CONTRA EL LIBERALISMO Y SUS FALSOS CRÍTICOS

Boletín La Oveja Negra #83

Genera revuelo e incomodidad, cuando no bronca y asco, la presencia de lo que podríamos denominar apresuradamente “derecha liberal” en Argentina. Nos referimos a Milei y los partidarios de “La libertad avanza”, a los youtubers reaccionarios que mezclan economía con burlas antifeministas. De manera bastante peculiar, las premisas liberales se combinan con críticas reaccionarias sobre debates actuales, como por ejemplo la cuestión del aborto. Así, ciertos defensores de un liberalismo extremo se han ido vinculando directa o indirectamente con otros sectores que versan más expresamente sobre cuestiones como el nacionalismo, la familia, la “ideología de género”, el “marxismo cultural”, todo con una buena dosis de conspiracionismo.

Los voceros de este fenómeno polemizan sobre cuestiones económicas presentándose como “expertos”, repitiendo sin cesar sus preconceptos morales, políticos y culturales, sin los cuales sus teorías económicas pierden sentido. Defienden nociones respecto del individuo, la propiedad privada y la libertad que buscan traficar por naturales a la humanidad. De este modo, abren paso a toda una concepción ideológica sobre la sociedad que se traduce en afirmaciones como: «el pobre es pobre porque quiere», «el patrón es el que más arriesga», etc., etc. Las respuestas no son mejores, una diputada del FITU calificó a Milei de «vago» por no hacer su trabajo parlamentario como ella considera debería hacerse.

Frente a la situación social de ajuste permanente que estamos viviendo, con una inflación y devaluación desmesuradas, precios de los alquileres incontrolables, salarios reales totalmente a la baja, pobreza, desempleo y precarización crecientes, las políticas económicas son presentadas como responsables y a la vez posibles salvadoras. Los economistas liberales ponen la vara bien alta, hablan de un verdadero ajuste, de reducir bruscamente el gasto público, acusan de comunista al gobierno, así como también a los “tibios” de la oposición mayoritaria. Quienes gobiernan se limitan a evitar que la situación estalle, y se nutren de sus detractores liberales para presentarse como benévolos mientras ajustan progresivamente. El ajuste brutal liberal promete dinamizar la economía y un gran despegue nacional. Pero su imposibilidad no remite únicamente al temor de un nuevo estallido social, sino a que no existe un verdadero interés o una salida clara en términos productivos que permita a la burguesía revertir la situación (ni siquiera con una nueva alza del precio de los granos). Si es importante comprender la dinámica de la sociedad capitalista y la competencia entre explotadores no es para indicarles ningún camino, sino para no caer en sus discusiones y las propuestas que nos realizan. Para entender que la lucha por una verdadera transformación de nuestras condiciones de vida se contrapone al desarrollo capitalista, en sus versiones más o menos estatistas. Sigue leyendo

De la crítica al trabajo a su abolición – Matériaux Critiques

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El trabajo es probablemente la cosa más despreciable y despreciable del mundo.”

(Boris Vian, citado en: “El fin del trabajo” de A. Chassagne y G. Montracher. Edición Vivre / Stock2)

En este breve texto intentaremos sintetizar las diferentes críticas a la obra producidas por distintas corrientes marxistas, ortodoxas y / o heterodoxas; desde la teoría crítica del valor a los distintos componentes de la llamada “ultraizquierdista”. El objetivo es, a partir de entonces, tocar más allá de las consignas, ciertas perspectivas del comunismo teórico y mantenido. La crítica del trabajo es también un ángulo de ataque interesante en la crítica total del modo de producción capitalista: “El trabajo y el capitalismo son de hecho una y la misma cosa” (A. Hemmens: “No trabaje nunca”. Crisis & Critique. P.313)

Incluso si la historia del trabajo en los diferentes modos de producción se afirma y ha sido experimentada subjetivamente por las clases explotadas de muy diferentes formas; éste se concentra y queda totalmente subsumido en el capitalismo como una relación social específica que le es propia e inmanente: trabajo asalariado (-salariado-). El trabajo asalariado es, pues, la forma última en el ciclo de las sociedades de clases, del trabajo forzado, de la actividad humana alienada, separada para satisfacer su propia reproducción como especie, que por ser genérica, es decir, de un individuo social en proceso en el comunismo.

CONTRA LA GUERRA, GUERRA DE CLASES!

Traducción semi-automática

En Ucrania, la guerra iniciada por la invasión del país por parte del ejército ruso sigue en su apogeo. Algunos quieren presentarnos esta guerra como la gloriosa resistencia de todo el pueblo ucraniano contra el fascismo ruso, otros como la respuesta legítima de Rusia al imperialismo de la OTAN.

La verdad es que en la guerra siempre es la misma gente la que muere; aquellos que son demasiado pobres para huir, que no tienen el dinero ni las conexiones para escapar del alistamiento forzoso, obligados hoy a ir a las trincheras para defender los intereses de los explotadores de ayer, que volverán a utilizarlos mañana. En fin los proletarios, los que como nosotros, ustedes, ustedes, no tienen otra opción para vivir que ir todos los días a vender su tiempo y su cuerpo para enriquecer a los patrones de todos los países. La guerra ruge más allá de las fronteras, los que no mueran por las bombas sufrirán el hambre causada por las sanciones y las repercusiones económicas, incluso a miles de kilómetros de la línea del frente.

Si bien parte del aparato estatal ruso parece decidido a continuar la guerra a pesar de las pérdidas humanas, los capitalistas gobernantes en Ucrania han declarado la ley marcial. Los que se ayudan a sí mismos en las tiendas, para comer o para mejorar lo ordinario son severamente castigados, humillados, a veces ejecutados. Los que todavía trabajan bajo los caparazones ven sus salarios reducidos a la nada en nombre del esfuerzo patriótico. Los capitalistas rusos envían soldados rusos, bielorrusos, osetios o chechenos a morir y matar por sus ganancias. Algunos de los soldados son reclutas, alistados por la fuerza y ​​enviados a luchar.

Ante esta situación, en Rusia se han realizado numerosas y periódicas manifestaciones. Los trabajadores ferroviarios bielorrusos sabotearon las líneas ferroviarias para evitar el suministro logístico al frente. Los trabajadores del aeropuerto de Pisa, Italia, se negaron a cargar armas con destino a Ucrania. A pesar de la feroz represión, los proletarios se levantan contra esta guerra que no es la suya.

Los países occidentales y los de la OTAN, que después de haber saqueado, invadido, bombardeado casi todo el globo en nombre del progreso y luego de la democracia, pueden volver a hacerse pasar por el campo de la paz y la razón.

El Estado ruso, a la zaga de la economía capitalista, se embarca en una guerra de expansión: ¡una situación dramática para los que mueren bajo las bombas, pero una oportunidad para los capitalistas! Ahora es necesaria una reorganización del mercado mundial de la energía en el contexto de una economía verde. Un plan forzado pero bienvenido para los capitalistas europeos y norteamericanos, ya que las inversiones y las ganancias potenciales son colosales.

Esta reorganización irá mucho más allá del tema energético, los bloques se reconfiguran, el llamado a la nacionalidad oa la soberanía es sólo un señuelo para la necesaria competencia renovada entre los Estados amenazados de recesión pero sobre todo entre los trabajadores.

El barniz ideológico nacionalista busca galvanizar a las multitudes para que el trabajo sea aún más y menos costoso para apoyar el esfuerzo bélico y hacer que los trabajadores olviden que sus intereses son los mismos que los de la trinchera opuesta.

Los inmigrantes ucranianos supuestamente se distribuyen cálidamente por país y según su calificación. En realidad, se trata de una carpa de la Cruz Roja que será su área de espera antes de su redistribución a una nueva finca.

“Estamos en guerra”, es con esta frase que Macron abrió la secuencia Covid antes de erigir la resiliencia como consigna de la nación. En línea con el discurso militarista producido por Estados de todo el mundo desde el inicio de la pandemia, para hacernos aceptar un nuevo ajuste de cinturón. ¡Aquí, como en todas partes, los precios suben, suben, EXPLOTAN! Esta subida de precios, ya en marcha mucho antes del inicio del conflicto, encuentra una justificación de sobra en los enfrentamientos que tienen lugar en Ucrania. A los que nos mandan, ¡bajar la calefacción, reducir el consumo de tal o cual cosa, seguir afanándonos pagando dos euros el litro de gasolina!

