Chalecos amarillos/Gilets jaunes

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“¿Es una revuelta?”

“¡No, Sire, es una revolución!”

(duque de La Rochefoucauld-Liancourt a Luis XVI, rey de Francia, 15 de julio de 1789, después de la toma de la Bastilla)

Recientemente publicamos en nuestro blog, ya que tuvimos acceso a ellos y otros nos llegaron, algunos documentos producidos por y alrededor del movimiento “chalecos amarillos” que sacude a Francia desde hace varias semanas. Lo que sigue es una especie de introducción a todos ellos (una introducción que normalmente publicamos antes, ciertamente).

No volveremos a la historia del movimiento, a acontecimientos o expresiones particulares, ya que podemos referir a los lectores interesados en esto a diferentes sitios web y blogs que asumen muy bien esta tarea.

Lo que nos gustaría tratar aquí es la forma en que nos aproximamos a este movimiento, cómo lo analizamos, cómo evaluamos su importancia en el marco de la lucha de clases. Y no queremos ocultar que varios artículos que escupen sobre este movimiento, producidos y reproducidos por demasiados grupos de ultra-izquierda, fueron una inspiración (negativa) para esta contribución, lo que podemos llamar: “Qué NO hacer”.

Aunque somos conscientes de muchas debilidades expresadas por el movimiento y somos los primeros en criticarlas, difícilmente podemos estar de acuerdo con la metodología utilizada por esos grupos, metodología que limita el movimiento sólo a esas debilidades, que generaliza esos puntos débiles e ilusiones expresadas sólo por una parte de los “chalecos amarillos” como si fuera la naturaleza del movimiento, un análisis que capta a la clase como algo estático, sociológico, mecánico…

No vamos a repasar todos los argumentos de la ultra-izquierda contra los “chalecos amarillos”, pero al menos tenemos que mencionar los más absurdos para responder a ellos, para situar este movimiento en el lugar correcto en la lucha de clases, para ponerlo de nuevo a caminar de pies y que no ande de cabeza…

Dos concepciones de la clase: el proletariado como entidad sociológica versus el proletariado como fuerza en lucha

Muchos de los que desprecian el movimiento de los “chalecos amarillos” pretenden que es un movimiento interclasista, una mezcla de burguesía y proletariado, una multitud de intereses y programas históricamente opuestos. Este punto de vista se basa en una definición sociológica de la clase obrera: proletario = obrero, o incluso obrero de fábrica, si es posible.

Para nosotros el proletariado no es un grupo estático de individuos definidos por su salario, sino una entidad que se estructura en la lucha y a través de la lucha, una fuerza que existe sólo como potencial en tiempos de paz social y que se convierte en una fuerza real sólo mientras lucha, empapada de su programa histórico, el cual expresa parcialmente en cada choque contra el capital.

Por supuesto que definimos al proletariado como la clase explotada, pero no nos dejamos engañar por las nuevas formas de estatus social que el capital inventa para ser más flexible, más rentable. Todos esos pequeños comerciantes, freelancers y obreros de cuello blanco que tanto molestan a los ultraizquierdistas comparten exactamente las mismas condiciones de vida (a veces incluso peores), los mismos problemas, la misma miseria que los “proletarios puros”.

De hecho, es una estrategia muy exitosa del capital y su democracia disimular diferentes categorías de proletariado bajo la máscara de diferentes estratos de la sociedad para impedir que la clase se reconozca a sí misma, que se una. Y presentar a otros, formalmente trabajadores asalariados, como si fueran proletarios, aunque objetivamente se queden al otro lado de la barricada.

El desarrollo mismo de la democracia se encarga de esconder la magnitud actual de la simplificación/exacerbación de las contradicciones del capitalismo desdibujando permanentemente las fronteras de clase, lo que se ve afirmado a su vez por formas ideológicas específicas que desarrollan la confusión más completa, en especial en base a un conjunto de estatutos formales o jurídicos complejos que dividirían a la sociedad -no en dos clases antagónicas- sino en un número indeterminado de categorías más o menos vagas y elásticas.

Así, por ejemplo, en un polo de la sociedad, un conjunto de formas jurídicas pseudo-salariales tienden a camuflar la naturaleza burguesa de estructuras enteras del Estado. Es el caso, por ejemplo, de los oficiales del ejército o de la policía, de los altos cuadros empresariales o de la administración o de burócratas de todo tipo, que bajo aquella cobertura, son clasificados como categorías neutras, sin pertenencia de clase o peor todavía asimilados a “capas obreras”.

En el otro extremo de la sociedad se produce otro tanto, por ejemplo un conjunto de formas jurídicas de pseudo-propietarios: “campesinado”, cooperativas, reformas agrarias, artesanos… camuflan objetivamente la existencia de inmensas masas de proletarios asociados por el capital para producir plusvalor (asalariado disfrazado). Estos y otros mecanismos ideológicos tienden a presentarnos como opuestos y con diferentes intereses a diversos sectores del proletariado: urbanos/agrícolas, activos/desocupados, hombres/mujeres, obreros/empleados, trabajadores manuales/trabajadores intelectuales… [GCI: Tesis de orientación programática, tesis 14]

Finalmente, la prueba definitiva de la posición social de aquellos, que algunos izquierdistas se niegan a llamar proletarios (la lista varía según el grupo, pero podemos encontrar este enfoque aplicado a los trabajadores independientes, pequeños propietarios, desempleados, pensionistas, etc.) es el hecho de que la presencia de estos estratos sociales en el movimiento no cambia nada en el programa del movimiento. Estos grupos de proletarios “impuros” no imponen ningún programa de la pequeña burguesía (como algunos quieren persuadirnos); por el contrario, se unen y desarrollan la crítica proletaria, el programa proletario.

