Chile: El fin de la UP y la reemergencia del proletariado

La Unidad Popular y el golpe de septiembre de 1973

Pocos días antes del “golpe” de setiembre de 1973 los Cordones Industriales, dirigían una carta a Allende en la que se le decía que de continuar la línea política aplicada hasta el momento, “será responsable de llevar al país, no a una guerra civil que ya está en pleno desarrollo, sino a la masacre fría, planificada de la clase obrera” (1).

Sin más, eso fue lo que sucedió en 1973. No fue una guerra de clases la que hubo luego de septiembre, sino la masacre de un proletariado desorganizado, desarmado, desorientado. La guerra de clases, la burguesía ya la había ganado. En efecto lo decisivo en la guerra, había sido aquella desorganización, y no la ejecución de los desarmados que –como luego de septiembre de 1973- es siempre una consecuencia inevitable.

El reparto del trabajo entre los distintos componentes del Estado burgués (Democracia Cristiana, Unidad Popular, Ejército…) había sido perfecto, salvo casos marginales, no hubo ataque frontal y organizado contra el Estado del capital.

Sin embargo, la Unidad Popular (2) había cumplido su función histórica, había sido decisiva en la preparación de la masacre, pero lamentablemente para ella, el proletariado lo había sentido, intuido y en algunos casos comprendido explícitamente. El hecho de que se le gritase abiertamente al “compañero Allende” que su política preparaba el camino, no para la guerra civil, sino para la masacre planificada de la clase obrera, indicaba al mismo tiempo que la hora había llegado para los de la Unidad Popular: su juego había quedado al descubierto.

Para realizar la masacre, el capital prefirió a los pinochetistas, lo que permitiría enviar las otras fracciones políticas de la burguesía e intentar una cura de credibilización en la oposición.

La paradoja de la “resistencia”

El golpe no sorprendió a nadie, todas las clases sociales y todas las fuerzas políticas conocían sus preparativos. El proletariado no había estado en condiciones de atacar al estado burgués, en su momento de máxima fuerza y autonomía a fines de 1972 y en la primera mitad de 1973; muchísimo menos estaba en condiciones de resistir la matanza cuando ya había sido severamente golpeado (3) y se encontraba en plena desorganización. Por eso el proletariado como clase no resistió y no hubo como en otras circunstancias históricas caracterizadas por el avance militar de la derecha, levantamientos armados de proletarios en respuesta (como por ejemplo en España en 1936), ni tampoco una verdadera huelga general que hiciera temblar a los administradores del Estado (como había sucedido unos meses antes en el caso del Uruguay). Los pinochetistas avanzaron sin grandes obstáculos y hasta sorprendidos por falta de resistencia (4). Todo se limitó a trágicas resistencias totalmente sectoriales o individuales, que constituyeron mucho más el pataleo desesperado de quien recibe el mazazo final, que una verdadera resistencia político-militar. Es decir que incluso las batallas limitadas que libró en algunas partes el proletariado, no lo hizo como clase, como sujeto militar que decide en combate, sino obligado como objeto y víctima principal de la represión criminal planificada durante años y desatada por el Estado.

En cuanto a la Unidad Popular el panorama fue diferente. Muchos de sus cuadros no comprendieron, que al menos por el momento habían cumplido su función y que el Estado no los necesitaba más en la administración, sino en su oposición. Esto, sumado a la contraposición de los intereses fraccionales del capital (el proyecto económico de la Unidad Popular contenía la última tentativa del capital de mantener, proteger el viejo aparato industrial incapaz de resultar competitivo internacionalmente y además una parte de ese frente popular representa en Chile los intereses de otro bloque capitalista internacional) determinó en muchos aquellos cuadros, comenzando por Allende mismo, una voluntad real de resistencia.

Por lo tanto Pinochet se encontró frente a la doble sorpresa: a) Una resistencia que superaba las previsiones en lo que respecta al personal de la izquierda; así por ejemplo no resultaba demasiado agradable para un régimen en constitución el tener que matar a un presidente legalmente elegido y en todos los casos históricos similares las cosas se habían arreglado por las buenas, otorgándole un salvoconducto para dejar al país. B) Una pasividad general de la población, ante el avance del ejército y las ejecuciones sumarias practicadas que hacía inútil y desproporcionada en la mayoría de los casos, el enorme despliegue de fuerzas militares.

Pero como es evidente, la Unidad Popular no podía resistir sin utilizar como carne de cañón (de sus intereses fraccionales) el proletariado. En efecto, su fuerza principal y su acceso al gobierno del Estado burgués, se debía precisamente al hecho de que constituía la fracción burguesa con mayor capacidad de controlar, de encuadrar (es decir estructurar para impedir la lucha autónoma contra el Estado) al proletariado. Por eso muchos dirigentes de la Unidad Popular llamaban desde días antes a organizar la resistencia armada, a transformar a Chile en un “nuevo Vietnam heroico” (Altamirano del P.S.).

