Extraña derrota: La revolución chilena, 1973 – PointBlank!

PointBlank! fue un agrupamiento revolucionario de inspiración situacionista y consejista que existió en Estados Unidos durante los años 70. El documento reproducido más abajo, cuya traducción realizada por Columna Negra hemos levemente modificado en esta edición, constata vehementemente algunas lúcidas posiciones frente al proceso revolucionario experimentado bajo el gobierno de la social-demócrata Unidad Popular y el posterior golpe militar. Además del valor que tiene en sí mismo, como evidencia de las coetáneas críticas revolucionarias a la actividad reaccionaria del reformismo representado por la UP y su ala izquierdista, el contenido defendido  en las siguientes líneas refleja en general la necesidad vital del proletariado de realizar sus luchas autónomamente hasta alcanzar su real emancipación, por tanto lo certero de su críticas y sus posiciones no dejan de estar vigentes. No obstante, este no es un documento historiográfico, y fue realizado en fechas inmediatamente posteriores al golpe, por compañeros geográficamente lejanos. Por lo mismo, pueden existir unas cuantas inconsistencias históricas, las que esperamos sepan ser criticadas y comprendidas en su contexto. El documento original en inglés puede ser descargado desde el sitio libcom.org.

***

I

En la arena espectacular de los acontecimientos reconocidos como “noticias”, el funeral de la social-democracia en Chile ha sido orquestado como un gran drama por aquellos que entienden el ascenso y caída de los gobiernos de forma más intuitiva: otros especialistas del poder. Las últimas escenas en el guión chileno han sido escritas en varios campos políticos de acuerdo con los requerimientos de ideologías particulares. Algunos han venido a enterrar a Allende, otros a alabarlo. Aún otros claman un reconocimiento ex post facto de sus errores. Cualesquiera sean los sentimientos expresados, estos obituarios han sido escritos con mucha antelación. Los organizadores de la “opinión pública” sólo pueden reaccionar reflexivamente y con una distorsión característica de los propios acontecimientos.

En tanto los respectivos bloques de la opinión mundial “escogen su lado”, la tragedia chilena es reproducida como farsa a una escala internacional; la lucha de clases en Chile es disimulada como un seudo-conflicto entre ideologías rivales. En las discusiones ideológicas nada será oído de aquellos/as para los/as que el “socialismo” del régimen de Allende estaba supuestamente dirigido: los/as trabajadores/as y campesinos/as. Su silencio ha sido asegurado no sólo por quienes los ametrallaron en sus fábricas, campos y casas, sino también por quienes pretendieron (y continúan pretendiendo) representar sus “intereses”. Pese a mil falsificaciones, las fuerzas que estuvieron involucradas en el “experimento chileno” todavía no se han agotado. Su contenido real será establecido sólo cuando las formas de su interpretación hayan sido desmitificadas.

Por encima de todo, Chile ha fascinado a la llamada Izquierda en cada país. Y documentando las atrocidades de la presente junta, cada partido y secta intenta conciliar las estupideces de sus análisis previos. Desde los burócratas-en-el-poder en Moscú, Pekín y La Habana, a los burócratas-en-el-exilio de los movimientos trotskistas, un coro litúrgico de pretendientes izquierdistas ofrecen sus evaluaciones post-mortem de Chile, con conclusiones tan previsibles como su retórica. Las diferencias entre ellos sólo son de matiz jerárquico; comparten una terminología leninista que expresa 50 años de contrarrevolución a lo largo del mundo.

Los partidos estalinistas de Occidente y los estados “socialistas” ven, con justa razón, la derrota de Allende como su propia derrota: él era uno de los suyos –un hombre de Estado. Con la falsa lógica que constituye un mecanismo esencial de su poder, aquellos que saben mucho sobre el Estado y (derrota de) la Revolución condenan el derrocamiento de un régimen burgués, constitucional. Por su parte, los impostores “izquierdistas” del trotskismo y maoísmo sólo pueden lamentar la ausencia de un “partido de vanguardia” –el deus ex machina del bolchevismo senil- en Chile. Aquellos quienes han heredado la derrota de la revolución en Kronstadt y Shangai saben de lo que hablan: el proyecto leninista requiere la imposición absoluta de una deformada “conciencia de clase” (la conciencia de una burocrática clase dominante) sobre quienes en sus designios son sólo “las masas”.

Las dimensiones de la “revolución chilena” se encuentran fuera de los límites de cualquier doctrina particular. Mientras los “anti-imperialistas” del mundo denuncian –desde una segura distancia – los espantajos muy convenientes de la CIA, las razones reales de la derrota del proletariado chileno deben ser buscadas en otra parte. Allende, el mártir, fue el mismo Allende que desarmó las milicias obreras de Santiago y Valparaíso en las semanas previas al golpe y las dejó indefensas ante los militares, cuyos oficiales ya estaban en su gabinete. Estas acciones no pueden simplemente ser explicadas como “colaboración de clase” o una “traición”. Las condiciones para la extraña derrota de la Unidad Popular fueron preparadas con mucha antelación. Las contradicciones sociales que emergieron en las calles y campos de Chile durante agosto y septiembre no fueron simplemente divisiones entre “Izquierda” y “Derecha”, sino que involucraban una contradicción entre el proletariado chileno y los políticos de todos los partidos, incluyendo aquellos que posaban como los más “revolucionarios”. En un país “subdesarrollado”, una lucha de clases altamente desarrollada había surgido, amenazando las posiciones de todos aquellos que deseaban mantener el subdesarrollo, tanto económicamente a través de la dominación imperialista continuada, como políticamente a través del retardo de un auténtico poder proletario en Chile.