En lugar de esos pseudo-análisis sociológicos que mantienen ocupados a los izquierdistas, el movimiento más bien se articula al definirse como un antagonista de la clase burguesa, de la sociedad burguesa:

Nosotros, los trabajadores, los desempleados, los pensionistas, vivimos de los salarios (incluido el volumen de negocios de los empresarios autónomos) y de las ayudas del Estado. Este salario y estas ayudas las obtenemos vendiendo nuestra mano de obra a un patrón. Y así es como consigue ganar dinero, así es como funciona la economía, a nuestras expensas. Podemos entender los llamados a la unidad dentro de los chalecos amarillos. Pero cuando esta unidad significa caminar con los que nos explotan a diario y con sus representantes políticos, ya no es unidad, es domesticación. En realidad, nuestros intereses son irreconciliables y esto también se expresa a nivel de las demandas. [Amarillo. El periódico para ganar]

Otro argumento común que utilizan algunos izquierdistas es que los “chalecos amarillos” no son un movimiento proletario, porque representan una minoría, porque la mayoría de la clase no participa en él. Pero esta lógica está completamente al revés. Difícilmente podemos reprochar a los que luchan que los demás no lo hagan. Sí, el movimiento tiene que extenderse y generalizarse, sí, el resto de la clase tiene que parar para verlo en la televisión o discutirlo en Facebook y unirse a él en la práctica. Y los “chalecos amarillos” son muy conscientes de ello, ya que podemos leer nuevos llamamientos al resto de la clase para que se unan a ellos.

Sin embargo, no es la cantidad lo que determina si el movimiento es proletario o no. El movimiento, en efecto, desde el principio creció en número, pero sobre todo en contenido. Los “chalecos amarillos” han aumentado gracias a la afluencia de trabajadores y desempleados que se han unido, inicialmente fueron un movimiento contra los impuestos y se han transformado en un movimiento contra las condiciones de vida, convirtiéndose en un maremoto que sacude a toda la sociedad, al menos en Francia.

Todo lo que se ha vivido y se sigue viviendo en las rotondas, los piquetes o los disturbios ha permitido a todo un pueblo de rencontrar su capacidad política, es decir, su capacidad de actuar que ni siquiera un RIC podrá contener. [Los chalecos amarillos: ¿final del primer round?]

Y es este contenido (que como tendencia forma parte del proceso de negación práctica y teórica del Estado burgués, la economía, la ideología…) que lo define como un movimiento proletario más allá de la conciencia de sus protagonistas, más allá de las banderas que agitan.

Todo el secreto de la perpetuación de la dominación burguesa puede resumirse a la dificultad del proletariado para reconocerse a sí mismo, para reconocer en la lucha de sus hermanos de clase en cualquier parte del mundo y sea cual sea las categorías en las que la burguesía los divide, su propia lucha, condición indispensable de su constitución en fuerza histórica. [GCI: Tesis de orientación programática, tesis 14]

No es casualidad si los que tienen problemas para ver al proletariado en los “chalecos amarillos” son finalmente los mismos que tienen dificultades para ver a nuestra clase en las revueltas de los jóvenes en los suburbios o en los levantamientos fuera de Europa. Como uno de los textos que publicamos y dice:

La mayoría de los compañeros hostiles al movimiento de los chalecos amarillos lo son porque prefieren no hacer distinciones entre lo que se dice (el discurso de legitimidad, que ha sido muy mediatizado) y lo que se hace (los bloqueos y los tipos de acción que anuncian). [¿Chalecos amarillos o no? ¡Necesitamos combustible para quemarlo todo!]

Ellos limitan el movimiento hacia sus debilidades e ideologías, sin ver el proceso de su superación.

La historia de las luchas de nuestra clase nos muestra que muchos movimientos proletarios similares, especialmente cuando se originan fuera del lugar de trabajo y por lo tanto no se enfrentan directamente a la producción de mercancías, tienden a empezar con reivindicaciones y demandas relacionadas con nuestros intereses de clase de una manera confusa. En la medida en que su dinámica está en ascenso, en la medida en que atraen a los proletarios derrumbando las fronteras sectoriales y sociológicas que nos impone el capital, en la medida en que se intensifica la confrontación con el Estado en sus múltiples encarnaciones, la naturaleza de clase del movimiento se hace cada vez más clara.

Esto lleva a la cristalización de dos corrientes opuestas en el movimiento. La corriente proletaria ―que hasta ahora lleva la delantera en el movimiento― está impulsando rupturas cada vez más profundas con la sociedad capitalista: nada de diálogos con la clase dominante, afirmación explícita de la confrontación violenta con las fuerzas represivas, intentos de extender la lucha a los lugares de trabajo, intentos de internacionalización de la lucha, etc. La otra corriente, la socialdemócrata, trata de apaciguar la lucha y traerla de vuelta bajo el paraguas democrático de la ciudadanía ―en este caso representada por todas esas “estrellas mediáticas” de las filas de los “chalecos amarillos”, todos esos pequeños “líderes” que tratan de transformar el movimiento en un partido político o un sindicato, o de conectarlo con los ya existentes, todas esos llamados al referéndum y a las revelaciones patrióticas―.

Queremos subrayar que la constitución del proletariado como clase es un proceso, un proceso de lucha, un proceso en el que nuestra clase aclara su posición como clase con un único interés, un proceso de ruptura con la ideología burguesa y sus fuerzas materiales:

Este coloso ya no sabe su nombre, ya no recuerda su gloriosa historia, y ya no conoce el mundo donde está abriendo sus ojos. Sin embargo, a medida que se reactiva, descubre la magnitud de su propio poder. Las palabras le susurran falsos amigos, carceleros de sus sueños. Las repite: ¡“francés”, “gente” y “ciudadano”! Pero al pronunciarlas, las imágenes que regresan confusamente de las profundidades de su memoria siembran una duda en su mente. Estas palabras se han utilizado en las alcantarillas de la miseria, en las barricadas, en los campos de batalla, durante las huelgas, en las cárceles. Porque están en el lenguaje de un adversario formidable, el enemigo de la humanidad que, desde hace dos siglos, maneja con maestría el miedo, la fuerza y la propaganda. ¡Este parásito mortal, este vampiro social, es el capitalismo!

No somos la “comunidad de destino”, orgullosa de su “identidad”, llena de mitos nacionales, que no ha podido resistir la historia social. No somos franceses.

No somos esta masa de “gente humilde” dispuesta a cerrar filas con sus amos mientras estén “bien gobernados”. No somos el pueblo.