Hay sectores que acusan de cinismo e inconsecuencia a todos estos dirigentes que hacían esos llamados a la resistencia ejemplar y que unos días después, poblaban las embajadas en búsqueda de asilo abandonando al proletariado a su propia suerte. Nosotros creemos que no son simplemente cínicos, sino que efectivamente estaban dispuestos a dar batalla en función de sus intereses y que su inconsecuencia se debe a que efectivamente creían que el proletariado iba a lanzarse en esa resistencia, sirviéndole de carne de cañón y que les llevó un cierto tiempo (dentro de Chile sólo algunos días) para comprender su aislamiento. Es decir que poco tiempo antes del golpe e inmediatamente después, estos imbéciles creían que aún quedaban proletarios para hacerse matar por ellos, y bajo su dirección (como veremos este mito que la realidad chilena destruyó rápidamente, pudo ser reproducido por varios años más en el exilio); que no sabían hasta qué punto el proletariado los consideraba responsable de esa masacre.

Lo más paradójico de la cuestión, fue que los mismos ministros y dirigentes de los partidos, que habían condenado las luchas obreras, que habían denunciado como haciéndole el juego a la derecha todas las tentativas de acción directa del proletariado, le iban a pedir a esos mismos obreros que “resistieran” en su nombre. Más aún, los que sistemáticamente habían perseguido a todos los grupos que no aceptaban la disciplina capitalista de la Unidad Popular, los que habían denunciado sus huelgas como provocadas por la CIA, los que habían apoyado los ataques militares contra las poblaciones, y hasta los mismos militares y torturadores democráticos que habían requisado, organizado operaciones rastrillo en búsqueda de armas en manos del proletariado, venían ahora a ofrecerles “resistir”. SI, SI, sin ningún tipo de matices desde el General Prat, pasando por los ministros socialistas y comunistas, hasta sus brazos ejecutores, torturadores abiertos, como el Coco Paredes, fueron exactamente los mismos que en base a la violencia y represión habían enfrentado toda tentativa de armamento autónomo de la clase obrera, los que llamaban a los obreros a resistir, a armarse y hasta en algunos casos, les ofrecían directamente armas.

Esos fueron los “héroes” que murieron al costado de Allende o en su misma trayectoria hasta que fueron comprendiendo que el exilio era el mejor negocio. Muchos de esos siniestros personajes, días después del golpe, se apersonaban en lugares de tradicional combatividad obrera, no sólo a contar fantásticas historias sobre la resistencia que estaban organizando y los batallones que se preparaban, o que dirigidos por los “militares democráticos” avanzaban de tal a tal lado…, sino a proponer, a ofrecer “armas para la resistencia”. La negativa a dejarse utilizar una vez más, fue expresada muchas veces con violencia por parte de los obreros. Lamentablemente al respecto se sabe muy poco, porque los principales interesados en divulgar esos hechos, es decir los proletarios mismos, se encontraban demasiado dispersados y desestructurados como clase para que ello constituyera una posición explícitamente asumida y además porque incluso en la oposición y el exilio los personeros de la Unidad Popular siguieron constituyendo una fuerza esencialmente represiva, incluso en lo referente a toda tentativa de reconstituir la información sobre los hechos. Recién ahora, a casi 10 años de esos acontecimientos, circula alguna información al respecto y en distintos barrios de Santiago se cuenta con orgullo como tal o tal dirigente de la Unidad Popular fue enviado a la mierda ante sus historias sobre la resistencia.

La unidad popular comienza en el exilio

Pero, ello no quiere decir que la Unidad Popular, inmediatamente después del golpe, haya quedado reducida a un conjunto de dirigentes. En efecto, a pesar de que una parte importante de los proletarios que habían confiado en ella se encontraban entonces en ruptura, la Unidad Popular (como cualquier otro frente o partido burgués) no es sólo un grupo de dirigentes, un programa de canalización de los intereses proletarios en beneficio del Estado capitalista, y un montón de tipos engañados. Es además una estructura, un aparato. La Unidad Popular se había constituido como tal, en base a toda una red de partidos, tendencias, «dirigentes” medios, promesas electorales, matones de barrio, sindicalistas, convencidos…, interesados… En su pasaje por el gobierno, como todo frente constituido por partidos de clientela, su aparato se había desarrollado enormemente en base por ejemplo al control y crecimiento de las fuerzas de investigaciones y otras fuerzas represivas, en base a los interventores nombrados por el gobierno en las empresas públicas y las nacionalizadas, interventores acompañados sin excepción de un mar de adulones, carneros e informantes; en base por fin a muchas promesas realizadas en términos de puestos burocráticos (nunca antes –con Pinochet ha sido peor aún– el Estado había empleado tanto inútil), promesas en vías de realización en términos de viviendas económicas (4). Una buena parte de este aparato que cuando el golpe, intento sin éxito, canalizar a su favor al proletariado, y que era reprimida también, emprendió más o menos rápidamente el camino del exilio. Todos los dirigentes importantes que no fueron alcanzados por la represión, o que pudieron comprar su «libertad» y la salida del país se encontraron rápidamente en el exilio. También una gran parte de todo ese aparato de «dirigentes» medios y bajos; así como todos los comprometidos y favorecidos por ese régimen, siguieron ese camino. El resultado fue que en términos cualitativos, lo decisivo de la Unidad Popular se encontró afuera muy rápidamente y en términos cuantitativos lo quedó una minoría en «el frente» (SIC).

