A 40 años del golpe: Desmitificar nuestra historia, romper con toda idolatría y continuar la lucha revolucionaria por fuera y en contra de la institucionalidad capitalista.

Pinochet fue designado comandante en jefe del Ejército de Chile el 23 de agosto de 1973 por el socialdemocrata antifascista Salvador Allende.

“En cambio, las revoluciones proletarias (…) se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Hic Rhodus, hic salta!

¡Aquí está la rosa, baila aquí!” (K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1852)

La clase que lucha, que está sometida, es el sujeto mismo del conocimiento histórico. En Marx aparece como la última que ha sido esclavizada, como la clase vengadora que lleva hasta el final la obra de liberación en nombre de generaciones vencidas. Esta consciencia (…) le ha resultado desde siempre chabacana a la socialdemocracia (…). Se ha complacido en cambio en asignar a la clase obrera el papel de redentora de generaciones futuras. Con ello ha cortado los nervios de su fuerza mejor. La clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados.” (W. Benjamin, Tesis de filosofía de la historia, 1940)

“Y si queremos en la próxima revolución dejar las puertas abiertas a la reacción (…), no tenemos más que confiar nuestros asuntos a un gobierno representativo, a un ministerio armado de todos los poderes que hoy posee. La dictadura reaccionaria, roja en un principio, palideciendo a medida que se siente más fuerte sobre su asiento, no se hará esperar, porque tendrá a su disposición todos los instrumentos de dominación y los pondrá inmediatamente a su servicio”. (P. Kropotkin, El gobierno representativo, 1880)

No podemos, como explotadas/os que aspiramos a dejar de ser tales, relegar nuestra historia a la mera cronología de sucesos aparentemente aislados, a la mitificación nostálgica del pasado, a la recuperación ideológica que pretenden perpetrar las decenas de versiones (de izquierda y derecha) en que se presenta el “partido del orden”[1]. Nuestra mirada de las distintas experiencias que a través de los años han cuestionado el orden social impuesto, a partir de las cuales se ha llegado a comprender la necesidad ineludible del derribamiento revolucionario de las relaciones e instituciones capitalistas, responsables del mantenimiento de las condiciones de miseria general, debe posicionarse en ruptura con todos esos intentos de deformación histórica, si es que sinceramente deseamos extraer del pasado lecciones útiles para encarar el presente. Esto, por cierto, no significa clamar por una revisión “objetiva” de los procesos históricos. Tal pretensión academicista requeriría situarse en una posición neutral que simplemente no existe. Por el contrario, aspiramos a un examen crítico de la historia que sea capaz de comprender las verdaderas potencialidades que encarnaban ciertos fenómenos y experiencias, a la vez que intenta vislumbrar sus errores y límites, sin dejar de lado el contexto social-histórico dentro del que surgen. Y, ante todo, no buscamos las respuestas a las derrotas de nuestra clase en los “errores” en que las camarillas políticas, arrogándose la representación del “pueblo”, hayan podido incurrir, sino precisamente en aquellas/os en cuyo nombre se pretendía actuar. Es en este sentido que rescatamos la herencia rebelde de aquella experiencia subversiva que agitó las frías aguas de la sociedad capitalista chilena durante los años 60 y 70, obligando a la reacción a utilizar sus recursos más sanguinarios para ponerle freno -como parte de la reacción mundial frente a la gran oleada revolucionaria que sacudió a todo el mundo durante aquel periodo-, mediante el golpe militar y la represión más dura ejercida por los aparatos de seguridad de la dictadura. Lo importante, en cualquier caso, es comprender que tal derrota se vio inmensamente favorecida por la desactivación de las experiencias radicales llevada a cabo por la social-democracia durante los años previos, proceso que compromete a prácticamente todo el aparataje político que se hacía llamar revolucionario, participando directamente en el estado burgués, o actuando como su ala izquierdista “crítica”.