No somos este conjunto de individuos que deben su existencia sólo al reconocimiento del Estado y a su perpetuación. No somos ciudadanos.

Somos nosotros los que estamos obligados a vender nuestra mano de obra para sobrevivir, aquellos de los que la burguesía obtiene la mayor parte de sus beneficios dominándolos y explotándolos. Somos nosotros los que somos pisoteados, sacrificados y condenados por el capital, en su estrategia de supervivencia. Somos esta fuerza colectiva que abolirá todas las clases sociales. Somos el proletariado. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

“Bloqueo de la economía” contra su destrucción

Muchos reprochan al movimiento el hecho de que no haga ningún daño real a la economía, que no bloquee el flujo de capitales. Y otro argumento que le sigue lógicamente: no se desarrolla en los lugares de trabajo, por lo tanto no tiene nada en común con la forma en que los trabajadores se organizan.

Recordemos en primer lugar que el movimiento no deja de tener efectos para la economía capitalista. Los bloqueos amistosos de rotondas, toda esta gente durmiendo y congelándose en tiendas de campaña, seguramente no cambiarán nada. Pero no olvidemos que también hubo ocupaciones exitosas y bloqueos de depósitos de gasolina que (por un tiempo demasiado corto, desgraciadamente) provocaron una escasez de petróleo y por lo tanto un pánico en el mercado. No olvidemos que los “chalecos amarillos” han estado ocupando muchos puntos de peaje, dejando que la gente use las autopistas gratuitamente, también destruyeron miles de radares en las carreteras de toda Francia. Y no olvidemos ni los disturbios ni la espectacular destrucción en los centros de las ciudades y los diversos casos de saqueo que también representan un cierto nivel de ataque directo contra el capital, y por tanto reapropiación de una pequeña parte de la riqueza social producida por nuestra clase, por nosotros los proletarios, sólo un minúsculo e ínfimo momento del proceso general de expropiación de los expropiadores, de negación de la propiedad privada de los capitalistas [“Chalecos amarillos” – La lucha continúa]. Dicho de esta manera, los “chalecos amarillos” hicieron mucho más daño a la economía que cualquier huelga general sindicalista negociada y preparada junto con la patronal mucho antes.

Pero, por supuesto, todo esto no es suficiente. Si el movimiento quiere sobrevivir, fortalecerse, generalizarse y desarrollar su crítica en la práctica hasta las últimas consecuencias, tiene que ir más allá. Y, de hecho, para hacerlo, tiene que organizarse también en los lugares de trabajo. Hasta ahora, esto no ha sido fácil:

El movimiento de los chalecos amarillos termina en las puertas del lugar de trabajo, es decir, donde comienza el régimen totalitario de los empleadores. Este fenómeno es el resultado de varios factores. Recordemos a tres de ellos: 1) La atomización de la producción, que hace que un gran número de empleados trabajen en empresas (muy) pequeñas donde la cercanía con el empleador dificulta mucho la huelga. 2) La inseguridad social de una gran parte de los empleados, lo que deteriora seriamente su capacidad para hacer frente a los conflictos en el lugar de trabajo. 3) La exclusión y el desempleo, que sacan a muchos proletarios de la producción. Una gran proporción de chalecos amarillos se ven directamente afectados por al menos una de estas tres determinaciones.

El otro componente de los asalariados, el que trabaja en las grandes corporaciones y tiene mejor seguridad laboral (contratos permanentes y estatuto del trabajador), parece estar protegido por una coraza sobre la que la poderosa fuerza del movimiento se rompe como la ola en la roca. A este segmento de la población trabajadora se le reserva un trato especial, que consiste en la eficacia de la gestión empresarial y la vergonzosa colaboración sindical. La burguesía ha entendido que esta categoría de trabajadores tiene el poder de hacer huelga en el corazón mismo de la producción capitalista, a través de la huelga general indefinida. Por ello, consolida la pacificación con la entrega de piruletas en forma de “primas excepcionales de fin de año”. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

Pero la cuestión es aún más complicada. Una acción “en la fábrica” no es garantía de nada y una huelga no es sinónimo de acción revolucionaria, ya que es su contenido el que la determina. Las huelgas de tipo sindical llevadas a cabo a cambio de unas cuantas migajas “cuando la situación de la empresa lo permita”, no cambiarían nada, aunque estuvieran fuera del control de los sindicatos, fueran organizadas por los propios trabajadores o presentaran un paso hacia la misteriosa “autonomía obrera” (dentro del capitalismo) que sus partidarios quieren construir a través de una serie de reivindicaciones cada vez mayores.

La organización en los lugares de trabajo no puede oponerse a la necesidad de organizarse como clase también al exterior, en toda la sociedad. Hacerlo significa seguir la misma lógica que aplica la burguesía para dividir el movimiento en buenos obreros (en las fábricas) y malos alborotadores (en las calles). La siguiente cita sobre esto podría ser etiquetada fácilmente como una perla genuina de la burguesía, aunque provenga de un grupo que afirma representar al “comunismo”:

El centro de las ciudades es un decorado magnífico para la televisión e internet, pero es totalmente opaco y alejado de la realidad cuando se trata de golpear la cadena de la valorización del capital. Los saqueos y los ataques en el opulento centro de las ciudades son actos extraños y a veces incluso hostiles a cientos de miles de trabajadores, la mayoría de las veces pobres, que son explotados allí. Los protagonistas de estas acciones violentas actúan como guerreros contra las futuras luchas ofensivas del proletariado, contra su autonomía, contra su lucha contra la explotación y la opresión. Deben ser considerados como apoyos de las fuerzas armadas de la burguesía y aliados objetivos del orden y del Estado y del capital. [Mouvement Communiste: Primeros intentos en caliente de formación del pueblo para un Estado aún más fuerte y contra el proletariado]