El MIR, constituyó una excepción temporal al respecto. Sus dirigentes consideraban que el golpe había confirmado su tesis, que lo que había fracasado era el camino pacifico al socialismo y que el golpe abría la fase decisiva y revolucionaria. En el fondo el MIR, nunca tuvo un proyecto estratégico diferente, al socialismo burgués de la Unidad Popular; consideraba que ahora había quedado claro que había que defender ese proyecto con las armas, que ellos eran los únicos consecuentes, que no había que exilarse, que los que abandonaban «el frente» traicionaban. Dirigentes de la primera hora y militantes de base, lucharon y murieron defendiendo tales ideas, hasta que el pequeño aparato militar (en base a la tortura, la cárcel, … la desaparición) del que disponían fue desarticulado y los dirigentes más consecuentes liquidados. La resaca del MIR vendió su subsistencia al apoyo interesado del bloque ruso y Cuba, sus dirigentes mucho menos comprometidos con el pasado de lucha, contraposición y denuncia del P”C” y los estados del bloque del Este, se apresuraron en integrar el exilio organizado y terminaron siendo una especie de grupo militar del P”C”.

Por todas partes, el aparato de la Unidad Popular fue bien recibido. En Estados Unidos, Rusia, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Checoslovaquia, Cuba, México… los dirigentes de la Unidad Popular encontraron los brazos abiertos de sus pares, socialdemócratas, «comunistas». Inmediatamente organizaron sendos aparatos de recepción de los refugiados, mediante los cuales se seleccionaban a quienes se apoyaba, como se apoyaba, qué se le daba, etc. De esta manera en poquísimo tiempo se había reconstituido, en base a las mismas reglas, los mismos «dirigentes», los mismos tipos de acomodos, de favoritismo, de «pititos»… una impresionante estructura, un aparato del exilio organizado, en cada uno de los países de recepción de refugiados (1). Que la gente de aparato se complacía en encontrar las cosas tan igual que en su casa no nos cabe la más mínima duda; el problema fue que en base a ese mismo tipo de estructura de clientela, de promesas, de presiones, intentaban una vez más someter, hacer dependiente, a todos los que llegaban perseguidos por el pinochetismo, incluso a los que habían roto con la Unidad Popular, o a aquellos proletarios que nunca se habían adherido a ese proyecto.

La mitología de la resistencia y la solidaridad

Esa reconstitución de los aparatos de la Unidad Popular en el Exilio, fue alimentada y cementada por una enorme mitología a de la “resistencia» que se desarrolló entre los años 1973 y 1980, precisamente en el período en el cual el pinochetismo se desarrolló con menos obstáculos. «Pinochet caería de un momento a otro», «se trataba únicamente de algunos oficiales traidores», «el régimen no tenía base social», «todo el pueblo estaba con la Unidad Popular», «la mayor parte del ejército era patriota y demócrata», «Chile se hundía económicamente y no llegaba al próximo invierno», «la resistencia crecía», «los sindicatos se organizaban», «se preparaban acciones»… Era imposible encontrar algún chileno del aparato que se considerase a si mismo como un militante de base, sin mucha perspectiva de lucha inmediata; todos eran «dirigentes», todos estaban preparando la resistencia, todos estaban realizando tareas esenciales en coordinación con el «frente» como si se estuviese en plena guerra de resistencia contra el fascismo, hasta ese punto rotundamente paranoico y alejado de la realidad, había llegado la tentativa de mimetismo con respecto al antifascismo y la resistencia durante la segunda guerra.

Nunca hubo tanta gente diciendo que se preparaban acciones y nunca hubo tan poca acción, nunca hubo tanta colecta para la «resistencia» y nunca hubo menos «resistencia», nunca hubo tantos crédulos en la caída del Pinochet y nunca Pinochet estuvo más fuerte, nunca hubo tantos dirigentes tomando importantísimas resoluciones, discutiendo programas, planes y alianzas y nunca hubo menos consecuencias reales… Existirán millones de anécdotas acerca de esa resistencia que siempre se preparó y que nunca se realizó; de esa resistencia con la que se engañó a tanta gente en todo el mundo, nosotros nos limitaremos a ver brevemente el desarrollo de ese mito y su utilidad interna y externa a la Unidad Popular.

El mito era una necesidad interna y externa de la Unidad Popular, coherente con su ideología burguesa antifascista, y que le permitía mantener su aparato y continuar apareciendo como un interlocutor importante frente a otras fuerzas internacionales (gobiernos, partidos, sindicatos…) del capital.

Internamente, había que mantener o intentar mantener, no ya a aquella parte del aparato directamente interesada en el mismo, sino a aquellos militantes que realmente pretendían luchar por lo que llamaban «socialismo». Al llegar a los países de destino de los exilados, estos –incluso cuando eran independientes o totalmente críticos con respecto a la Unidad Popular– se encontraban atraídos, no sólo por una dependencia administrativa y económica imposible de evitar (sólo los aparatos de la Unidad Popular estaban en condiciones de solucionar los mínimos problemas de subsistencia, legalidad, visa, alojamiento, permisos de trabajo, becas… que encontraba todo recién llegado), sino porque era –creían– la única llave de contacto con los que habían quedado luchando en condiciones terribles, y con los que querían solidarizarse. De una u otra forma esta subordinación y dependencia, los transformaba en agentes de una mentira gigantesca que, en los «países de acogida» se transformaba en un arma al servicio de toda burguesía nacional.