De esta forma, el discurso demócrata oficial, aquel que llama a la “reconciliación nacional”, a la “superación de las divisiones del pasado” para “mirar hacia el futuro”, a juramentar un “nunca más” basado en el respeto a la institucionalidad democrática (por tanto, burguesa), se presenta como un clásico recurso del poder para negar discursivamente cualquier posibilidad de ruptura radical con la reproducción del capitalismo. Y en este sentido, no constituye ninguna novedad. Por lo mismo, no merece el gasto de energía, para los fines que nos hemos propuesto aquí, el desarrollo de una crítica más detallada de las políticas de quienes tan claramente se exhiben como enemigos acérrimos de toda actividad cuestionadora de la miseria existente. Lo que sí se hace necesario es aportar a la comprensión real del papel que todo el sector político conocido como la “Izquierda”, con todos sus matices, jugó y sigue jugando en el mantenimiento del orden social clasista. Desde luego, esto no es tarea fácil de realizar en un medio que cree una misma cosa la crítica y acción anticapitalistas y la pertenencia –doctrinaria y militante- a la Izquierda. Para nosotros/as, no se trata de jugar a ser “más” radicales levantando enemigos donde tradicionalmente se solía ver a “compañeros de viaje”, sino de criticar –incluyendo, por supuesto, la autocrítica- aquellas lógicas relacionales, aparatajes organizativos y  convencimientos ideológicos de quienes han históricamente pretendido actuar en nombre de “la clase obrera”, del “pueblo”, “los oprimidos”, o como sea que circunstancialmente nos llamen a las/os explotadas/os, en el intento de transformarse en vanguardia de un movimiento que constantemente les supera. No es este el espacio para llevar a cabo una crítica más profunda, que analice las raíces históricas de la Izquierda como fracción política inherente a un sistema de dominación dado, y que sistematice los argumentos lógicos/teóricos que llevan a comprender al movimiento revolucionario del proletariado necesariamente como anti-político, en el sentido de que sólo puede ser revolucionario, expresando un contenido comunista/anárquico, el movimiento que tienda a romper con todas las separaciones introducidas y mantenidas, mediante el ejercicio de la violencia, por la división clasista de la sociedad humana. Sin embargo, es necesario tener claridad al respecto. Se ha denominado Izquierda a aquel espectro político que pretende (honestamente en algunos casos, de manera descaradamente falsa en muchos otros) defender y representar los intereses colectivos de quienes sufren en carne propia las desgracias de la explotación capitalista (y que según el contexto histórico y la ideología particular, han sido llamados de distintas maneras –trabajadores, campesinos, pobres, oprimidos, populares, etc.). Lo más importante de notar es que la Izquierda existe en referencia a lo político, a la administración de la sociedad –en la inmensa mayoría de los casos, esto implica que tal administración es llevada a cabo a través del Estado. Y dentro de esta gama de expresiones políticas, algunas han sido clasificadas como “reformistas” y otras como “revolucionarias”. En general, tal clasificación se hace en referencia a cuestiones más bien de método que de contenido. Por ejemplo, se suele razonar que “reformistas” son quienes llaman a acudir a las urnas para desencadenar un cambio social que asegure más justicia, igualdad, participación, etc., y “revolucionarios” quienes desean llegar a lo mismo pero por vías insurreccionales. En cualquier caso, existe toda una escala cromática en tal clasificación (desde lo más amarillo al rojo más oscuro). Lo político, la determinación de la administración de la sociedad, es posible si se detenta un poder más o menos centralizado. Es decir, lo político siempre existe, de una u otra forma, y quiéranlo o no aceptar quienes se organizan “políticamente”, en torno al Estado (en la forma en que se presente). De esta manera, si la comunidad humana que pretendemos construir revolucionariamente supone el fin de la dominación de cualquier tipo, y por ende, la abolición de la jerarquización social, el mantenimiento de esferas separadas de actividad humana, especializadas en el ejercicio del poder, sólo puede significar, o bien que el proceso revolucionario fue derrotado, o que aún existen fuerzas reaccionarias en escena. En lo fundamental, esta es la raíz de la necesidad de un movimiento que niegue y supere la política, tanto oficial como pretendidamente revolucionaria. Ahora, esto no nos lleva a la ceguera de meter en un mismo saco a todas las expresiones que se han identificado como políticas. Debemos ser capaces de descubrir el contenido real de los fenómenos sociales y las propuestas de acción generadas, aquí y en todas partes del mundo, más allá de las palabras a las que recurran para su expresión. Así también, debemos diferenciar aquello que se presenta como una forma de cooptación determinada directamente desde la clase dominante, con el fin de contener el auge de la crítica social en actos, de lo que constituyen expresiones auténticas de la clase en su búsqueda de una interpretación más acertada de su realidad inmediata e histórica, expresiones que, por cierto, pueden y deben también ser criticadas. Por tanto, una cosa es atacar los intentos de cooptación del poder, y otra es la crítica –todo lo dura y frontal que se requiera– a los intentos de traducir la propia lucha en el lenguaje de la ideología dominante. Y lo que ocurre, casi siempre, es que estas dos situaciones se entremezclan. Lo que se acentuó, de hecho, durante el gobierno social-demócrata de la UP.