¡Cuando el infame compite con el abyecto! Enfaticemos también que podríamos dar cientos de citas, hasta la náusea, de ultraizquierdistas que se autoproclaman la “vanguardia” del proletariado revolucionario, pero que no son capaces más que de (de)mostrar qué y dónde objetivamente se sitúan y qué defienden frente a un movimiento de lucha que no encaja en su pantalla de humo ideológica y retórica… No los llamamos a que capten más dialécticamente la materia social y los procesos de la guerra de clases que se están desarrollando justo frente a nuestros ojos, para nada. Simplemente decimos que sus posturas obscenas los sitúan al otro lado de la barricada social, con nuestros enemigos, y que el proletariado, al levantarse globalmente, tendrá que pasar por encima de sus cadáveres…

Pero continuemos ahora con lo dicho anteriormente: la acción en los lugares de trabajo es necesaria, no para negociar un pequeño cambio para los trabajadores de tal o cual empresa o por esta o aquella rama industrial, sino para proponer un contenido radical. Por lo tanto, no se trata de una huelga, ni siquiera de una huelga general, la cuestión no es sólo bloquear la economía, sino tomar el control de la producción y transformarla para satisfacer las necesidades del movimiento y destruir la lógica del mercado y del valor que es la causa de este movimiento.

Debemos utilizar la fuerza extraordinaria y llena de determinación que ha desarrollado este movimiento para conseguir lo que millones de explotados han querido durante tantos años, sin haberlo conseguido nunca: paralizar la producción desde dentro, decidir sobre las huelgas y su coordinación en asambleas generales, unir a todas las categorías de trabajadores, con el mismo objetivo de derrocar el sistema capitalista y reapropiarse del aparato productivo. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

Pero aún no hemos llegado a ese punto y no es seguro que el movimiento pueda llegar tan lejos.

Los “chalecos amarillos” son un movimiento contradictorio, pero no contrarrevolucionario

Anteriormente en este texto hablamos de la constitución del proletariado como clase y de un proceso de ruptura. Este proceso incluye necesariamente una serie eterna de choques entre la clase que se está afirmando, su conciencia reemergente obtenida en y a través de la lucha práctica y la falsa conciencia profundamente arraigada en la mente de cada individuo, la falsa conciencia que es la piedra angular de toda falsa comunidad de “ciudadanos”, “personas” o “naciones”. Sería una locura esperar que cualquier movimiento pueda saltarse este proceso de desarrollo de rupturas y tener una clara conciencia de clase desde el principio, y también sería una locura condenar a un movimiento porque no lo tiene en una cierta fase de su existencia. Lo importante es que existe esta dinámica de clarificación, que el programa proletario aparece cada vez más explícito en oposición a todos los intentos de recuperación política y sindical. Si el resultado de este choque está lejos de ser claro en esta etapa, es obvio que este conflicto existe, continúa y se desarrolla dentro del movimiento de los “chalecos amarillos”, como siempre aparece en todo movimiento proletario.

Podemos ver ya algunas rupturas muy importantes con las acciones de los sindicalistas tradicionales. Como resume uno de los textos que publicamos:

El movimiento se ha desarrollado fuera y, en cierta medida, también en contra de las estructuras tradicionales (partidos, sindicatos, medios…) de las que se ha dotado el capitalismo para hacer inofensiva toda crítica práctica. […] Incluso si los medios intentan encerrar a los manifestantes en el marco de la “lucha contra los impuestos”, la consigna universal es más bien la “lucha contra la pobreza en general” en toda su complejidad (bajos salarios, precios altos, perder la vida para ganársela, alienación, etc.) y por tanto, en definitiva, pone en cuestión el orden capitalista como tal. El movimiento se organiza a nivel regional y supera las divisiones habituales de los sindicalistas según las ramas de la producción. […] El movimiento, o una gran parte de él, es radical y por tanto violento, y lo asume como tal […], lo cual hace difícil el uso de las tácticas habituales de la burguesía para dividir el movimiento en los “buenos manifestantes” y los “alborotadores”. […] Nada es sagrado para el movimiento. No hay símbolos, ni leyendas, ni identidades, ni ideologías que no puedan ser quemados y destruidos. [“Chalecos amarillos”, “comuneros”, “sans-culottes”, “va-nu-pieds”, “condenados de la tierra”…]

Por supuesto, también somos muy críticos con el movimiento de los “chalecos amarillos”. No es muy difícil describir las debilidades más evidentes del movimiento. Lo que nos da esperanza es que ninguna de estas debilidades es expresada por el movimiento en su conjunto, ni siquiera por su mayoría y que cada vez que aparece una u otra versión de la ideología burguesa, se enfrenta a una crítica proveniente del propio movimiento. Cada cuestión expresada por el movimiento es objeto de contradicciones, de discusiones, de crítica y de un conflicto más o menos violento entre el rechazo y la aceptación de la ideología burguesa. Ese es el proceso que mencionamos anteriormente: la línea de ruptura con el Estado no sólo existe en los enfrentamientos callejeros, sino que se expresa también dentro del movimiento.

La cuestión del nacionalismo, tan promovida por los medios de comunicación, es un ejemplo de este proceso. Sí, en efecto, también vimos algunas banderas nacionales o regionales en manifestaciones y bloqueos. Sí, en efecto, también leímos la historia de algunos manifestantes que entregaron a la policía a algunos refugiados. Pero vimos a otros ayudando a los inmigrantes, expresando solidaridad con el proletariado en lucha en otros países, llamando a la unidad no sobre la base de la comunidad de carnets de identidad o del color de la piel, sino sobre una base de clase. Lo que es importante para nosotros como comunistas no es lo que piensa este o aquel “chaleco amarillo” individual, sino lo que el movimiento en su conjunto aporta a la lucha de clases, en la que la ruptura con el nacionalismo es una parte importante. Eso significa estar en contra de la posición nacionalista, luchar contra ella dentro del movimiento, imponer esta ruptura al movimiento. Existen muchas expresiones escritas o no escritas de esta lucha dentro de los “chalecos amarillos”:

Pero esta lista [la primera lista de 42 reivindicaciones redactada por la parte reformista del movimiento en diciembre de 2018, GdC] es también una clara expresión de una tenencia nacionalista, con cuatro medidas contra los extranjeros, lejos de nuestros problemas y mucho más lejos de su solución. Hay que ser corto para creer que los problemas en Francia vienen de fuera. Que salir de Europa nos permitiría vivir bien o que la caza de sin papeles hará subir nuestro salario. Es precisamente lo contrario lo que ocurriría. […] Los fachas sólo quieren hacerse un lugar más grande en la mesa de los explotadores haciéndose el Trump. Y no tenemos absolutamente ninguna razón para ayudarles.