No olvidemos que la guerra de Estados es la paz capitalista por otros medios. No estamos pidiendo la paz, que sólo es querida por los demócratas porque permite la acumulación. ¡Contra el horror de esta sociedad donde todo se basa en el lucro, queremos la guerra de clases!

Contra el sonido mortífero de las bombas, y la algarabía mediática que nos quiere llevar a las urnas, afilemos los cuchillos, salgamos a la calle, al paro, a los bloqueos: ¡a la ofensiva contra la explotación!

ASAP RÉVOLUTION

https://asaprevolution.net/

Guerra en Ucrania: Siempre más contra el proletariado

Lo mismo se aplica a la guerra en Ucrania, como a la pandemia de Covid-19; asistimos al surgimiento de multitud de «especialistas«: ayer, virólogos, biólogos, epidemiólogos, infeciólogos, vacunólogos… y hoy: estrategas militares, polemólogos, especialistas en Rusia, «Clausewitzologists» e incluso «putinólogos«. Todo para discutir las causas obvias o latentes de esta guerra con fuertes estadísticas y referencias económico-políticas, para sobre todo obligarnos a tomar partido. La miseria y angustia de unos contrasta con la frustración y humillación histórica de otros. La «reconquista» rusa frente a la «occidentalización» de Ucrania, que ya ha percibido claramente los límites de sus nuevos «amigos«. Implícitamente, la amenaza nuclear muy real que está disponible en todos los campos.

Sin embargo, en este caso, como en todas las guerras capitalistas y por lo tanto «imperialistas«, el punto de vista y el interés proletario es no tomar partido y oponerse a la guerra por todos lados. Cualquiera que sean los pretextos defensivos u ofensivos, demócratas o despóticos, fascistas o antifascistas… son solo nubes de humo ideológicas para camuflar el interés del capital global de tener una guerra destructiva entre el trabajo muerto y el trabajo vivo[1]. El internacionalismo proletario no es una consigna vacía para el final de un folleto y para «pese a todo» dar una vaga esperanza.

Al día de hoy, el derrotismo revolucionario está en acción, primero en Rusia, que ha visto numerosas manifestaciones directamente contra la guerra ferozmente reprimida, pero sobre todo por la ausencia casi total de carteles a favor de Putin y su política bélica y expansionista. En cambio en Ucrania, donde tras la tensión nacionalista de los primeros días, las realidades de la guerra, la obligación de alistarse al ejercito (para hombres de 18 a 60 años), la discriminación y el racismo en el exilio, la aparición de milicias «incontrolables» (batallón Azov), la destrucción, la degradación absoluta de las condiciones de supervivencia… empujan cada vez más a luchar contra los belicistas, y esto incluso en «el propio campo«.

Por supuesto, el nacionalismo simétrico que paradójicamente une a los dos campos todavía tiene un futuro brillante por delante, pero es la realidad económica más que toda la retórica la que podría finalmente dar lugar a la necesaria guerra tras guerra, volviéndose contra esos quien en «su» campo se aprovecha de ello (tráficos varios, extorsión de refugiados, saqueos, etc.). También en Rusia, la caída del rublo, la inflación galopante, la represión orwelliana (la palabra guerra está prohibida y debe ser reemplazada por «operación especial«), corren el riesgo de socavar las tendencias combativas y el viejo nacionalismo «gran-ruso«.

El estado ruso debe incluso lanzar una gran ola de espectáculos Z (que simbolizan el avance hacia el oeste y la ofensiva bélica rusa) para movilizar a «su población» en defensa de una guerra a la que cada vez le cuesta más adherirse. Ya los mercenarios de «Wagner» en homenaje al compositor favorito de Adolf Hitler estaban en movimiento pero, dadas las dificultades; Ante el fracaso de la «blitzkrieg» y el estancamiento del conflicto, la clase dominante rusa debe llamar a la legión islamista chechena de Ramzan Kadyrov y a los sirios pro-Assad, «especialistas» en guerra urbana. El punto de bascular militarmente, será cuando la burguesía rusa tenga que llamar al contingente para continuar con su esfuerzo bélico, que se encuentra en dificultades. Además del aspecto estrictamente militar, esta orientación apunta abiertamente a luchar contra el sabotaje la deserción y sobre todo, contra la confraternización en el frente, obstaculizando así la influencia ambigua de la religión ortodoxa mayoritaria en ambos lados, pero sin embargo dependiente de Moscú. Esta guerra llega en el momento adecuado para continuar el proceso de desvalorización directa (destrucción y mortalidad) e indirecta (inflación, devaluación, represalia y contra represalia) que ya ha comenzado gracias a la pandemia pero con una fallida recuperación económica.

La guerra y sus consecuencias, tras el desastre sanitario, son las justificaciones ideales para hacer pagar a las clases subalternas el abismal endeudamiento de los Estados paralizados por el miedo a la enfermedad (o de las vacunas) y al fuego belicista. En ambos casos, es esencialmente a costa de la muerte de proletarios y miembros de las clases bajas empobrecidas que el capital se rejuvenece y anticipa una reconstrucción rentable, reconectando así con una nueva valoración más ostentosa.

Siempre es gracias a las ruinas y los desastres que el capitalismo, en todas partes del mundo, obtiene la mayor ganancia. Por eso se trata de una guerra contra el proletariado.

Matériaux Critiques : 18/03/2022.

 NOTAS

[1] Trabajo muerto: cantidad fija de trabajo acumulado (cf. máquinas); trabajo vivo: significa que aumenta el valor del trabajo acumulado (cf. el trabajador).

¡No a la movilización imperialista en torno a la guerra de Ucrania!

La invasión de Ucrania por el ejército ruso y la emoción que ha despertado en la población están siendo utilizadas por los gobiernos y los medios de comunicación de los países occidentales para llevar a cabo una campaña de propaganda a gran escala; bajo el pretexto de la «solidaridad con el pueblo ucraniano» que lucha por su «libertad», se desarrolla en realidad una campaña de guerra proimperialista en apoyo del imperialismo occidental contra el imperialismo ruso.

Los medios de comunicación presentan la invasión rusa como una iniciativa iniciada por Putin en solitario (cuya cordura también se cuestiona); pero una intervención militar a gran escala, en la que intervienen nada menos que 200.000 soldados, que requiere un equipamiento adecuado y la certeza de exponerse a sanciones y sufrir efectos económicos negativos, no puede ser emprendida por un solo hombre o un puñado de dirigentes: sólo puede ser obra de poderosas fuerzas económicas, sociales y políticas de las que un tal Vladimir Putin sólo es el instrumento en un momento dado.

Este ataque militar tiene lugar en una situación en la que la crisis económica más grave del capitalismo mundial en décadas ha exacerbado inevitablemente todas las tensiones interimperialistas y todas las contradicciones internas e internacionales del orden constituido burgués. En concreto, Ucrania, zona de rivalidad entre el imperialismo occidental y el ruso, ha sido escenario desde 2014 de una guerra denominada de «baja intensidad» entre el ejército ucraniano y los separatistas del Donbass, apoyados por Rusia, una guerra que, al parecer, se ha cobrado más de 20.000 vidas y ha provocado la huida de más de un millón de personas. El ejército ucraniano cuenta con el apoyo de Estados Unidos, que, según declaraciones oficiales norteamericanas, le ha concedido más de mil millones de dólares de ayuda en el último año; esta ayuda ha aumentado desde el pasado mes de diciembre para permitirle «librar una guerra híbrida contra Rusia» (1).

Los Estados europeos y americanos se escandalizaron por el recurso del Estado ruso a la guerra, «política de otra época»; pero desde el final de la última guerra mundial estos mismos Estados no han dejado de hacer guerras o de participar en ellas en los cuatro rincones del mundo: la «paz» que siguió a 1945 estuvo marcada por una interminable serie de conflictos mortales. Sin embargo, es cierto que estos conflictos tuvieron lugar lejos de las metrópolis imperialistas «democráticas» y «pacíficas», que sin embargo fueron a menudo las instigadoras y beneficiarias, y sus víctimas pudieron ser fácilmente devueltas en las fronteras europeas como migrantes sospechosos…

En realidad, si Rusia es el invasor, todo el sistema capitalista mundial es el responsable del estallido de los conflictos militares debido a los conflictos de intereses cada vez más agudos que suscita y no un «belicoso» particular al que simplemente habría que hacer entrar en razón o sacar de su miseria. Hay que luchar contra el capitalismo.