En definitiva, el papel desempeñado por la Izquierda (institucional y “revolucionaria”, voluntaria o involuntariamente), en contextos de gran agitación social y aparición de fisuras en la reproducción del sistema capitalista, no es otro que el de contener el empuje y la creatividad de la clase en lucha, secuestrando su representatividad y dispersando su potencial revolucionario en formas de “enfrentamiento” dóciles y en objetivos formulados en la lógica de la ideología dominante. La Izquierda, que es la Izquierda del capital, no busca otra cosa que la administración más justa de la explotación capitalista, y cuando se muestra incapaz de contener el avance proletario, que vislumbra los límites de la práctica que las ideologías y organizaciones partidistas le asignan, que empieza a comprender sus reales posibilidades y a generar consciente y autónomamente las herramientas coherentes a sus necesidades de emancipación, es entonces cuando la dinámica del capital saca a relucir todo su arsenal del terror para ejecutar un papel represivo mucho más directo. La burguesía nunca se ha limitado a la hora de recurrir a la violencia política sistemática, ejercida ya sea directamente por sus cuerpos de orden y seguridad, como por organismos exclusivamente creados para la expansión del terrorismo de estado, cuando sus intereses se ven en peligro inminente. En tal sentido, la dictadura no surge contra la democracia; es la continuación de su tarea cuando ésta se muestra impotente, o cuando la aplicación de cambios drásticos en la estructura y forma de la explotación capitalista es requerida, procesos que suelen ir de la mano.

Cuando la cooptación se muestra insuficiente, sólo queda a disposición la “razón de la fuerza”. El golpe del 11 de septiembre tiene entonces que ser entendido como un ataque del capital a las luchas proletarias que se intensificaban y multiplicaban, en muchos casos criticando y superando explícitamente a la UP, la que a pesar de desarmar las experiencias más radicales, se mostraba incapaz de mantener el orden capitalista, orden que en lo fundamental jamás se propuso poner en tela de juicio. Obviamente, entran en juego siempre los intereses particulares de distintos bloques o grupos, siendo notorio el apoyo norteamericano a las maniobras golpistas de la derecha política. Pero tras las luchas espectaculares entre izquierdas y derechas, se encuentra la continuidad de la reacción burguesa al desarrollo del contenido comunista que las luchas proletarias van gestando. En dicho proceso, es innegable, como ya dijimos, que muchas y muchos militantes que desarrollaron una interpretación más lúcida de la realidad social, formaron parte de alguno de los partidos que pretendía ser revolucionario. Esto, sin embargo, debe ser matizado. Los mismos testimonios de estos militantes dan cuenta de cómo eran incapaces de dirigir las experiencias autogestionarias que se multiplicaban.

Hoy, desde los alegatos tímidos de los sectores que se suman a la institucionalidad gobernante, pidiendo “Justicia” para que exista una “democracia madura” (y a través de los tribunales burgueses, claro está, constituyendo ésta más bien un recurso retórico que una exigencia real), a los clamores por reconstruir la “unidad de la Izquierda desde abajo”, tomando como molde directo a la UP, eso sí, reparando sus “errores”, encontramos un mismo hilo conductor, una misma esencia ideológica y programática: creer que avanzamos al socialismo mediante la acumulación de reformas, que la economía puede ser más justa y que la democracia se puede profundizar. Y todo esto, cuando se reconoce que no es el “ideal último” al que se aspira, sino una cuestión de estrategia, se hace en base a la imposición de límites a las propias capacidades del proletariado en su conjunto de realizar una crítica radical y de generar experiencias, espacios y relaciones profundamente distintas y opuestas a las que se replican desde la sociedad capitalista.

Por todo esto, hemos decidido reunir los siguientes textos en esta recopilación en torno al golpe del 11 de septiembre, que repasan la labor de la social-democracia durante la UP e intentan recoger las contradicciones que se explicitaban en dicho proceso, tendiendo a la crítica y superación de los márgenes reformistas e institucionales. Más allá de todas las diferencias expuestas, el dolor desatado por la represión sanguinaria de la dictadura (ya sea contra cuadros políticos, activistas sin partido o personas sin militancia) es también nuestro, y cada una de las vidas cobradas a manos de pacos, milicos y agentes de los aparatos de “inteligencia” constituyen una razón más para avanzar hacia la destrucción de este sistema aberrante. Se aproxima el momento en que aquellos que mantienen este mundo de miserias se enterarán de que, tal como les advirtiera el anarquista Paulino Pallas hace más de un siglo, antes de su ejecución, “la  venganza será terrible”.

Revista Revolución Hasta el Fin / Chile – 2014

Notas

[1]  A decir de Marx, durante los sucesos revolucionarios en Francia desde 1848 al golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, todos los estamentos reaccionarios de la sociedad se habían unido en un “partido del orden frente a la clase proletaria, como partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo.” (K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1852)

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