En realidad, a nadie le importa esta lista de demandas. Sólo los políticos pueden esperar sacar algo de ello, y por supuesto los medios de comunicación y el gobierno, que no perderán la oportunidad de hacernos parecer matones de extrema derecha. Pero, como cuando se llama a alguien con un nombre que no es el suyo propio, no prestamos atención. [Amarillo. El periódico para ganar]

Lo mismo ocurre con las ilusiones sobre la democracia (directa o participativa), los referendos, el presidente, las elecciones, etc., la crítica aparece siempre más fuerte:

[…] otra iniciativa, apoyada por muchas organizaciones políticas que van de la extrema izquierda a la extrema derecha, iba a darnos mucha guerra: el RIC [Referéndum de Iniciativa Ciudadana] en nombre del pueblo y de la democracia. […] Es la propaganda burguesa la que nos hace creer que antes de ser proletarios, somos ciudadanos; que la vida de las ideas está antes que la de las condiciones materiales. Pero la República no llena el refrigerador. Y el RIC ha aprovechado esta ilusión. Hay que decir que, a primera vista, la propuesta era atractiva. Se nos decía que, con esto, finalmente podríamos ser escuchados directamente, que podríamos recuperar el poder sobre nuestras vidas. Nosotros decidiríamos todo. ¡E además sin luchar, sin arriesgar la vida en las rotondas y en las manifestaciones, con sólo votar, en los ordenadores de nuestros salones, usando pantuflas cerca de una acogedora chimenea crepitante! Pero en el comercio, cuando tienes un producto para vender, mientes: “Sí, una vez que tengamos el RIC, podremos conseguirlo todo”. Eso es falso. Para empezar, ¡pedirle a la burguesía su opinión para saber si están de acuerdo en aumentar nuestros salarios!, ¡es el colmo! [Amarillo. El periódico para ganar]

Este arreglo democrático no resolvería nada, incluso si se adoptara. Sólo estiraría la goma elástica electoral manteniendo la relación entre las clases sociales (sus condiciones y sus intereses) con un fortalecimiento adicional del reformismo jurídico, ese pariente pobre del ya ilusorio reformismo económico. Sería equivalente a un apoyo más directo a la esclavitud ordinaria. [El llamamiento de los “chalecos amarillos” del Este de París]

Lo mismo sucede con el lema “Macron dimisión”:

Para contrarrestar el RIC, algunos de nosotros han dicho: no es necesario que gane el RIC, simplemente queremos que Macron dimita. Esta exigencia tiene la buena idea de rendirle homenaje a nuestra acción, de reorientar el debate sobre nuestra fuerza colectiva. En efecto, es la calle la que hará que Macron se vaya, no las urnas. Pero, justo después de decir eso, todos se preguntan: ¿quién lo reemplazará? Ahí es precisamente donde reside el problema. Macron, por arrogante que sea, es reemplazable y su sucesor hará exactamente lo mismo para defender el negocio. Claramente hay que tirar el grano con la paja. Las instituciones existentes están ahí para defender la lógica del dinero y la explotación. [Amarillo. El periódico para ganar]

Fuera y contra los sindicatos

Como hemos dicho, el movimiento de los “chalecos amarillos” se ha desarrollado a partir de su rechazo a las estructuras burguesas tradicionales como los partidos políticos y los sindicatos. Desde principios de diciembre, los sindicatos (independientemente de sus tendencias) han seguido, como de costumbre, la línea del gobierno, que busca una forma de desactivar un movimiento social que podría extenderse a otros sectores del proletariado: las denuncias de interclasismo se lanzan en un intento desesperado por parte de los sindicatos de disuadir a sus miembros de unirse a los “chalecos amarillos”.

Hoy día, somos testigos de intentos de “convergencia de luchas” y una vez más el movimiento está dividido y vacilante: algunos “chalecos amarillos” llaman a la colaboración directa con las estructuras centrales de los sindicatos; otros, por el contrario, rechazan esta colaboración, pero llaman a los proletarios en las empresas para que también luchen, y eso es profundamente correcto. Se hizo un llamamiento para prolongar la “jornada nacional de [in]acción” el 5 de febrero (convocada por los sindicatos y principalmente por la CGT) y para transformarla en una “huelga general indefinida”. Queremos advertir, si es necesario, a los compañeros de los “chalecos amarillos” sobre la esencia misma de los sindicatos y del sindicalismo.

El papel de los sindicatos se ha revelado siempre abiertamente en momentos de lucha, por su voluntad de apagar el fuego social. Los sindicatos, cuyo papel es precisamente evitar este tipo de explosiones, actúan como amortiguadores y, si es necesario, encuadran cualquier expresión autónoma de nuestra clase, tratan de frenar la lucha haciendo creer que organizan lo que está más allá de ellos. Si después de décadas de socavar nuestras luchas, los sindicatos ya no tienen una gran popularidad, el movimiento de los “chalecos amarillos” que tiene lugar fuera de ellos es una prueba más de ello.

Sin embargo, una forma más sutil se está desarrollando, la cual busca restaurar el control sobre nuestras luchas subversivas y se encuentra en todas las luchas actuales. Es lo que podríamos llamar globalmente parlamentarismo obrero. Incluso cuando las luchas estallan sobre la base de una ruptura formal con los sindicatos, incluso si los proletarios asumen un cierto nivel de violencia, esta ruptura nunca se completa, empujada hasta sus últimas consecuencias: es decir, no sólo para organizarse fuera de los sindicatos, sino también contra ellos. Esto significa romper radicalmente no sólo con las organizaciones, sino sobre todo con la práctica: el sindicalismo, que no es otra cosa que negociar la venta de nuestra mano de obra con nuestros explotadores…

¡¿De las “asambleas populares” al asambleísmo?!