Las campañas de apoyo al pueblo ucraniano sirven para justificar no sólo las sanciones económicas contra Rusia, sino también las medidas militares; así, tras las manifestaciones pacifistas a gran escala en Alemania, el gobierno alemán anunció un aumento histórico de su presupuesto militar y la Unión Europea, donde su voz es predominante, decidió, por primera vez en su existencia, suministrar armas a una nación beligerante, seguida de cerca por Italia. Si esta última decisión es en parte simbólica, los distintos Estados europeos (incluidos los tradicionalmente neutrales, como Finlandia) han anunciado el suministro de armas. Por supuesto, Estados Unidos no es distinto: se ha establecido un verdadero «puente aéreo» con recursos de la OTAN para que Polonia suministre armas al ejército ucraniano, mientras que se han enviado soldados de la OTAN a países cercanos al conflicto, por ejemplo, Rumanía.

En cuanto a las sanciones económicas, de una importancia «sin precedentes», se inscriben en una lógica de guerra económica (2), aunque hayan evitado cuidadosamente todo lo que pudiera poner en peligro el suministro de gas y otras materias primas rusas (como el petróleo) a los Estados europeos. Estas sanciones, cuyo objetivo es «asfixiar la economía rusa», podrían provocar, con el coste de la guerra, una caída del 7-8% del PIB del país en 2022, o incluso más (3).

Este verdadero colapso económico tendrá inevitablemente graves repercusiones sobre la población y, sobre todo, sobre el proletariado, que es siempre la primera víctima de las crisis y las guerras.

En lo que respecta a otros países y a la economía mundial, la conmoción de la guerra en Ucrania amenaza con hacer descarrilar la recuperación económica: la repentina subida de los precios del gas, del petróleo y de otras materias primas (incluido el trigo) es un nuevo golpe para una economía internacional que ya era muy inestable; mientras tanto, se multiplican los llamamientos al proletariado para que acepte los sacrificios «inevitables»: ¡desde este punto de vista, la guerra en Ucrania es una guerra contra el proletariado de todo el mundo!

Los proletarios no deben dejarse atrapar en la trampa de una supuesta «solidaridad humanitaria» que sólo sirve a los fines imperialistas; no deben ponerse del lado de uno u otro bando en conflicto, que son todos sus enemigos. Deben

reservar su solidaridad para los proletarios de todas las nacionalidades, explotados, oprimidos, reclutados y bombardeados por las burguesías y sus estados en conflicto.

La guerra en Ucrania es una advertencia de lo que el capitalismo tiene reservado para los proletarios de los países que aún están en paz. Para luchar contra la guerra en curso o en preparación, no deben confiar en la hipócrita «buena voluntad» de los gobernantes cuyas sanciones son ya actos de guerra, ni seguir el camino ilusorio del pacifismo burgués; deben volver a los principios clásicos del derrotismo revolucionario y del internacionalismo proletario:

¡No a la defensa de las patrias y los estados burgueses! No a la unidad nacional y al nacionalismo.

¡Unión de los proletarios a través de las fronteras y los frentes de guerra!

¡Reanudación de la lucha de clases independiente contra el capitalismo en todos los países!

¡Reconstitución del partido revolucionario comunista e internacionalista para dirigir la lucha proletaria hacia la revolución mundial!

Proletarios de todos los países, ¡uníos!

Partido Comunista Internacional

8/3/2022

NOTAS

 (1) Cf. Washington Post, 4/3/2022

(2) El Ministro de Economía francés, Lemaire, la ha definido como «guerra económica y financiera total», palabras que expresan, sin embargo, el talante beligerante de los dirigentes políticos franceses, como por otra parte, de los italianos.

(3) El banco estadounidense JP Morgan prevé incluso una caída del 20% (en términos anuales) en el segundo trimestre de este año.

¿Stop al gas ruso?

Anselm Jappe, marzo 2022

Traducción semi-automática

Los primeros análisis de la guerra en Ucrania propuestos en el marco de la crítica del valor la sitúan en el contexto del colapso general de la sociedad mercantil mundial. Sin duda tienen razón, pero corren el riesgo de ser demasiado generales y, sobre todo, no indican ninguna acción práctica que deba exigirse en el futuro inmediato. Indican la necesidad de un movimiento transnacional emancipador que rechace a todos los beligerantes y sus ideologías. Es difícil estar en desacuerdo, pero difícilmente surgirá a tiempo para pesar en los acontecimientos actuales. Desde ese punto de vista, lo mejor sería apoyar (¿pero cómo?) a los rusos y rusas verdaderamente heroicos que están protestando por miles, a pesar de los riesgos, en las plazas e incluso irrumpiendo en los estudios de televisión.

También sería útil a veces recordar palabras como «Machnovščina» u «Holodomor», que no se encuentran ni una sola vez en la información general desde el comienzo de la guerra, aunque pueden ayudar a entender que los ucranianos no son necesariamente todos fascistas en su alma, como afirman algunos prorrusos, y sobre todo por qué los ucranianos desconfían un poco de sus «primos» rusos.

Algunos colaboradores sienten la necesidad de condenar las actitudes pro-Putin pronunciadas en nombre del «antiimperialismo». Esto me parece evidente, y observo con asombro que, aparentemente, estos delirios ideológicos siguen existiendo de forma no del todo residual.

¿Imponer una zona de exclusión aérea, suministrar armas a los ucranianos, intervenir directamente en el campo de batalla? A veces uno tiene ganas, sólo para evitar que Ucrania acabe como Chechenia y Alepo. Pero pedirlo o aprobarlo significaría también, para los críticos sociales, admitir que no hay más remedio para las locuras de un Estado que otro Estado, y que a la guerra sólo se puede responder con la guerra. Esto puede ser cierto a veces, y a partir de 1938 ya no es sostenible un pacifismo de principios e incondicional. Pero seguimos buscando un tertium datur entre “Munich” y “belicista”.

Podría ser la exigencia de un cese inmediato, completo y definitivo de la compra de gas y petróleo rusos, pero también de todos los demás materiales, y en general de toda relación comercial, de toda exportación e importación con Rusia. Dinamitar los oleoductos construidos en el Oeste (North Stream) para demostrar que no habrá vuelta atrás. Una sanción de este tipo -quizá la única no prevista por Putin- podría obligarle realmente a llegar a un acuerdo rápidamente.

Por supuesto, podría costar caro a las economías occidentales, a las «empresas», a los «consumidores», a los «empleos» y al «poder adquisitivo». Los occidentales prefieren entonces poner las armas en manos de otros para que vayan a morir: «armémonos y vayamos». Más que ponerse un jersey más a menudo en casa o preferir el tren al coche.

Pero precisamente por ello, los espíritus críticos deberían centrar sus propuestas en la detención del gas. Porque además de ser quizás la única «arma» eficaz para silenciar las armas, también daría un fuerte acelerón al tan necesario «decrecimiento» y desindustrialización. Los poderes económicos y políticos quisieran darse unas décadas para organizar su «transición energética» del petróleo a las energías «renovables» (¡incluida la nuclear!) para que nada cambie. Por otra parte, un cese inmediato del petróleo ruso, incluso en ausencia de alternativas, podría socavar gravemente el conjunto del capitalismo industrial en Europa e impulsar formas de «simplicidad voluntaria».

Por supuesto, esta elección, para no golpear unilateralmente a los que ya son pobres, debería ir acompañada de medidas drásticas de redistribución: altos impuestos a las grandes empresas, a los ricos, a los altos salarios. Esto no sería todavía una salida de la sociedad de la mercancía, pero ya sería un gran avance.

Basta con ver el enfado que ha despertado la propuesta de la parada del gas entre los políticos de izquierda (Melenchon), de centro y de derecha (¡Marine Le Pen diciendo que afectaría al poder adquisitivo de los franceses! Incluso la derecha ya no quiere ir a la guerra si eso significa rendirse), ver que empresas como Total lo rechazan, que el ministro de economía alemán se niega, como siempre, a limitar la velocidad en las autopistas… entender que este camino merece la pena. Combinaría la lucha pacifista, ecológica y social. No digo que sea fácil de imponer, pero podría encontrar cierto consenso. En el mejor de los casos, estas medidas de «sobriedad energética» pondrán en marcha, incluso después del fin de la guerra, un círculo virtuoso de salida del capitalismo industrial.