Los intereses de la burguesía en cada nación, en recibir bien a sus pares de la Unidad Popular pero también en fomentar y desarrollar el mito de la resistencia chilena al fascismo, es evidente. Otra vez, frente a los movimientos de clase que anunciaban la crisis del 74-75, se volvía a intentar la polarización burguesa fascismo-antifascismo que tantos resultados le había dado. Los PS, los P”C”, trotskistas, maoístas, anarcosindicalistas… pero también sectores de la democracia cristiana internacional e incluso clásicos sectores liberales y conservadores; comprendieron que la mejor forma de rehacerse una buena imagen frente a sus clases obreras respectivas, era presentándose como los antifascistas. Ellos no eran los que reprimían a la clase obrera, sino que por el contrario eran solidarios con los reprimidos, con los perseguidos, por la maldad en sí, encarnada ahora por un nuevo y gran chivo expiatorio: la junta chilena, sus campos de concentración y Pinochet. No debemos olvidar que las banderas del antifascismo, la democracia, la resistencia, son las del campo imperialista triunfante en la última guerra mundial capitalista. ¡Qué mejor para la burguesía del mundo entero que recibir a los jefes de la «resistencia contra el fascismo!.

Esto se comprende bien, es algo así como el ABC, ellos se entienden, tienen los mismos intereses. Lo indignante es el constatar como ese mito de la resistencia al fascismo chileno difundido en el mundo, enganchaba aún a sectores de obreros, que renunciando a su clase apoyaban cuanto acto, movilización, discurso, colecta, manifestación, se hacía en nombre de la “resistencia chilena». Que la burguesía mundial esté dispuesta a dar dinero para mantener ese mito, para financiar los cientos de viajes de los hombres del negocio chileno de la resistencia, los congresos, reuniones, armas… es totalmente lógico. Lo que calienta a un muerto es el succionar permanente de las escasas fuerzas obreras y que hasta los miserables ahorros de miles de obreros en el mundo entero hayan ido a engrosar las cajas de la tan cacareada Resistencia (?).

Desde nuestro punto de vista, es decir desde el punto de vista del proletariado en lucha por la destrucción del mundo capitalista, ello constituye una evidente debilidad. Fueron centenas de miles de proletarios en todo el mundo, que querían expresar su solidaridad con sus hermanos en Chile, que estaban dispuestos a luchar por ello. Pero no hubo ni una orientación clasista de esa solidaridad, ni una centralización internacionalista de la misma y como pasa siempre que el proletariado no se dota de sus propias orientaciones y de su propia dirección, es su enemigo histórico, la burguesía, quien lo encuadra y orienta al servicio de sus intereses. Por ello la inexistencia de una solidaridad clasista, condujo a que la voluntad de solidaridad fuese canalizada hacia intereses antagónicos a los del proletariado y lo que sucedió en la práctica fue que obreros en distintas partes del mundo consideraban que se solidarizaban con sus hermanos chilenos, en base a la unión sagrada con los partidos burgueses partidarios de la «resistencia chilena”, y que colaboraban con aquella. Como si la mejor solidaridad con los proletarios chilenos no es precisamente la lucha contra «su» propia burguesía, sus estados, sus partidos. El asunto Chile se transformó así, especialmente en Europa, en un arma formidable contra la lucha del proletariado, pues estaba exactamente del otro lado de la barricada de los intereses reales del proletariado y de su lucha contra toda la burguesía «fascista y antifascista».

El derrumbe del mito

Tal vez hayan sido muy pocos, los dirigentes que sabían realmente como eran las cosas, que el proletariado no los seguía y que sin él, todos los partidos unidos de la Unidad Popular no eran capaces de hacer ninguna resistencia, que en el fondo la resistencia era un mito. La propia estructura, en la que a cada uno se le hace creer que dirige algo, en la que cualquier tarado se considera “dirigente de la resistencia”, realizando importantísimas tareas en función de los “compañeros del frente» contribuye a mantener el mito. Cada «dirigente» infla sus resultados particulares y hace creer a su «dirigente superior» (en realidad cuadro medio bajo) que en su sector las cosas avanzan, éste agrega un poco más a las versiones de cada uno de sus subordinados…, hasta que cuando llegan arriba, las cosas se han multiplicado por 100. Sería por lo tanto exagerado el culpar de todo a las cúspides de los partidos respectivos, cada uno de los aparatos partidarios, cada uno de los escalones se complacen del mito y viven gracias a él.

Al mito lo fue carcomiendo el tiempo y la propia realidad del mundo capitalista en todas partes. Los del aparato de la Unidad Popular tenían que inventar historias cada vez más fantásticas, para que por ejemplo los «fascistas» de Pinochet pudieran seguir superando con sus bárbaros crímenes (sólo así podían continuar siendo las estrellas del antifascismo), a las atrocidades y secuestros realizados en la «democracia argentina» de la última fase peronista (1974-76), a la represión que la burguesía francesa dirigía en Marruecos, a la horrible realidad de los campos de prisioneros de la primera “república socialista del mundo”, o las condiciones de vida que le son impuestas al proletariado en Palestina, a la escalofriante guerra «entre países socialistas».