Desde los inicios del movimiento de los “chalecos amarillos”, muchas sectas idealistas e ideológicas de ultra-izquierda lo han denunciado porque no se organizó en “asambleas generales”, consideradas como el Santo Grial. Desde entonces, han aparecido noticias sobre el establecimiento de asambleas en Commercy, Saint-Nazaire, Montreuil, etc., por no hablar de las asambleas “informales” organizadas en torno a las rotondas ocupadas y los diversos bloqueos.

Por un lado, el proletariado siempre ha estructurado históricamente su lucha en torno a asambleas, coordinaciones, consejos, soviets, comunas, comités, etc. No podemos sino acoger con satisfacción el hecho de que los proletarios recuperen el control de su lucha, que se encuentren, que discutan juntos, que se organicen, que hagan planes para el futuro, que se reapropien de mil y un aspectos de la vida, que desarrollen la convivencia, el compañerismo, que participen en la “liberación del discurso”… por otra parte, nos gustaría subrayar que ninguna estructura, sea cual fuere, será una garantía en cuanto a la evolución y el contenido de nuestras luchas.

Por el contrario, la práctica del democratismo, del asambleísmo, de fetichizar la masividad de las estructuras de lucha, a menudo dificulta la extensión y radicalización de las luchas. Si los proletarios rechazan los sindicatos, correrían el riesgo de reproducir la misma práctica sindical y reformista en sus “asambleas”. La aparición de la “democracia directa de las rotondas”, de grandes “asambleas generales” abiertas a todos, significa a menudo la práctica del sindicalismo sin sindicato. Las “asambleas” y su “magia” de los delegados “elegidos y revocables en cualquier momento” nunca han dado ninguna garantía formal. Históricamente, nuestra única garantía ha sido nuestra práctica social. Nunca es la forma lo que prevalece, sino siempre el contenido…

Además de esto, el democratismo prevaleciente en estas “asambleas” significa que todo el mundo puede expresarse “libremente”, tanto los huelguistas como los rompe-huelgas, los radicales y los moderados: en lugar de “liberar la palabra” (y es obvio aquí que no reivindicamos la “libertad de expresión” que tanto elogia nuestro enemigo, la democracia, para hacernos hablar mejor, para silenciarnos), a menudo también liberan la cháchara a costa de la acción directa. ¿De qué sirve votar grandes resoluciones muy “radicales” si el proletariado no rompe con las fuerzas de inercia que bloquean la extensión y el desarrollo de la lucha?

¿Y luego?

Intentamos mostrar aquí que el movimiento de los “chalecos amarillos”, como todo movimiento proletario en el pasado, es contradictorio. Por el momento hay expresiones de ambas, la ideología de la sociedad burguesa en la forma de la falsa conciencia de nuestra clase, pero también de los intereses proletarios, la meta final de destruir el capitalismo. Y su contenido proletario enfrenta dos peligros: la reacción y el reformismo.

Pero la falsa conciencia puede y debe ser superada en y a través de la lucha, en la experiencia de nuestra clase nacida y renacida en cada nuevo conflicto de clase abierto. La tarea de los comunistas no es escupir a un movimiento porque no es lo suficientemente puro, porque no se refiere a buenas fuentes o porque le falta uno u otro aspecto que consideramos importante.

Para aquellos que todavía juegan con este deseo, ¿cómo podemos imaginar que la revolución pueda estallar? ¿Realmente pensamos que será el fruto de una convergencia de los movimientos sociales, todos dotados de sus justas reivindicaciones, impulsados por decisiones tomadas unánimemente en asambleas donde la idea más radical ganará la batalla? Y así con un escenario de este tipo, nace un movimiento con una gran causa, a la cabeza están los militantes más iluminados que lo conducen de batalla en batalla mientras obtienen emocionantes victorias; sus filas crecen, su reputación crece, su ejemplo se difunde de manera contagiosa, surgen otros movimientos similares, su poder se encuentra, se alimentan y se multiplican entre sí, hasta llegar a la confrontación final durante la cual el Estado es finalmente abatido… ¡Qué hermosa historia! ¿Quién la produjo, Netflix? ¿En qué episodio estamos? Si no quieres reírte de ello, siempre puedes ser serio. (…)

Porque a lo largo de la historia, la chispa de disturbios, insurrecciones y revoluciones casi siempre ha surgido no por razones profundas sino simplemente por pretextos (p. ej. la reubicación de una batería de cañones desencadenó la Comuna de París, una protesta contra el fracaso de la marina encendió la revolución Spartakista, el suicidio de un vendedor ambulante lanzó la llamada Primavera Árabe, la eliminación de unos pocos árboles llevó a la revuelta de Gezi Park en Turquía), nos parece realmente vergonzoso que, frente a lo que está ocurriendo con los chalecos amarillos (…), sólo agudizan sus ojos para encontrar rastros del programa comunista, o del pensamiento anarquista, o de la teoría radical, o la crítica anti-industrial, o… Después de eso, tras la decepción de no haber detectado suficiente contenido subversivo en la calle, de no haber contado masas suficientemente grandes, de no haber notado suficientes orígenes proletarios, de no haber notado suficiente paridad en la presencia femenina, de no haber escuchado suficiente lenguaje políticamente correcto -la lista podría extenderse hasta el infinito-, sólo queda por horrorizarse y preguntarse quién puede beneficiarse de toda esta agitación social. [Finimondo, Di che colore è la tua Mesa?]

La tarea de los comunistas no es ni aprobar nada de lo que hace el movimiento, la tarea de los comunistas es captar el movimiento sobre la base de su dinámica radical y animar a que esta dinámica se desarrolle como una praxis revolucionaria, a favor del proyecto revolucionario del proletariado. Como comunistas debemos acompañar a la clase en su lucha de clarificación de este proyecto contra la reacción y la reforma, para representar la conexión entre la lucha actual y la lucha pasada de nuestra clase, compartiendo la experiencia que hemos obtenido en ella como clase y también entre la lucha actual y la lucha futura, a fin de extraer lecciones de la primera, para representar brevemente la lucha histórica de nuestra clase.