* * * * *

UNA RESPUESTA:

Claudio Albertani, 15/03/2022

Tomado de su perfil de Facebook

Traducción semi-automática

Mi respuesta a Anselm Jappe

Estimado Anselm: He recibido tus comentarios sobre la guerra en Ucrania y me encuentro en radical desacuerdo. Empiezas con buen pie, ya que reivindicas la necesidad de un movimiento de emancipación transnacional que pueda rechazar a todos los beligerantes y sus ideologías. También puedo estar de acuerdo en que las posiciones pacifistas corren el riesgo de ser demasiado generales, pero la comparación que haces entre los (pocos) pacifistas actuales y la Conferencia de Múnich de 1938 es completamente errónea. En esa ocasión, de hecho, Chamberalin estaba dispuesto a ponerse de acuerdo con Hitler, no en nombre del pacifismo, sino porque, como no veía la diferencia entre, por ejemplo, los anarquistas españoles y Stalin, lo que realmente le importaba era alejar el fantasma de la revolución.

Pero esa no es la cuestión. Es tu propuesta (¿concreta?) la que me desconcierta. No creo que boicotear el gas ruso sirva de nada. No nos ayuda a los europeos, ni a los compañeros rusos que protestan por miles, ni siquiera a los (muy pocos, para ser sinceros) de todo el mundo que luchan por la vida contra la muerte.

Por cierto, me parece que las sanciones y los boicots contra Rusia ya están siendo promovidos por gente como Draghi, Macron, Schulze y otros, que, estarán de acuerdo, ciertamente no necesitan nuestra ayuda.

Entonces, ¿qué nos toca a los europeos (o más bien a ti, ya que estoy en México)? Me parece que nuestra tarea es, en primer lugar, exigir un alto el fuego y, en segundo lugar, exigir que nuestros países abandonen la OTAN. La OTAN es una organización criminal frente a la cual Putin y su gente son aficionados.

Por eso me parece ejemplar la actitud de los compañeros de la Unione Sindacale di Base, que, tras descubrir que un cargamento de municiones y explosivos, disfrazado de ayuda humanitaria, salía del aeropuerto de Pisa con destino a Ucrania, se negaron a cargarlo. «Estos aviones, explica su comunicado, aterrizan primero en las bases de EE.UU. y la OTAN en Polonia, luego los cargamentos son enviados a Ucrania, donde finalmente son bombardeados por el ejército ruso, lo que provoca la muerte de otros trabajadores empleados en las bases involucradas en los ataques.”

En otras palabras, la mejor manera de apoyar a los ciudadanos ucranianos que sufren la guerra y a los disidentes rusos que luchan contra ella (como la valiente periodista que exhibió una pancarta contra la guerra en la televisión) es que todo el mundo intente hacer la vida difícil a los gobernantes en casa. Lo que hay que hacer es conectar las diferentes manifestaciones de disidencia que aún existen en el viejo mundo.

Pero hay más. En primer lugar, a Putin le importa un bledo que Europa corte el suministro de gas ruso, ya que puede venderlo a China y a otros países. Además, los primeros y únicos en sufrir la falta de gas serán los propios europeos. ¿O acaso cree que los ciudadanos de la UE se solidarizarán con Ucrania? ¿O que el próximo invierno se calentarán prendiendo fuego a los muebles? Me parece más creíble suponer que comprarán gas y petróleo mucho más caro a los estadounidenses, que estarán encantados.

Y, por último, aunque los libertarios no estamos ciertamente por la labor de dar consejos a los gobernantes, deberíamos entender que al ponerse entusiastamente del lado de la OTAN y de Estados Unidos, la UE ha perdido una oportunidad de oro para hacer algo útil por una vez: intentar detener esta guerra demencial mediando entre los dos imperios. Pero no lo ha hecho. Prefirió defender nuestra moribunda civilización financiera, junto a los distintos Draghi y Von der Leyen del momento. Así, a la tragedia vivida por los ucranianos, se sumará pronto otra, quizá más grave: la de Europa devorándose a sí misma. Pocos se dan cuenta ahora, obnubilados como están por la fobia a los rusos.

Fraternalmente

¡Contra la guerra capitalista!

Caricatura de 1919

Boletín La Oveja Negra
Marzo de 2022, Argentina

Ninguna guerra es fácil de comprender, ninguna situación “geopolítica” es simple de captar. Y, menos aún, cuando se supone que en el mundo no hay clases sociales: sólo quedan países, líderes e ideologías políticas. Así hay quienes apoyan y justifican las masacres y el horror de la guerra. Son quienes olvidan o quieren hacer olvidar que las guerras se hacen por dinero. Tal como señalan compañeros en Rusia en estos momentos, detrás de la guerra sólo están los intereses de quienes detentan el poder político, económico y militar: «Para nosotros, trabajadores, jubilados, estudiantes, sólo trae sufrimiento, sangre y muerte. El asedio de ciudades pacíficas, los bombardeos, la matanza de personas no tienen justificación.»

La guerra explicita el horror de una sociedad basada en la acumulación y la ganancia. Es la paz capitalista por otros medios. La que acontece en Ucrania se suma a las guerras e invasiones que lamentablemente ya no reportan novedad alguna (Palestina, Yemen, Siria) y a los millones de muertos por el hambre, la miseria, el trabajo, las enfermedades prevenibles o el suicidio.

En las zonas en conflicto se agregan las muertes y penurias por los bombardeos, la falta de agua, comida, medicamentos, abrigo y energía. Así como también ocurre en los campos de refugiados, en las cárceles, en el frente. Reclutan a proletarios de distintos países para masacrarse por los intereses de sus explotadores y gobernantes, ¡por los intereses de la burguesía! Encarcelan a quienes en Rusia se oponen a la guerra y lo manifiestan pública y colectivamente. Militarizan y aumentan la intensidad del trabajo mientras agudizan los ajustes. ¡Eso es una guerra! ¡Estas son las guerras contra el proletariado!

La guerra es la esfera de lo destructivo controlado, del desastre premeditado, de la gestión y administración de la muerte y la miseria. Esta competencia es inherente al Capital. Proletarios luchan, mueren y sufren el estado de guerra en nombre de uno u otro bloque, cuando los proletarios no tenemos patria ni nación que defender. Como señalaba Marx: «El obrero no es ni francés, ni inglés, ni alemán, pues su nacionalidad es el trabajo, la esclavitud libre, la venta de sí mismo y del propio trabajo. No está gobernado por Francia, Inglaterra ni Alemania, sino por el capital. El aire de su tierra no es ni francés, ni inglés, ni alemán, sino el aire de la fábrica. La tierra que le pertenece no es ni francesa, ni inglesa, ni alemana, sino aquella que se encuentra a unos pocos metros bajo tierra. Al interior de un país, el dinero es la patria del industrial.»

Pese a todo hay a quienes, empecinados en pertenecer o identificarse con algún bando capitalista, es decir asesino, justifican una u otra guerra, uno u otro ataque, uno u otro Estado. Con argumentos rancios, sean estos estalinistas o liberales, fascistas o antifascistas, incluso antiimperialistas, todos se concentran en apuntalar la explotación y la opresión: el capitalismo.

Claro que existen diferencias, que sean todos una mierda no significa que sean la misma mierda: Zelenski, Biden, Putin, la OTAN, los neonazis ucranianos, los neonazis rusos. Los dirigentes de Estados, sus conflictos y alianzas, sus paces y guerras, sus desarrollos y destrucciones, sus ciencias y religiones, sus ayudas humanitarias y controles de seguridad ¡todos sirven a un solo interés!: el mantener el dominio de la paz social, que no es más que la paz de los cementerios.

No existe, ni existió, ni existirán “buenos” o “malos” dirigentes burgueses, “buenos” o “malos” partidos burgueses; ni tampoco tiene sentido hablar de “buenas” o “malas” naciones o Estados. Ayer, hoy y mañana, el interés de la clase burguesa se encuentra y se encontrará siempre en guerra contra el proletariado. El trabajo, la explotación, la miseria y la guerra son las formas concretas de ese interés.

En la guerra y en la paz nos ajustan “por los intereses del país”. Pero como decimos desde hace décadas y décadas en todos los continentes: el enemigo también se encuentra “en nuestro propio país”, es “nuestra” burguesía.

La fuerza revolucionaria del proletariado depende de su capacidad para luchar contra las diferentes fracciones burguesas, contra las diferentes formas de dominación que el Capital despliega. Es en este sentido que frente a toda guerra burguesa los revolucionarios se solidarizan con sus pares de las otras regiones y, así como lo han hecho en el pasado, hoy levantan y levantarán siempre una consigna internacionalista y revolucionaria contra la guerra. Puede que estas consignas no tengan actualmente la fuerza necesaria para ser una práctica masiva del proletariado, pero no por ello dejan de ser una dirección y perspectiva.