En Chile mismo, en los años 1975-76 eran muy pocos los que podían creer en la tan cacareada resistencia. Saltaba a los ojos la desproporcionalidad entre todo lo que se decía que se organizaba y se hacía, en contraposición con la pobre realidad en donde en forma totalmente aislada y sin perspectiva de ninguna especie se batían algunos militantes del MIR con fuerzas miles de veces superiores y sin ningún tipo de escrúpulo (torturas, asesinato…). Por otra parte dentro de los límites de la crisis generalizada del capital mundial, Pinochet había logrado una cierta reconstitución de la economía, gracias al aumento de la tasa de explotación y ganancia, y Chile, luego de muchos años volvía a situarse por encima de la media, en lo que respecta a ritmos de crecimiento de América Latina. Esa consolidación evidente del régimen, que no encontraba ninguna oposición fuerte, hubiese por si mismo tirado abajo el mito, sino fuese por el fervor casi religioso, especialmente en el exterior, de todo exilado de la Unidad Popular.

Pero de una forma u otra esa «realidad chilena», que era la única en función de la cual los militantes de la Unidad Popular concebían su vida y el mundo (¡nunca el nacionalismo y el chovinismo habían llegado a tales extremos como en el Exilio chileno organizado!), llegaba a los sectores menos implicados, lo que producía choque cada vez más violentos con la historia tal como se hacía al interior de la Unidad Popular.

Luego se sumaron un conjunto de elementos que deterioraron aún más el mito. Presos salidos de Chile, declaraban que nunca habían recibido ninguna ayuda del exterior cuando estaban en la cárcel. Y ello, cuando los militantes de los distintos aparatos habían hecho miles de «colectas para los presos de Chile».

Poco a poco a los fantásticos cuentos sobre «el frente» se le empezaron a superponer «soluciones más pragmáticas» como que Pinochet renunciaba y habría un gobierno de transición… o muchas otras, al mismo tiempo que a las «victorias obtenidas» se le comenzaron a superponer las innumerables versiones sobre las luchas entre grupos de interés al interior de cada uno de los partidos, en donde cada versión acusaba a los rivales de horribles traiciones, de inconsecuencia, de robar dinero de la resistencia para uso personal… Todo esto olía fuerte a rotundo fracaso… y además por más crédulo que pueda ser uno… Pinochet continuaba incólume.

En el Exilio, la gran mayoría de los militantes del aparato habían organizado su vida alrededor del mito de la resistencia, y quién más quién menos pensaba volver rápido a Chile en triunfador. En muchos casos la profesión de los militantes era, aunque hoy pueda resultar de humor negro, la de «resistentes». Entre otros problemas (como los impresionantes traumas o comportamientos psicópatas ante la intuición de la realidad), ello implicaba un costo demasiado grande; en «profesionales» que no se justificaba y que llegado un límite no pudo ser soportado. Todo ello fue debilitando: el aparato y sus mitos.

Las «discrepancias”, que en general era una forma de cubrir políticamente verdaderas luchas de intereses frustraciones, mentiras, negociados, fueron dividiendo y pudriendo cada uno de los aparatos de la famosa «resistencia». Así se llega a una situación de putrefacción generalizada de los aparatos, en los últimos 4 años de la década del 70, en donde a pesar de lo que dicen los grandes jefes, radio Moscú u otras emisoras fieles, los aparatos se vaciaron, la gente se desbandó. Si bien se han dado casos de rupturas políticas con toda la Unidad Popular, sin que hasta ahora exista a nuestro conocimiento ningún balance serio de su historia al servicio de la contrarrevolución, la gran mayoría de los antiguos militantes han optado por una solución de aislamiento, muchas veces de búsqueda individual de una «solución» y en muchos casos han pasado de la más religiosa credulidad en sus políticos, a la incredulidad total en toda transformación socio-política.

Mientras ese proceso se consumaba fundamentalmente en «el exterior», en Chile, los límites de la fase de acumulación inicia da en 1975 comenzaron a hacerse sentir, y poco a poco el «milagro chileno» cedió paso a una nueva crisis generalizada. Con ella comenzaron de nuevo todos los problemas que habían quedado suspendidos, y en especial el que más nos interesa: la reemergencia del proletariado, vanguardizado una vez más por el proletariado minero. Se podría pensar que este hecho, hubiese inflado nuevamente la camiseta de los de la Unidad Popular, pues por fin había una verdadera resistencia a Pinochet. En realidad, ello no fue así, ni podía ser así, pues por razones históricas muy concretas la Unidad Popular ha sido el antagonismo vivo de las luchas del proletariado minero. El hecho de que justamente la verdadera lucha contra Pinochet, haya escapado por completo a la estructuración de la Unidad Popular (y que precisamente por ello sea una lucha del proletariado contra la burguesía), que la clase obrera recomience a manifestarse como clase, como fuerza autónoma, en un sector de la clase obrera que tradicionalmente la Unidad Popular no solo no controla, sino que históricamente ha condenado y reprimido, fue el elemento decisivo del derrumbe del mito de la resistencia Unidad Popular y lo que terminó de pudrir los sectores de la Unidad Popular que aún podrían creer.

El proletariado minero

Como lo hemos explicado en otras oportunidades (6), el proletariado minero que en el mundo entero ha estado a la vanguardia de las luchas, es en países como Bolivia, Chile, Perú… el núcleo de la lucha del proletariado. Núcleo en el sentido fuerte de la palabra, como centro, como puntal a través del cual todo el proletariado concentra sus energías y ejerce su fuerza contra el enemigo, pues sabe que ahí su correlación de fuerzas (importancia estratégica del sector en la economía nacional) es más favorable. Esto se ha confirmado históricamente, siempre en todos estos países.