Somos conscientes de que no es fácil. Los “chalecos amarillos” son un movimiento contradictorio como cualquier otro movimiento proletario de la historia. Y tal vez de ello no salga nada por el momento, excepto una fuerte experiencia de lucha y rupturas, consolidando nuestra “memoria de clase”. Pero es difícil comprender un movimiento a través del prisma en qué se convierte cuando es derrotado (especialmente si la derrota está lejos de haber terminado).

Por otro lado, una parte del movimiento ya abrió una ruptura con la sociedad burguesa, su ideología y sus instituciones: sindicatos, partidos de izquierda o de derecha, unidad nacional antiterrorista, etc. Y el contenido proletario del movimiento puede abrir el camino hacia una lucha de clase más amplia.

Por último, aunque parezca provocativo, afirmamos que toda la propaganda mediática en torno al movimiento de los “chalecos amarillos” no puede en modo alguno hacernos olvidar lo esencial: que no existe un movimiento de los “chalecos amarillos” como tal, que nunca ha existido ni puede existir… Y esto es por una razón simple, fundamental, inevitable: porque no existe la clase o el proyecto social “chalecos amarillos”…

Aquí y ahora, en todas partes y siempre, es el proletariado contra la burguesía, dos clases sociales con proyectos decididamente antagónicos…

De hecho, sólo hay dos proyectos enfrentados para el futuro de la humanidad: por un lado, el proceso histórico de abolición de las relaciones sociales capitalistas y su Estado, que son la causa de la miseria, la guerra, la explotación, la alienación, la opresión y la dominación… y por otro lado, las fuerzas para la conservación de esta pesadilla…

# Tridni Valka – Guerra de Clases, Invierno 2018/19 #

[Folletos] LA SEMANA DE ENERO. A CIEN AÑOS y LA INSURRECCIÓN DEL ’19

El primer mes de este año trae consigo una negra efemérides: el aniversario de la Semana de enero, una de las huelgas más largas y sangrientas ocurridas en territorio argentino, en la semana del 7 al 14 de enero de 1919 bajo el gobierno del caudillo radical Hipólito Yrigoyen.

Hace un siglo se llevó adelante un movimiento que conmovió a la sociedad por su alcance y trascendencia. Lo que en principio aparecía como un conflicto parcial en los talleres Vasena derivó en la Semana Trágica.
Todo aparece como desmesurado en las jornadas de larga semana de enero de 1919, es que todo entonces fue desmesurado.
Compartimos entonces estos dos nuevos materiales que esperamos sean inspiradores para continuar en la lucha contra toda opresión y explotación:

 

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LA SEMANA DE ENERO. A 100 AÑOS

(formato de página A4)

  • A 100 años de la Semana Trágica
  • Enero 1919, memoria de las llamas
  • La Liga Patriótica Argentina
  • Perón en la Semana Trágica de 1919
  • Vasena (tango anónimo)
  • «La algarabía de la chusma desbordada» (carta del monseñor Ussher)
  • «La Semana Trágica» (Juana Rouco Buela)
  • Testimonio de Vicente Saccomano
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LA INSURRECCIÓN DEL 19. SEMANA TRÁGICA

Publicado originalmente en Le Chien. Marzo de 2015, Buenos Aires. Se trata de una suerte de comic sobre aquellos sucesos. (Formato de página A3)

[Publicación] SU CAPITAL #25

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Tristemente el orden reina por doquier gestionado de idéntica forma por la izquierda o la derecha del capital con algunos teatrillos opcionales. El juego parlamentario desgraciadamente sigue cumpliendo su función incluso en lugares donde los proletarios están en permanente agitación contra la burguesía y sus representantes. El triunfo electoral en la finca Mexicana del “progrecito” López Obrador es una muestra de que el proletariado no ha perdido todavía toda esperanza en la política burguesa. Todavía se le puede canalizar debido a su debilidad teórica y de menoría histórica. No debemos olvidar que el debate sobre el parlamentarismo ya se formuló con toda su crudeza en el seno del asociacionismo proletario en la década de 1860 en la propia Francia. Incluso se comprobó lo nefasto de la entrega del proletariado a las supuestas bondades de la democracia directa en la comuna de París en 1871. No existe ninguna posibilidad de que dentro de las reglas del estado burgués las condiciones de vida del proletariado se mejoren o dulcifiquen máxime en un momento de desvalorización de las mercancías y por tanto de máxima desvalorización de la vida en general y de la vida humana en particular.

Solo en el caso de la finca francesa se puede entrever una clara identificación de la política vulgar con los valores de la clase dominante. En consecuencia el proletariado está tendiendo a no participar de las farsas electorales y la mediación. Ninguna organización del partido burgués de la conciliación de clases, la socialdemocracia, realmente ni tiene poder en las urnas ni en las calles. Los proletarios han entendido que el único lenguaje propio de su clase es lo que la burguesía califica como el lenguaje de la barbarie. El vandalismo es el único lenguaje que utiliza el proletariado para comunicarse con sus explotadores y verdugos, cuando no es posible utilizar otros medios más contundentes. Desde el punto de vista burgués esta contestación solo merece ser acallada con represión, porras, tanques y balas. No tienen ninguna legitimidad, porque no tienen ninguna base electoral, claro está ninguna facción burguesa podría defender los intereses del proletariado. Que entre otras cosas son la destrucción de la tortura del trabajo asalariado, sacrosanta base ideológica y sostén material del mundo burgués.

Pero dejemos de ponernos intensos y observemos las señales que los gestores del capital nos dejan con sus acciones. Una de ellas es la espantada de los gestores del capital del ala derecha en la finca española. Después de aburrirnos con toda su poética épica sobre la “patria grande”, “una” y “libre”. Después de preparar leyes despóticas para meter en el talego a todo el mundo. Resulta que se dejan sustituir por la más moribunda socialdemocracia liberal y una amalgama de adversarios heterogéneos, todo quizás porque no quieren comerse el marrón de gestionar su propio desastre capitalistas tan amado y querido. Prefieren que sean otros los que apliquen todos los resortes del estado para aplastar a la “canalla” condenada a luchar. Puede que el reino del orden del capital no sea tan tranquilo en el futuro.