En la pacífica y mortuoria Argentina los gobiernos nos ajustan por el bien del país, los falsos críticos nos dicen que el problema no es la burguesía local sino el FMI. Nos hablan de “pueblo” como si en esta tierra solo hubiese intereses nacionales y no de clase. Así, nos quieren amansar en la paz y nos preparan para condiciones aún peores, o incluso para la guerra. En Ucrania se ha decretado ley marcial para reprimir todo tipo de acciones consideradas antipatrióticas, desatando a su vez una violenta campaña contra las personas que roban en tiendas o participan en saqueos. En el resto del mundo, el empeoramiento de las condiciones de vida a causa de la guerra ya ha comenzado. Tanto en los países directamente implicados, en sus vecinos de Europa, como en el resto del mundo, quien pagará los costos será el proletariado. Cuando la “guerra” al virus parecía terminar, otra ha comenzado. Una nueva justificación para ajustarnos los cinturones. En Argentina, durante la primera semana de marzo la harina aumentó el 52% en cuatro días. Desde el comienzo del conflicto se dispararon los precios de la materia prima base de la deficiente alimentación de esta región. Y aún hay quienes piensan que deciden el rumbo del país porque votan cada algunos años.

Tesis sobre el significado y las consecuencias de la guerra imperialista en Ucrania

Grupo Internacional de la Izquierda Comunista.

Révolution ou Guerre 02/03/2022

Publicamos el siguiente texto sin esperar al próximo número de nuestra revista. Sin embargo, no es un volante de intervención inmediata ni un comunicado, aunque también puede servir como tal. En efecto, la gravedad de la situación, la guerra en Europa y las convulsiones que está provocando a todos los niveles, nos obliga a establecer lo más rápidamente posible puntos de referencia y de orientación en el tornado que se está levantando. La conmoción, la incredulidad y el sentimiento de impotencia ante la guerra son factores de confusión, desorientación y pánico, que pueden conducir a la desmoralización y la desesperación, e incluso al abandono de las posiciones de clase. Nuestro documento se presenta en forma de algunas tesis, en sí mismas bastante modestas y limitadas, pero que consideramos nuestro deber presentar como texto de referencia y orientación y someter a la crítica de todos. En este caso, y a pesar de la extrema debilidad de nuestras fuerzas – y todo el campo proletario no es mucho mejor en este nivel –, constituyen un esfuerzo para desarrollar un «método y trabajo de partido». Por último, hay que señalar que estas tesis se escribieron cuando la guerra en Ucrania todavía está en marcha y las tropas rusas aún no han entrado en Kiev. Sea cual sea el futuro y el resultado final de esta guerra, ya es posible y, sobre todo, necesario, extraer una serie de lecciones e hitos que marcan la nueva situación y todo el periodo venidero. Ya marcan el camino que el proletariado tendrá que recorrer para enfrentar los masivos enfrentamientos de clase que el conjunto de las clases capitalistas dominantes protagonizan ahora inevitablemente por las necesidades de la guerra imperialista. Por lo tanto, las sometemos a la reflexión y a la crítica de todas las fuerzas comunistas que se quedan fieles al principio del internacionalismo proletario; y como punto de referencia y orientación para todos los grupos políticos y los individuos militantes aislados y, tal vez, desorientados. Sigue leyendo

SOBRE EL CONFLICTO RUSO-UCRANIANO

A la célebre frase de Clausewitz “la guerra es la continuación de la política por otros medios” se le puede agregar “la guerra es también la continuación de la economía”. Y es que al rasgar los velos políticos, étnicos y religiosos que los burócratas y tecnócratas de turno suelen plantear como razones principales, las guerras en el capitalismo revelan estar íntimamente ligadas al control de territorios que proporcionan mano de obra barata, materias primas, rutas comerciales, zonas militares estratégicas, mayor circulación de mercancías, etc. En suma, la guerra está ligada a los intereses de expansión del capital y las clases capitalistas que la personifican. Las dos guerras mundiales, la invasión de EEUU a Irak (2003-2011), a Afganistán (2001), el conflicto en la franja de Gaza (2021), etc., son diáfanos ejemplos históricos de este hecho. La guerra entre Rusia y Ucrania no es la excepción. Responde a los intereses de la expansión y recomposición capitalistas para amortiguar la crisis económica e intentar solucionar los problemas de legitimidad que pesan sobre los mecanismos de dominación burguesa en la inmensa mayoría de Estados Nacionales alrededor del mundo.

El despliegue militar ruso en Ucrania del 24 de febrero es la continuación de un expansionismo económico que tiene como antecedente inmediato la anexión de Crimea en 2014. Por eso no es casual que Rusia haya estado preparando sus reservas en oro haciendo pruebas en el sistema SPFS y CIPS, ni que haya posicionado tropas de 175 mil soldados en las fronteras de Ucrania tiempo antes al estallido del conflicto. A la luz de esos hechos no debería haber sido una sorpresa que el gobierno no se haya detenido una vez tomados Lugansk y Donetsk. La salvaguarda de los intereses de sus capitalistas explica la avanzada militar por más de diez ciudades ucranianas, incluida la capital de Kiev y bombardeos como el de Jarkov.

La respuesta de los países capitalistas opuestos a Rusia ha ido paulatinamente modificándose. El primer ministro de Bélgica, Alexander de Croo, señalaba en el Consejo Europeo extraordinario del 24 de febrero que “Hacen falta sanciones que muerdan, no que ladren” y Joe Biden señaló en una entrevista: “Putin will be a pariah on the international stage”. El desarrollo de los hechos indica que las sanciones contra Rusia irán acentuándose desde el bloque conformado por la OTAN, Reino Unido, Japón, Canadá, Australia, Corea del Sur y Suiza. En menos de una semana se cerró el espacio aéreo y marino, se excluyó parcialmente a Rusia del sistema SWIFT, y se implementaron sanciones contra grandes capitalistas rusos cercanos a Putin. Como resultado el rublo ha caído un 30% y la economía rusa presenta serias turbulencias que afectan sobre todo a la clase trabajadora. El anuncio por parte de la Unión Europea de más de 450 millones destinados al envío de armas letales a Ucrania y el congelamiento de las reservas del Banco Central ruso, son sanciones que, a pesar de su importancia, demuestran que la OTAN todavía no se muestra a favor de ser parte de una intervención militar directa. A pesar de esto la tendencia guerrerista sigue agudizándose. La tentativa de negociación en Bielorrusia no ha llevado a nada concreto y, en cambio, demuestra la preocupación rusa por no dilatar más el tiempo de la invasión. Interesado en encubrir lo riesgoso de su posición, al iniciarse las negociaciones Putin llamó a activar las “fuerzas de disuasión nuclear” y el domingo 27 el canciller Olaf Scholz anunció un aumento de la inversión en defensa de 100 000 millones de euros. El siguiente escenario se muestra cada vez más inflamable y anuncia la agudización de los enfrentamientos militares cerrando el espacio para una salida diplomática sin perdedores.

Las posturas vertidas

En estos últimos días apelar a la nación, la libertad, la civilización y los derechos humanos en general, es decir a quimeras y abstracciones metafísicas, ha sido pan de cada día. Bajo el guion de estas sentencias maniqueas, la pobre Rusia se ve empujada con la inocente Ucrania a una guerra orquestada por la perversa EEUU. Y viceversa, los heraldos bienhechores de la OTAN luchan y defienden a la pobre Ucrania de las siniestras garras del “zar Nicolás II” que busca restaurar la URSS. Criticar estas posturas dicotómicas no significa que sus argumentos vertidos y hechos analizados sean ilusorios. Sería falso negar el galopante acrecentamiento de una ultraderecha rancia ligada al gobierno ucraniano y la existencia de sectores neonazis en el Donbass, sería falso negar que Estados Unidos ha incentivado la asociación militar con Estonia, Letonia y Lituania cercanas geográficamente a Rusia o aliándose del mismo modo con Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria; sin embargo, también sería falso negar que estos hechos se elevan a su quintaesencia para justificar los intereses expansionistas del capital, para encubrir el ya mistificado capital. Estos análisis dicotómicos no nos llevan más que a negar la centralidad que tiene la lucha de clases en la sociedad capitalista, lo que a la vez conlleva tomar posición por uno u otro Estado Nación anulando o negando el papel de nuestra clase, de la clase trabajadora. En suma, seguir el guion del drama impuesto solo nos lleva a apoyar a nuestros propios verdugos. Estos análisis dicotómicos vertidos por sectores de derecha o izquierda sean partidos, militantes, presidentes y demás confundidos solamente sirven de aval a la expansión capitalista. Y a los llamados “críticos del capitalismo” que siguen ciegamente a la madre Rusia les recitamos lo que Rosa Luxemburg señalaba en su “Cuaderno Junius” sobre la socialdemocracia alemana: “En ningún lugar la organización proletaria se sometió tan dócilmente al imperialismo, en ningún lugar se abandonó tan totalmente la lucha política”.