II

En todas partes, la expansión del capital crea su aparente oposición en la forma de movimientos nacionalistas que persiguen apropiarse de los medios de producción “en nombre” de los/as explotados/as y, de este modo, apropiarse del poder social y político para sí mismos. La extracción imperialista de plusvalor tiene sus consecuencias sociales y políticas no sólo en la pobreza forzada de las personas que deben convertirse en sus trabajadores/as, sino también en el rol secundario asignado a la burguesía local, que es incapaz de establecer su hegemonía completa sobre la sociedad. Es precisamente este vacío el que los movimientos de «liberación nacional» buscan ocupar, asumiendo así el rol dirigencial no cumplido por la burguesía dependiente. Este proceso  ha tomado muchas formas –desde la xenofobia religiosa de Gadafi a la religión burocrática de Mao-, pero en cada instancia las órdenes de marcha del “anti-imperialismo” son las mismas, y quienes las dan están en idénticas posiciones de mando.

La distorsión imperialista de la economía chilena proveyó una apertura para un movimiento popular que pretendía establecer una base de capital nacional. No obstante, el estatus económico relativamente avanzado de chile, impidió el tipo de desarrollo burocrático que ha llegado al poder por la fuerza de las armas en otras áreas del “Tercer Mundo” (un término que ha sido usado para conciliar las reales divisiones de clase en esos países). El hecho de que la “progresista” Unidad Popular fuese capaz de lograr una victoria electoral como una coalición reformista, fue un reflejo de la peculiar estructura social en Chile, que era en muchos aspectos similar a aquella de los países capitalistas avanzados. Al mismo tiempo, la industrialización capitalista creó las condiciones para  la posible superación de esta alternativa burocrática en la forma de un proletariado rural y urbano, que emergió como la clase más importante y con aspiraciones revolucionarias. En Chile, demócrata-cristianos y social-demócratas debían ser los adversarios de cualquier solución radical a los problemas existentes.

Hasta la llegada de la UP, las contradicciones en la Izquierda chilena entre una base radical de obreros/as y campesinos/as y sus llamados/as “representantes” políticos, permanecieron en gran medida en la forma de un antagonismo latente. Los partidos izquierdistas fueron capaces de organizar un movimiento popular únicamente sobre la base de la amenaza extranjera representada por el capital norteamericano. Comunistas y Socialistas fueron capaces de sostener su imagen de auténticos nacionalistas bajo el gobierno demócrata-cristiano, en base que el programa de “chilenización” de Frei (el que incluyó una política de reforma agraria emulada más tarde conscientemente por Allende) estaba explícitamente conectado a la “Alianza para el Progreso”, programa patrocinado por Norteamérica. La Izquierda oficial fue capaz de construir su propia alianza dentro de Chile oponiéndose, no al reformismo en sí, sino a un reformismo con vínculos externos. Incluso dada su naturaleza moderada, el programa opositor de la Izquierda chilena sólo fue adoptado tras la militante actividad de huelga de los 60 –organizada independientemente de los partidos- que amenazó la existencia del régimen de Frei.

La futura UP se movería dentro de un espacio abierto por las radicales acciones de los/as trabajadores/as y campesinos/as; se impuso como una representación institucionalizada de causas proletarias en la medida en que era capaz de recuperarlas. A pesar de la naturaleza extremadamente radical de muchas de las huelgas anteriores (que incluían ocupaciones de fábricas y administración de los trabajadores de varias plantas industriales, más notablemente en COOTRALACO[1]), la práctica del proletariado chileno carecía de una correspondiente expresión

Que gobiernos y revoluciones sociales no tengan nada en común fue demostrado también en las áreas rurales. En contraste a la administración burocrática de la “reforma agraria” que fue heredada y continuada por el régimen de Allende, las espontáneas tomas armadas de grandes fundos ofrecían una respuesta revolucionaria al “problema de la tierra”. Pese a todos los esfuerzos de la CORA (Corporación de la Reforma Agraria) para prevenir esas expropiaciones a través de la mediación de “cooperativas campesinas” (asentamientos), la acción directa de los/as campesinos/as fue más allá de aquellas ilusorias formas de “participación”. Muchas de las tomas de fundos fueron legitimadas por el gobierno sólo después que la presión de los/as campesinos/as hiciera imposible hacer otra cosa. Reconociendo que tales acciones cuestionaban tanto su propia autoridad como la de los terratenientes, la UP nunca perdió una oportunidad para denunciar expropiaciones “indiscriminadas” y llamar a una “desaceleración”.

