parcial en los talleres Vasena derivó en la Semana Trágica.
Todo aparece como desmesurado en las jornadas de larga semana de enero de 1919, es que todo entonces fue desmesurado.
Compartimos entonces estos dos nuevos materiales que esperamos sean inspiradores para continuar en la lucha contra toda opresión y explotación:

 

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LA SEMANA DE ENERO. A 100 AÑOS

(formato de página A4)

  • A 100 años de la Semana Trágica
  • Enero 1919, memoria de las llamas
  • La Liga Patriótica Argentina
  • Perón en la Semana Trágica de 1919
  • Vasena (tango anónimo)
  • «La algarabía de la chusma desbordada» (carta del monseñor Ussher)
  • «La Semana Trágica» (Juana Rouco Buela)
  • Testimonio de Vicente Saccomano
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LA INSURRECCIÓN DEL 19. SEMANA TRÁGICA

Publicado originalmente en Le Chien. Marzo de 2015, Buenos Aires. Se trata de una suerte de comic sobre aquellos sucesos. (Formato de página A3)