Los trabajadores

Los afectados bajo los tanques, ametralladoras, granadas, cascos y aviones de la expansión y reacomodo capitalistas son siempre el grueso de la humanidad: la clase trabajadora. La primera víctima cuando llega la guerra no es la verdad, sino la clase trabajadora. La carne de cañón al invadir un territorio: la clase trabajadora. Los reventados entre fango y lodo escenario militar en disputa: la clase trabajadora. La resistencia en las plazas y avenidas militarizadas, los miles encarcelados y reprimidos por los militares: la clase trabajadora. “¿En qué casas de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron? La noche en que fue terminada la Muralla china, ¿adónde fueron los albañiles? ¿Sobre quiénes triunfaron los Césares?”. Los trabajadores somos obligados a ser carne de cañón en cualquier circunstancia, pero somos también la pólvora que hará estallar las entrañas de este sistema del capital. Sigue la rueda girando. Lo que hoy está arriba no seguirá siempre arriba. Más para el agua de abajo, ay, esto únicamente significa que hay que seguir empujando la rueda. O triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura creando despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado.

Editorial AndePerú

¡Proletarios en Rusia y en Ucrania! En el frente de producción y en el frente militar… ¡Camaradas!

NINGUNA GUERRA EXCEPTO LA DE CLASES!

TŘÍDNÍ VÁLKA / GUERRA DE CLASES
24 de febrero de 2022

Los rumores de guerra vuelven a resonar ruidosamente en Europa, los cañones se cargan, los cazabombarderos se llenan de balas y bombas asesinas, los misiles apuntan sus cabezas nucleares hacia sus futuros objetivos.

Estas palabras que escribimos en 2014 están más que nunca de actualidad a propósito del conflicto entre Rusia y Ucrania. Si el capitalismo es visceralmente un fabricante de males, generador de miseria, de crisis climáticas y sanitarias, ¡casi habíamos “olvidado” que era y sigue siendo sin duda un belicista! Hoy se ha lanzado la ofensiva militar: hay informes de bombardeos en el Donbass, Odessa, Kiev, Marioupol, Kharkov…

Proletarios con uniforme ruso. Desde hace años, les han enviado por todo el mundo para proteger los intereses de “la nación rusa”. Comenzó con la “defensa de la integridad territorial de Rusia” contra los separatistas del Cáucaso Norte, luego continuó con la “protección de los osetios en Georgia” para culminar con la “protección de los hermanos rusos contra las hordas de Bandera en Ucrania” y el “gobierno legítimo de Siria, contra los terroristas islamistas”.

Una historia similar fue contada a generaciones de proletarios, tanto “soldados” como “civiles” en todos los conflictos capitalistas anteriores en todo el mundo para sangrarlos en el frente militar o en las fábricas tras la frontera, en el frente de producción, en el frente interno… Ellos estaban luchando por el “Zar” o el “Socialismo” o la “Nación” o la “Democracia” o el “Lebensraum” o el “Cristianismo” o el “Islam”. Y el mismo cuento de hadas se les cuenta a los proletarios uniformados de EEUU, Turquía, Reino Unido, Israel, Ucrania, la Siria controlada por Assad, Daesh, Rojava, Georgia, Donetsk y Lugansk, Irán, las regiones gestionadas por Hezbolá, Hamás… y cualquier otra falsa comunidad… nacional, regional, religiosa o cualquier otra. Sigue leyendo

La huelga de Cádiz y las flores en la guadaña

Por: Barbaria

En las últimas semanas hemos visto el estallido y el rápido sofoco de la llama de nuestra clase, esta vez a propósito de la huelga del sector del metal en la provincia de Cádiz, que tiene la segunda mayor tasa de paro de toda España, con un 23,16%. Hemos vuelto a ver, cómo no, al Estado, a la izquierda que lo encabeza y a los sindicatos en acción, haciendo el papel que históricamente mejor han sabido hacer: dinamitar cualquier perturbación de la “paz social”.

La huelga empezó a tomar forma a lo largo del mes de octubre, dada la descompensación que hay entre la inflación, que se ha disparado al 5,5% en 2021, y la subida de los salarios, de la que hablaremos más adelante. Estos hechos están afectando en mayor o menor medida a todos los trabajadores, haciéndonos perder salario real y poder adquisitivo, con el consiguiente empobrecimiento. Esta circunstancia en el ya previamente maltrecho y amenazado sector de la industria metalúrgica genera las condiciones para el estallido de, como poco, una huelga, que fue impulsada por los elementos más precarios del sector. Ante la inevitabilidad de la huelga, los sindicatos decidieron intervenir para mantener la huelga dentro de los límites aceptables desde la lógica del beneficio económico, la única posible para el sindicalismo. En este sentido, los sindicatos mayoritarios (UGT y CCOO) se afanaron por mantener la huelga lo más aislada posible en su sector, y en este sentido se vieron presionados para ponerse al frente de las asambleas de trabajadores, que desde luego no habían nacido de la iniciativa sindical, para asegurarse de que así fuera. Del mismo modo, las reticencias de los partidos del gobierno PSOE-Podemos frente a la huelga pasaron a convertirse en muestras de apoyo cuando esta amenazaba con desbordarse, tomando el papel de poli bueno al avisar a los trabajadores de que la huelga podía ser instrumentalizada por la derecha. Una vez más, por si no hubiéramos tenido suficientes muestras ya, sus diatribas palaciegas y cortoplacistas se muestran totalmente ajenas a los intereses de nuestra clase. Entretanto, los sindicatos acordaron pactar con el gobierno una subida de los salarios del 2%, más que insuficiente para cubrir la inflación, en una votación individual y secreta que los sindicatos más “radicales” no tardaron en señalar como un fraude, movilizando a los trabajadores más comprometidos para continuar con la huelga, al coste de enfrentarse a sus propios compañeros.

Una línea general que atraviesa todos los elementos que han conducido al fracaso de la huelga ha sido, sin duda, la división. Por una parte, la división que mantuvieron los sindicatos mayoritarios para garantizar que la huelga se restringía al sector del metal, evitando que otros sectores se solidarizasen con la huelga. Por otra parte, estos mismos sindicatos se aseguraron de mantener atomizados a los trabajadores del propio sector del metal, al sabotear la asamblea e imponer el voto secreto, como derecho ciudadano, evitando que los trabajadores pudiesen poner en común sus intereses para actuar de forma unitaria. Luego, los sindicatos “radicales” decidieron empujar a los trabajadores más comprometidos a continuar con la huelga -de forma unilateral, sin contar con la asamblea de los trabajadores, al igual que hacen los sindicatos mayoritarios- por el rechazo al acuerdo que habían alcanzado los sindicatos mayoritarios con el gobierno, a sabiendas de que la huelga ya había sido sofocada y que eso generaría enfrentamientos por una parte entre los compañeros más radicales y los que ya se habían desmovilizado, y por otra parte un enfrentamiento estéril entre los trabajadores radicales y la policía, que de paso sirvió al gobierno para dividir a los huelguistas entre los buenos -que aceptan el acuerdo alcanzado- y los malos -que no lo aceptan y además perturban el orden público-, a los cuales lógicamente había que darles un escarmiento.