En Chile desde tiempos inmemoriales las grandes batallas de clase contra clase, tuvieron como núcleo del proletariado a los mineros. Últimamente todos y cada uno de los gobiernos (Frei, Allende, Pinochet), encontraron el talón de Aquiles de su política económica en la respuesta clasista del proletariado minero.

Hasta el gobierno de Allende las respuestas burguesas, habían sido las tradicionales, el garrote y la zanahoria. El gobierno de Allende fue el primero que intentó incluso eliminar la zanahoria. Cuando ante la baja del poder adquisitivo de los salarios los mineros comenzaron a solicitar aumentos, el gobierno de Allende respondió diciendo que ya ganaban mucho, que Chile era pobre, que ganaban más que los otros obreros, que eran la aristocracia obrera… y como si todo eso fuera poco que «ahora el cobre es chileno».

Para los mineros, como para cualquier otro sector de la clase obrera, la absurda cuestión filosófica sobre la nacionalidad de las materias brutas o las máquinas con las que tratan, le tienen sin cuidado; trabajar para una sociedad anónima de otro país o para el Estado, es exactamente lo mismo. Su interés es mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, trabajar menos, cobrar más, es decir luchar por imponer a la burguesía una tasa de explotación (tiempo de trabajo en el que producen para el capital dividido el tiempo de trabajo en el que producen valores correspondientes a sus medios de vida) lo menor posible.

Frente a esto el aparato de la Unidad Popular esgrimía su teoría kautskísta-leninista, diciendo que los obreros eran economicistas, tradeunionistas, aristocracia obrera, que las faltaba politizacíón… Lo que le proponían era abandonar su interés «económico» en nombre de su supuesto interés político: «un gobierno de los trabajadores», y la «nacionalización del cobre».

Tal vez muchos de los militantes de la Unidad Popular hayan leído «El Capital» y los trabajadores de las minas no. Sin embargo no nos cabe la más mínima duda de que la esencia de la lucha de clases, del lado proletario, tal como la describe Marx en su obra, ha sido perfectamente comprendida por los mineros y no por los de la Unidad Popular. Nada más normal que los trabajadores luchen por imponer una tasa de explotación menor.

Pero aquí no se encuentra sólo el interés »económico» de los mineros, sino contrariamente a lo que dicen los de la Unidad Popular también su interés general, histórico y político (7), pues la lucha por una menor explotación los fortifica en la lucha contra todo el Estado burgués y además porque por otro lado un régimen proletario se caracteriza, primeramente por la apropiación por parte del proletariado del producto (y la reducción del tiempo de trabajo, de su intensidad, etc.) lo que implica en términos inmediatos de disloque general de la tasa de explotación, la liquidación de la plusvalía la transformación del trabajo excedente en un fondo social, etc.

Por lo tanto, aún ignorando todo el resto de 1o que fue la Unidad Popular, hubiese, bastado esa sola argumentación contra las reivindicaciones mineras, hubiese sido suficiente el rechazo y la represión con la que la Unidad Popular respondió a los mineros de El Teniente para caracterizar a dicho frente popular y al gobierno correspondiente como antiproletario y contrarrevolucionario.

No podemos aquí entrar en el detalle de las diferentes luchas que opusieron al proletariado nucleado por el proletariado minero contra todo el capital en Chile, representado por la Unidad Popular. Digamos simplemente que este gobierno, utilizó principalmente el enfrentamiento y la denuncia frontal y utilizando el mito de que el cobre era chileno el argumento de que ganaban más que otros sectores de la clase obrera, intentó (y logró parcialmente) movilizar a otros sectores obreros (que renunciaban claro está a los intereses de su clase) contra los mineros. Como todo esto y la represión no fue suficiente para acallar la lucha de los proletarios del cobre, éstos fueron acusados de agentes de la CIA, de hacerle el juego a la democracia cristiana, al fascismo, a la derecha (8).

De ahí que haya sido tan molesto para la Unidad Popular el hecho indiscutible de que hayan sido precisamente los proletarios mineros de El Teniente, y de Chuquicamata la verdadera vanguardia de la lucha contra Pinochet.

En la época más oscura de la contrarrevolución, en los años más tenebrosos del triunfo pinochetista, por 1977-78, cuando en la resistencia ya se creía menos, y la Unidad Popular se derrumbaba, cuando en Chile el asociacionismo obrero estaba en su punto más bajo y solo existían los sindicatos fieles y promocionados por el régimen, los mineros volvieron a anunciar su existencia. Se trataba de los primeros pasos reorganizativos y el pretexto inmediato consistió en un conjunto de reivindicaciones en la mina de El Teniente referentes a la comida, los turnos, etc. Hubo algunas medidas de lucha, el régimen no se atrevió a utilizar la represión, se lograron algunas mejoras.

Luego vino el 81, año en el que la crisis vuelve a manifestarse en Chile y en las emergentes luchas de clase, el proletariado minero volvió a encontrarse a la cabeza. La situación se sigue desarrollando en 1982 y 1983, hasta llegar a la situación actual, de reemergencia del proletariado (no sólo en Chile sino en toda la región) en donde el carácter de vanguardia indiscutido del proletariado minero nadie será capaz de ponerla en duda.