Vertedero asturiano verano 2018

https://sucapital.espivblogs.net/

[PUBLICACIÓN] ZAD: OTRO FIN DEL MUNDO ES POSIBLE

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Artículo del colectivo Crimethinc. [editado en folleto] sobre la lucha en la ZAD de Notre-Dame-des-Landes contra el proyecto aeroportuario, mismo que el Estado francés pretende imponer mediante su terror militar y policial.  La traducción estuvo a cargo de los compañeros de La Oveja Negra.

También recomendamos el texto de Alèssi Dell’Umbria / ZAD, por la autodefensa y la comunalidad, el cual se puede leer en el siguiente enlace:

https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2018/04/21/alessi-dellumbria-zad/

Boletín Oveja Negra N° 56

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-La presencia de una ausencia, a un año de la desaparición y asesinato del compañero Santiago Maldonado. -Textos de Santiago Maldonado: Argsesina, letra de una canción de rap de Santa Blasfemia del que formaba parte. -El dios empresarial, extraído de su fanzine Vagabun2 de la Idea (Mendoza, 2015) -Votame, extraído de su fanzine Vagabun2 de la Idea (Mendoza, 2015) –We tripantu entre rejas, actualización de la lucha mapuche. -Nicaragua tan violentamente democrática, sobre las revueltas en aquel país. -Nueva publicación: ZAD. Otro fin del mundo es posible. Aprendiendo de 50 años de lucha en Notre-Dame-des-Landes en Francia.

[Publicación] La leonera #1. Contra el trabajo

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A propósito del 1 de Mayo y el 8 de Marzo

Hoy la mayoría de los explotados y explotadas vivimos la explotación de forma natural, parecería que la explotación y la opresión siempre hayan existido, que no pueda existir otra forma de vivir, de relacionarnos entre seres humanos. Vivimos nuestras desgracias como un destino terrible que nos ha tocado vivir. Eso hace que, actualmente, busquemos las soluciones en algo ajeno a nosotros mismos (las promesas de políticos o sindicalistas, la autoayuda, la secta de moda, el psiquiátra…). Continue reading

Boletín Oveja Negra N° 55

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 -El peso muerto de la economía, sobre la devaluación del peso, el FMI y sus respuestas patrióticas… Y el peso muerto de la ley, sobre los pedidos de endurecimiento de leyes que se velven contra las personas en lucha. – Actualización de informaciones sobre las comunidades mapuche en lucha -Nuevos materiales: Cuadernos de negación nro.11 -Los buenos y los malos, sobre la estrategia de los poderosos para dividir entre buenos  y malos a los explotados y oprimidos, sean estos mapuche en lucha o manifestantes contras las medidas cada vez mas brutales del Estado y el Capital. -Un día en Palestina, sobre la masacre realizada el pasado 15 de mayo (estos últimos dos artículos, por razones de espacio, solo están disponibles en la versión digital)

[Libro] El trabajo es un crimen / El grupo De Moker

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El trabajo es un crimen – Herman J. Schuurman, seguido de El grupo De Moker. La juventud rebelde en el movimiento libertario holandés de los locos años 20 – Els Van Daele

De Moker, ppruiend blad voor jonge arbeiders (El Mazo, periódico de agitación para jóvenes trabajadores) fue publicado entre 1923 y1928 desde Holanda. Uno de sus fundadores redactó El trabajo es un crimen. Mientras participaban en todas las luchas contra el capitalismo vigente y el militarismo, dirigieron su crítica hacia los partidos y sindicatos, a los cuales veían más como un freno que un estímulo.

«He ahí el porqué nosotros vamos a sabotear conscientemente cada empresa capitalista. Cada patrón sufrirá pérdidas a causa de nosotros. Allí, donde nosotros, jóvenes rebeldes, seamos obligados a trabajar, las materias primas, las máquinas y los productos serán obligatoriamente puestos fuera de funcionamiento. Saltarán a cada instante los dientes del engranaje, los cuchillos y las tijeras volarán en pedazos, las herramientas más indispensables desaparecerán de la vista —nos enseñaremos los unos a los otros las formas y maneras de hacerlo—. No queremos ser destruidos por el capitalismo: por eso el capitalismo debe ser destruido por nosotros.»

Cuadernos de Negación #11 – Contra la valorización de la vida

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El fundamento de la sociedad capitalista es la dictadura del valor en proceso y la utilidad de los objetos producidos son solo un medio, el llamado valor de uso es solo un soporte del valor de cambio, del valor valorizándose.

Pero nada en ninguna parte posee naturalmente una cualidad tal como el valor. Esta es consecuencia del modo en que la sociedad organiza su producción. El valor y la mercancía, así como el dinero o el trabajo no son datos neutrales y transhistóricos, y mucho menos naturales y eternos, se trata de categorías básicas del capitalismo.

Valorizar la vida no significa poner la vida en el centro sino, por el contrario, situarla en la balanza económica.

Contenido:

▪ Presentación ▪ Mercancía y valor –Las aventuras de la mercancía -El valor contra la comunidad humana ▪ Acerca de los fundamentos lógicos e históricos de la sociedad capitalista ▪ El trabajo abstracto y el valor como abstracción real –La crítica del valor en su dimensión cuantitativa y cualitativa ▪ La ley del valor ▪ Crítica a las críticas de la teoría marxiana del valor –La utilidad marginal -¿qué tiene más valor, un diamante o una botella de agua? ▪ La valorización del valor: el plusvalor –Explotación capitalista: salario, trabajo y fuerza de trabajo -Las formas de la explotación: plusvalia absoluta y relativa -Plusvalor y ganancia: iguales pero diferentes -Crédito e interés -«Minusvalías» -Productividad y estandarización -Renta de la tierra ▪ Contradicciones capitalistas –La socialización privada de la producción capitalista -La contradicción capital-trabajo -El proletariado como contradicción -Valorización/desvalorización ▪ Notas sobre el capital ficticio –Los límites del capital ficticio ▪ No hay política contra la dictadura del valor –¡Contra el estado!