Es importante señalar que el hecho de que esta dinámica se haya reproducido huelga tras huelga durante décadas no es algo casual, ni fruto de alguna traición particular, sino que atiende a la propia esencia de los sindicatos. El papel de los sindicatos no es el de velar por los intereses de nuestra clase, sino el de mediar entre el Estado y la patronal por una parte y los trabajadores por otra, además en un único sentido, que los trabajadores acepten las vueltas de tuerca que les va imponiendo la burguesía. Es por esto que podemos decir que los sindicatos son el brazo del Estado en la clase trabajadora, y no al contrario, como se nos ha pretendido hacer creer. Por esto mismo no es de extrañar que hayan sido tan considerados con la rentabilidad económica del sector y hayan aceptado una subida de los salarios que de sobra saben que no compensa la inflación. También, como hemos visto, los sindicatos “radicales” no escapan a esto, pues necesariamente priman su afán por ganar representatividad -ante el Estado- sobre los intereses de los trabajadores a los que dice representar. El sindicalismo es, como el parlamentarismo, una vía muerta que jamás tuvo nada de revolucionaria, pues jamás hubo nada de revolucionario en mantener una separación entre la política y la economía que no tarda en mostrarse ficticia. En las elocuentes palabras de alguien que sufrió la violencia de esos mismos partidos que hoy se hallan al frente del Estado español:

“Determinados grupos con más humos que penetración, achacan la evidente incompatibilidad de los sindicatos con la revolución a un carácter reformista que en verdad nunca tuvieron, y por otra parte a la supuesta incapacidad del capitalismo hogareño para hacer concesiones al proletariado. Lejos de ello, la causa es esencial, no contingente. Lo que engendra el carácter reaccionario de la organización sindical no es otra cosa que su propia función organizativa. Obtenga o no determinadas mejoras, está directamente interesada en que el proletariado siga siendo indefinidamente proletariado, fuerza de trabajo asalariado, cuya venta negocia ella. Los sindicatos representan la perennidad de la condición proletaria. […] Ahora bien, representar la perennidad de la condición proletaria conlleva aceptar, y de hecho necesitar también, la perennidad del capital. Los dos factores antitéticos del sistema actual han de conservarse para que el sindicato desempeñe su función, de ahí su profunda naturaleza reaccionaria, independientemente de los vaivenes que modifiquen, para mal, para menos mal o para mejor, la compra-venta de la mano de obra, jugarreta clave del sistema capitalista.Los sindicatos contra la revolución, Munis

Por último, y aunque suene a perogrullada, cabe recordar que el Estado y su política no son garantes de los intereses de nuestra clase, ni hay modo alguno en que lo sean, pese a los llamados del PCE (parte de la coalición de Unidas Podemos) para que los trabajadores confíen en el gobierno que empeora sistemáticamente sus condiciones de vida -y del que ellos forman parte- al mismo tiempo que les enviaban una tanqueta y una brigada de antidisturbios, que por lo visto debían venir en son de paz. Esto no quiere decir que los trabajadores nos tengamos que desmovilizar, ni que no haya nada que hacer, al contrario. Lo que esto quiere decir es que cualquier movilización será desmantelada si no sigue los principios que han marcado los éxitos de nuestro movimiento (hay que señalar que también los ha habido), y que no son otros que el internacionalismo y la independencia de nuestra clase, lo que en una huelga se concreta por una parte extendiéndola a otros sectores -y no aislándola en uno solo-, tendencia que se ha visto en la huelga de Cádiz, que tuvo una marcada tendencia a desbordar el marco de la fábrica extendiéndose por el entorno urbano de Cádiz y San Fernando a través de manifestaciones y asambleas de barrio, y por otra entregando todo el poder de decisión sobre la huelga a la asamblea formada por los propios trabajadores, y no a sindicatos ajenos a estos y con intereses diferentes, cuando no opuestos, a los de nuestra clase. Dicho de otra manera, los intereses de nuestra clase solo pueden ser representados por la propia clase, cuando se constituye como partido y se pone a la cabeza de la revolución que dejará en la cuneta a los sindicatos, a la izquierda del capital y a todos los que quieren conciliarnos con nuestros verdugos poniendo, como el título de este artículo, flores en sus guadañas.

A 40 años del golpe: Desmitificar nuestra historia, romper con toda idolatría y continuar la lucha revolucionaria por fuera y en contra de la institucionalidad capitalista.

Pinochet fue designado comandante en jefe del Ejército de Chile el 23 de agosto de 1973 por el socialdemocrata antifascista Salvador Allende.

“En cambio, las revoluciones proletarias (…) se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Hic Rhodus, hic salta!

¡Aquí está la rosa, baila aquí!” (K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1852)

La clase que lucha, que está sometida, es el sujeto mismo del conocimiento histórico. En Marx aparece como la última que ha sido esclavizada, como la clase vengadora que lleva hasta el final la obra de liberación en nombre de generaciones vencidas. Esta consciencia (…) le ha resultado desde siempre chabacana a la socialdemocracia (…). Se ha complacido en cambio en asignar a la clase obrera el papel de redentora de generaciones futuras. Con ello ha cortado los nervios de su fuerza mejor. La clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados.” (W. Benjamin, Tesis de filosofía de la historia, 1940)

“Y si queremos en la próxima revolución dejar las puertas abiertas a la reacción (…), no tenemos más que confiar nuestros asuntos a un gobierno representativo, a un ministerio armado de todos los poderes que hoy posee. La dictadura reaccionaria, roja en un principio, palideciendo a medida que se siente más fuerte sobre su asiento, no se hará esperar, porque tendrá a su disposición todos los instrumentos de dominación y los pondrá inmediatamente a su servicio”. (P. Kropotkin, El gobierno representativo, 1880)

No podemos, como explotadas/os que aspiramos a dejar de ser tales, relegar nuestra historia a la mera cronología de sucesos aparentemente aislados, a la mitificación nostálgica del pasado, a la recuperación ideológica que pretenden perpetrar las decenas de versiones (de izquierda y derecha) en que se presenta el “partido del orden”[1]. Nuestra mirada de las distintas experiencias que a través de los años han cuestionado el orden social impuesto, a partir de las cuales se ha llegado a comprender la necesidad ineludible del derribamiento revolucionario de las relaciones e instituciones capitalistas, responsables del mantenimiento de las condiciones de miseria general, debe posicionarse en ruptura con todos esos intentos de deformación histórica, si es que sinceramente deseamos extraer del pasado lecciones útiles para encarar el presente. Esto, por cierto, no significa clamar por una revisión “objetiva” de los procesos históricos. Tal pretensión academicista requeriría situarse en una posición neutral que simplemente no existe. Por el contrario, aspiramos a un examen crítico de la historia que sea capaz de comprender las verdaderas potencialidades que encarnaban ciertos fenómenos y experiencias, a la vez que intenta vislumbrar sus errores y límites, sin dejar de lado el contexto social-histórico dentro del que surgen. Y, ante todo, no buscamos las respuestas a las derrotas de nuestra clase en los “errores” en que las camarillas políticas, arrogándose la representación del “pueblo”, hayan podido incurrir, sino precisamente en aquellas/os en cuyo nombre se pretendía actuar. Es en este sentido que rescatamos la herencia rebelde de aquella experiencia subversiva que agitó las frías aguas de la sociedad capitalista chilena durante los años 60 y 70, obligando a la reacción a utilizar sus recursos más sanguinarios para ponerle freno -como parte de la reacción mundial frente a la gran oleada revolucionaria que sacudió a todo el mundo durante aquel periodo-, mediante el golpe militar y la represión más dura ejercida por los aparatos de seguridad de la dictadura. Lo importante, en cualquier caso, es comprender que tal derrota se vio inmensamente favorecida por la desactivación de las experiencias radicales llevada a cabo por la social-democracia durante los años previos, proceso que compromete a prácticamente todo el aparataje político que se hacía llamar revolucionario, participando directamente en el estado burgués, o actuando como su ala izquierdista “crítica”. Sigue leyendo

Contagio social: guerra de clases microbiológica en China (Chuang)

https://artilleriainmanente.noblogs.org/files/2020/03/coronavirus-1-600x412.jpg

Compartimos la traducción de un artículo sobre las repercusiones del sistema capitalista mundial en otra epidemia viral. En este caso, el coronavirus en la población china. Fue publicado el 6 de febrero de 2020 en el sitio web de Chuang (que puede traducirse aproximadamente como «libérate; ataca, carga; rompe las líneas enemigas; actúa impetuosamente»), un grupo de comunistas chinos que critican tanto el «capitalismo de Estado» del Partido Comunista Chino como la versión neoliberal de los movimientos de «liberación» de Hong Kong. En su sitio web publican, además de los artículos de su blog, una revista temática que ya tiene una edición en inglés, todo lo cual puede consultarse aquí. [Extraído de Artillería Inmanente]

El horno

Wuhan es conocido coloquialmente como uno de los «cuatro hornos» (四大火炉) de China por su verano húmedo y caluroso y opresivo, compartido con Chongqing, Nankín y alternativamente con Nanchang o Changsha, todas ciudades bulliciosas con largas historias a lo largo o cerca del valle del río Yangtsé. Sin embargo, de las cuatro, Wuhan también está salpicada de hornos en sentido estricto: el enorme complejo urbano actúa como una especie de núcleo para el acero, el concreto y otras industrias relacionadas con la construcción de China. Su paisaje está salpicado de altos hornos de enfriamiento lento de las restantes fundiciones de hierro y acero de propiedad estatal, ahora plagado de sobreproducción y obligado a una nueva y polémica ronda de reducción, privatización y reestructuración general, que ha dado lugar a varias huelgas y protestas de gran envergadura en los últimos cinco años. La ciudad es esencialmente la capital de la construcción de China, lo que significa que ha desempeñado un papel especialmente importante en el período posterior a la crisis económica mundial, ya que ésos fueron los años en que el crecimiento chino se vio impulsado por la canalización de los fondos de inversión hacia proyectos estatales reales de infraestructura e inmobiliarios. Wuhan no sólo alimentó esta burbuja con su exceso de oferta de materiales de construcción e ingenieros civiles, sino que también, al hacerlo, se convirtió en la ciudad del boom inmobiliario por parte del Estado. Según nuestros propios cálculos, en 2018-2019 la superficie total dedicada a obras de construcción en Wuhan equivalía al tamaño de la isla de Hong Kong en su conjunto.