Cuando terminamos este texto (15 junio 1983), se viven jornadas heroicas de lucha de clase contra clase y los mineros constituyen el núcleo central del proletariado. Recordemos una vez más que lo que está a la cabeza de todo el proletariado, son esos mineros que la Unidad Popular decía de derecha, la aristocracia obrera, los economicistas. Que sirva esto de lección terminante no sólo para condenar a todas las fuerzas que en esas circunstancias se pusieron del lado de la Unidad Popular, sino a todas esas teorías kauskistas que constituyen la quintaesencia del pensamiento de la izquierda en el mundo entero.

Al respecto un elemento más. La Unidad Popular consideraba que lo decisivo en la “resistencia» era la «conciencia política», que equivale a un pensamiento de «izquierda». Los hechos vienen a confirmar una vez más el ABC de la teoría de Marx contra todos sus revisores, el proletariado reemprende la lucha no en base a la «conciencia” sino contra las condiciones de explotación, el proletariado minero se ve forzado a enfrentarse con todo el Estado chileno, no gracias al aporte de conciencia de la izquierda burguesa!!! (los sectores obreros con mayor tradición P“C” como lo que queda de la industria textil, o como sectores de la transformación industrial del cobre, son los que más les cuestan plegarse a la lucha que se vive hoy), sino aferrándose a sus intereses llamados “económicos», en realidad aferrándose a sus intereses a secas. Y frente a estos intereses todos los programas de democratizaciones, socializaciones, liberación nacional, no tienen nada que aportar, sin que sean su propia negación. De ahí que la contraposición entre todas esas reformas del capital y la lucha revolucionaria del proletariado no sea sólo un problema estratégico, un problema para otra etapa de la lucha (como pretende la izquierda burguesa), sino que esa contraposición se encuentra en la base misma de la vida y de la lucha del proletariado.

Debilidad y fuerza del proletariado: Perspectiva

Sin lugar a dudas, el hecho de que el proletariado no respondiera como clase en 1973 al ataque de la derecha, fue un signo objetivo e indiscutible de debilidad. Sin embargo, el hecho de que no se dejase arrastrar a una respuesta como furgón de cola de la resistencia de la Unidad Popular, es dentro de aquel cuadro general, una reacción importante y válida de autoconservación y en última instancia, un primer indicador de la fuerza que podía tener cuando remergiera como clase. Hacerse matar por intereses que no son los de ellos, es un error que la historia no perdona, como lo demuestra el millón de muertos que al proletario en España le costó el dejarse arrastrar hacia la guerra intercapitalista y haberse sometido a la dirección de la burguesía.

En última instancia, pues el proletariado chileno, tuvo al menos la «inteligencia” de no dejarse arrastrar a una guerra –entre izquierda y derecha del capital– que no era la suya y en la cual no tenía, ni tiene, nada que ganar. Si no hubiese sido por eso –que es válido para todo el Cono Sur– contaríamos los muertos, no por miles, sino seguramente por cientos de miles y el proletariado como clase hubiese sido barrido de la historia, no por 8, 10 o 15 años, sino (como en España!) por 30, 40 años o más. Peor aún, la generación de proletarios que se reconstituiría como clase habría perdido toda ligazón histórica, teórico-práctica, con la generación que vivió y sufrió, la derrota (como en España…, como en el mundo entero!) y sería sumamente difícil asegurar la memoria colectiva de la clase. Hoy, en 1983, cuando la reemergencia del proletariado como clase, comienza a hacerse sentir, a pesar de lo limitado de las fuerzas de las organizaciones revolucionarias, el proletariado en Chile (y en otros países de la zona), cuenta con un elemento a su favor, del que carece en otras regiones: haber vivido en carne propia la ola revolucionaria y la contrarrevolución (y no hace 2 o 3 generaciones como sucede en Europa occidental o Rusia) y el contar aún en sus filas con miles de hombres y mujeres, que no han olvidado, ni olvidaron y que conocen por su propio sufrimiento, que todos los partidos populares, así como los que se dicen obreros constituyeron los aliados objetivos y reales de los que son abiertamente de derecha. En forma más consciente o menos, esos proletarios sienten en lo más profundo de sus tripas, que cualquiera que sean los programas, escisiones, alianzas que propongan, seguirán siendo sus enemigos y que no se puede contar más que con las propias fuerzas.