Pero ahora este horno que impulsa la economía china después de la crisis parece, al igual que los hornos que se encuentran en sus fundiciones de hierro y acero, estar enfriándose. Aunque este proceso ya estaba en marcha, la metáfora ya no es simplemente económica, ya que la ciudad, antaño bulliciosa, ha estado sellada durante más de un mes y sus calles han sido vaciadas por mandato del gobierno: «La mayor contribución que pueden hacer es: no se reúnan, no causen caos», decía un titular del diario Guangming, dirigido por el departamento de propaganda del Partido Comunista Chino (PCCh). Hoy en día, las nuevas y amplias avenidas de Wuhan y los relucientes edificios de acero y cristal que las coronan están todos enfriados y huecos, ya que el invierno disminuye durante el Año Nuevo Lunar y la ciudad se estanca bajo la constricción de la amplia cuarentena. Aislarse es un buen consejo para cualquier persona en China, donde el brote del nuevo coronavirus (recientemente rebautizado como «SARS-CoV-2» y su enfermedad «COVID-19») ha matado a más de dos mil personas; más que su predecesora, la epidemia de SARS de 2003. El país entero está encerrado, como lo estuvo durante el SARS. Las escuelas están cerradas y la gente está encerrada en sus casas en todo el país. Casi toda la actividad económica se detuvo por el feriado del Año Nuevo Lunar, el 25 de enero, pero la pausa se extendió por un mes para frenar la propagación de la epidemia. Los hornos de China parecen haber dejado de arder, o por lo menos se han reducido a brasas de suave brillo.  En cierto modo, sin embargo, la ciudad se ha convertido en otro tipo de horno, ya que el coronavirus arde a través de su población masiva como una fiebre enorme.

El brote ha sido culpado incorrectamente de todo, desde la conspiración y/o la liberación accidental de una cepa de virus del Instituto de Virología de Wuhan —una afirmación dudosa difundida por los medios sociales, particularmente a través de publicaciones paranoicas en Facebook de Hong Kong y Taiwán, pero ahora impulsada por medios de comunicación conservadores e intereses militares en Occidente— hasta la propensión de los chinos a consumir tipos de alimentos «sucios» o «extraños», ya que el brote de virus está relacionado con murciélagos o serpientes vendidas en un «mercado mojado» semilegal especializado en vida silvestre y otros animales raros (aunque ésta no fue la fuente definitiva). Ambos temas principales exhiben el evidente belicismo y orientalismo común en los reportajes sobre China, y varios artículos han señalado este hecho básico. Pero incluso estas respuestas tienden a centrarse sólo en cuestiones de cómo se percibe el virus en la esfera cultural, dedicando mucho menos tiempo a indagar en la dinámica mucho más brutal que se oculta bajo el frenesí de los medios de comunicación. Sigue leyendo

Mezcla explosiva (sobre el coronavirus)

Extraído de https://rentry.co/mezclaexplosiva

Cada martes a las 21:30 hrs., se lleva a cabo en algún lugar de Italia una «tele-reunión» a través de Skype, en la que participa una decena de compañeros vinculados a la revista N+1. Mediante estas «tele-reuniones» se las arreglan para compartir informaciones y análisis sobre el desarrollo del capitalismo mundial y de la lucha de clases que necesariamente trae aparejado. Así dan cuenta de las posibilidades que este momento histórico nos ofrece para profundizar nuestra lucha.

La telereunión del martes por la noche, a la que se conectaron 12 compañeros, comenzó con la noticia de que una empresa canadiense, BlueDot, había pronosticado, , gracias a la inteligencia artificial, la propagación del coronavirus una semana antes de que la Organización Mundial de la Salud lanzara su alarma sanitaria global.

En nuestro artículo «Big Data a toda velocidad» [1] vimos cómo las técnicas utilizadas para recabar y procesar datos tienen una gran importancia tanto para el comercio como para los estados. China, en particular, ha estado desarrollando durante años un sistema integrado consistente en más de 500 millones de cámaras repartidas por todo el país para mantener a la población bajo control. Cuando se habla de Big Data, hay que tener en cuenta que las enormes bases de datos en manos de gobiernos y empresas, además de procesar la información disponible en la web, rastrean los perfiles individuales mediante reconocimiento facial y de voz, utilizando también dispositivos distribuidos en supermercados, bancos, tiendas, para trazar mapas de preferencias, horarios, hábitos, etc. Estas bases de datos no se comparten sino que son privadas, y la información recogida a menudo se vende y a veces es robada.

La estructura productiva, tecnológica y científica de la sociedad actual está muy por delante de su superestructura política. El mono desnudo del que habla el científico Desmond Morris tiene a su disposición herramientas técnicas muy poderosas, pero sigue siendo un primate, un animal cuyo comportamiento social no difiere mucho del de sus antepasados monos. Por esta razón, la potencia productiva que ha creado puede causar desastres y catástrofes de grandes proporciones. Los datos recogidos en la red se auto-organizan y guardan mucha similitud con la forma de ser de la inteligencia biológica: es el ser humano, que forma parte de la naturaleza, el que ha producido estos sistemas, proyectando fuera de su cuerpo orgánico ciertas capacidades, como las de las redes neuronales. Hoy en día, gracias al uso de Big Data y algoritmos, se puede prever el desarrollo de una guerra, levantamientos sociales o el resultado de una elección política. En su obra sobre el imperialismo Lenin afirmaba que «las económicas y de propiedad privada forman un envoltorio que ya no corresponde a su contenido». En otras palabras: el desarrollo del cerebro social choca con las configuraciones sociales burguesas, propietarias y nacionales.

En el diario La Repubblica apareció un artículo titulado «En el mundo somos 7,7 mil millones de personas y producimos alimentos para alimentar sólo a 3,4 mil millones de ellas de manera sostenible» [2]: dejando de lado las olas de malthusianismo recurrente y tenaz, podemos afirmar que es cierto que el capitalismo tiene grandes dificultades para racionalizar las técnicas agrícolas, entre otras cosas porque una verdadera racionalización significaría la preparación y realización de un plan metabólico de las especies a nivel mundial, con el abandono de las categorías de valor y el paso a una contabilidad en cantidades físicas (kilogramos, julios, etc.).

Ya hoy en día existen organismos que estudian y controlan la evolución de las enfermedades, como la Organización Mundial de la Salud, una estructura supranacional dotada de poder al igual que otras similares, por ejemplo el Fondo Monetario Internacional para la economía o, en el ámbito del comercio internacional, la Organización Mundial del Comercio. La OMS no trabaja por intereses nacionales específicos, aún cuando trabaja por los intereses generales de la burguesía. Obviamente, sus funcionarios, como los de otros organismos internacionales, son pagados con una tasa excedente del valor producido socialmente.

En «Propiedad y Capital» (1948) [3] hay algunos ejemplos de actividades humanas no comerciales e ilimitadas (como el trabajo de los bomberos). El capitalismo en su apogeo ya anticipa la aparición en su interior de actividades sociales en las que no se lleva la cuenta de pérdidas y ganancias. «De hecho, las necesidades más amplias y modernas de la vida colectiva sólo pueden satisfacerse yendo más allá de los criterios mercantiles y de ganancias y pérdidas». Sigue leyendo