Hoy, en mayo-junio 1983, las primeras batallas de una nueva fase de lucha de clases comienzan a librarse. El proletariado, con su acción está confirmando su propia teoría, solidarizándose con las luchas del proletariado minero y contraponiéndose a todo el Estado del capital, hoy todavía con pinchote a la cabeza. Mañana esa misma lucha seguirá, contra otros administradores, que el Estado del Capital pondrá en su lugar. Para eso está ultrapreparada la democracia cristiana e intentar prepararse sobre bases algo cambiadas los viejos partidos de la izquierda del capital. Es lo que sucede con la llamada, «convergencia Socialista». En efecto si bien es cierto que ella es el producto mismo de la crisis de la Unidad Popular, del fracaso de su programa y de su incapacidad de continuar controlando al proletariado, si bien es en este sentido un reflejo de éste, de su reaparición en la escena social y que hay sectores del proletariado en lucha que se reconocen en ella; no es en absoluto el proletariado mismo constituyéndose en fuerza, sino que la “convergencia socialista” con grandes choques y contradicciones se va constituyendo como una nueva canalización burguesa que responde y en muchas de sus expresiones, como carece de la vieja y contrarrevolucionaria izquierda chilena. Ello se refleja en el hecho de que si bien hay una cierta crítica al estalinismo, demasiado quemado ante los ojos del proletariado así como a otras expresiones de la ideología “marxista-leninista” y una voluntad evidente de prestar más oídos a lo que “surge de la base”; la mencionada convergencia, es precisamente la “convergencia” de la reemergencia de la discusión, la movilización y la agitación en las bases obreras con la posibilidad (el stalinismo encuentra mayores dificultades para seguir el tren de la historia) y necesidad de parte de la vieja estructura de la Unidad Popular de renovarse, vestirse de nuevo, para no perder el tren, reencuadrar al movimiento obrero y continuar su viejo política socialoide; lo que se expresa a su vez en que todas las expresiones formales (direcciones, escritos, llamados…) son características del socialismo burgués y del cretinismo democrático.

Ello no debe ni alarmarnos, ni debemos considerar esta situación como catastrófica. El renacimiento del proletariado como clase no puede hacerse de un día para el otro en forma pura y autónoma. Por un lado el proletariado está obligado a conquistar su autonomía en largas y duras batallas, por el otro es totalmente normal que la burguesía (clase que tiene como secreto de su dominación el encuadrar una parte de sus esclavos y utilizarlos contra otra parte de sus esclavos) intente no perder el tren y se readapte, e intente controlar y desvirtuar cada una de sus estructuras y organismos en que el proletariado intente forjar su autonomía.

Sin embargo, la clave de los resultados de la lucha de clases futura, que hoy se reinicia en Chile, está precisamente en esa puja entre la autonomía, es decir la separación del proletariado como fuerza de todas las fuerzas del capital, y la subordinación, es decir la capacidad de la burguesía de someter, dirigir y en última instancia anular toda autonomía de clase, liquidando al proletariado en una nueva reconstitución del pueblo, de la unidad popular, de un frente popular.

Por ello hoy todas las fuerzas sinceras del proletariado en la lucha cada vez más abierta contra él régimen, tienen como tarea central el empujar a esa separación, a esa autonomía, no aportando ninguna consciencia externa y contraria a lo que surge del movimiento, (como pretende tanto “leninista”), sino, por el contrario, en la lucha misma contra la explotación y sus condiciones, haciendo explícita la ruptura que existe en la realidad, propagandeando y agitando la historia misma de la clase, haciendo consciente la ruptura que existe en el movimiento mismo, denunciando cualquier tentativa de supeditación de los intereses del proletariado al viejo programa populista y por lo tanto denunciando tanto a todos los viejos dirigentes de la Unidad Popular que intentan no perder el tren, como a los programas de socialismo burgués que tratan de canalizar la lucha; en fin, gritando que el proletariado solo construirá su camino aferrándose a sus intereses, enfrentándose con toda la democracia y el socialismo burgués, constituyéndose en fuerza real e internacional de clase, para ejercer su propia dictadura y, abolir, la sociedad mercantil, el Estado, las clases sociales…

Muera Pinochet y su régimen de miseria y opresión

 Mueran todas las fuerzas del capital que se aprestan a sustituirlo

 Viva la lucha del proletariado minero; viva la lucha del proletariado en Chile; viva la lucha del proletariado internacional

Por su reorganización en fuerza comunista mundial

Grupo Comunista Internacionalista / Revista Comunismo Nº 13

 

NOTAS

(1) Ver Memoria Obrera: Chile septiembre 1973 en Comunismo nº 4.

(2) Cuando mencionamos la Unidad Popular a secas debe comprenderse incluido al MIR, que en realidad desde que la Unidad Popular asumió el gobierno, no fue otra cosa que su apéndice radical.

(3) Diferentes documentos y declaraciones de los golpistas atestiguan dicha sorpresa.

(4) Debe recordarse que la Unidad Popular se caracterizó por una defensa extrema de las asignaciones legales de habitaciones y casas y que fue por eso que se vio confrontada a reprimir muy severamente las ocupaciones realizadas por los «sin casa» que pretendían apropiarse, cuando ese Gobierno asumió, de las viviendas asignadas a agentes de las fuerzas represivas.

(5) Acerca del Exilio organizado, ver nuestro texto: «Exilio: Revolución y Contrarrevolución» en Comunismo nº 2.

(6) Ver por ejemplo «Bolivia, aperturas democráticas, plomo y metralla contra un proletariado indomable pero sin dirección revolucionaria» en COMUNISMO nº 5.

(7) Hemos explicado en muchas oportunidades que no existen separaciones, ni autonomía entre tipos de intereses del proletariado. Nosotros utilizamos la terminología vulgar que contiene en sí la falsa oposición (económicos-políticos, inmediatos-históricos) sólo para criticarla y contraponerle los intereses a secas, globales.

(8) De más está decir que en la lucha interburguesa, una lucha como esta no podía dejar se ser utilizada y es evidente que la derecha, la democracia cristiana, intentó infiltrarse y dirigir la lucha de los mineros. Pero este elemento es totalmente marginal y no permite explicar nunca la contradicción fundamental que estaba en juego: ¡reivindicaciones proletarias contra el Estado patrón!

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