Las acciones autónomas del proletariado urbano y rural formaron la base para el desarrollo de un movimiento significativo a la izquierda del gobierno de Allende. Al mismo tiempo, este movimiento proveyó de otra ocasión para que una representación política se impusiera en las realidades de la lucha de clases en Chile. Este rol fue asumido por los militantes guevaristas del MIR y su contraparte rural, el MCR (Movimiento Campesino Revolucionario), ambos exitosos en recuperar muchos de los radicales logros de obreros/as y campesinos/as. El lema mirista de la “revolución armada” y su rechazo obligatorio de la política electoral fueron meros gestos: poco después de la elección de 1970, un cuerpo de elite de las ex – guerrillas urbanas del MIR se convirtió en la selecta guardia de palacio personal de Allende. Los lazos que unían al MIR-MCR a la UP fueron más allá de puras consideraciones tácticas –ambos tenían intereses comunes que defender. A pesar de la postura revolucionaria del MIR, este actuó acorde a las exigencias burocráticas de la UP: siempre que el gobierno estuviera en problemas, los ayudantes del MIR moverían sus militantes alrededor de la bandera UP. Si el MIR no logró ser la “vanguardia” del proletariado chileno, no fue por no ser lo suficientemente vanguardia, sino porque su estrategia fue resistida por aquellos/as a quienes trató de manipular.

IV

La actividad de derecha en Chile aumentó, no en respuesta a algún decreto gubernamental, sino a causa de la amenaza directa planteada por la independencia del proletariado. Frente a las crecientes dificultades económicas, la UP sólo podía hablar de “sabotaje derechista” y de la obstinación de una “aristocracia obrera”. Pese a todas las denuncias impotentes del gobierno, estas “dificultades” eran problemas sociales que podían ser solamente solucionados de manera radical a través del establecimiento de un poder revolucionario en Chile. Pese a su pretensión de “defender los derechos de los trabajadores”, el gobierno de Allende probó ser un espectador impotente en la lucha de clases desplegada por fuera de estructuras políticas formales. Fueron los/as mismos/as trabajadores/as y campesinos/as quienes tomaron la iniciativa contra la reacción, y al hacerlo, crearon nuevas y radicales formas de organización social, formas que expresaban una conciencia de clase altamente desarrollada. Después de la huelga patronal de octubre de 1972, los/as trabajadores/as no esperaron a la intervención de la UP, sino que ocuparon activamente las fábricas y empezaron a producir por su cuenta, sin “asistencia” sindical o estatal. Los cordones industriales, que controlaron y coordinaron la distribución de productos, y organizaron la defensa armada contra los patrones, fueron formados en las fábricas. Contrariamente a las “asambleas populares” prometidas por la UP, que existían sólo en el papel, los cordones fueron levantados por los/as obreros/as mismos/as. En su estructura y funcionamiento, estos comités –junto con los consejos rurales– fueron las primeras manifestaciones de una tendencia consejista y, como tal, constituyó la contribución más importante al desarrollo de una situación revolucionaria en Chile.

Una situación similar existía en los barrios, donde las ineficientes “juntas de abastecimiento” (JAP) controladas por el gobierno[2] fueron superadas en la proclamación de “barrios auto-gobernados” y la organización de comandos comunales por los/as pobladores/as. A pesar de su infiltración por los fidelistas del MIR, estas expropiaciones armadas del espacio social formaron el punto de partida para un auténtico poder proletario. Por primera vez, gente que antes había sido excluida de la participación en la vida social era capaz de tomar decisiones concernientes a las realidades más básicas de su vida diaria. Los hombres, mujeres y jóvenes de las poblaciones descubrieron que la revolución no era un asunto de la urna; como fuese que se llamara la población –Nueva Habana, Vietnam Heroico– lo que ocurría ahí dentro no tenía nada que ver con los paisajes alienados de  sus homónimos.

Pese a que los logros realizados por la iniciativa popular eran considerables, una tercera fuerza capaz de plantear una alternativa revolucionaria al gobierno y a los reaccionarios nunca emergió totalmente. Los/as trabajadores/as y campesinos/as fallaron en extender sus conquistas al punto de reemplazar el régimen de Allende con su propio poder. Su supuesto “aliado”, el MIR, utilizó su discurso de oponerse al burocratismo con las “masas armadas” como máscara para sus propias intrigas. En su esquema leninista, los cordones fueron vistos como “formas de lucha” que podrían preparar el camino para modelos de organización futuros, menos “restringidos”, cuyo liderazgo sería cumplido sin duda por el MIR.

Por toda su preocupación sobre los planes de la derecha que amenazaban su existencia, el gobierno restringió a los/as trabajadores/as en la toma de acciones positivas para resolver la lucha de clases en Chile. Al hacerlo, la iniciativa pasó de manos obreras al gobierno, y al dejarse maniobrar por fuera, el proletariado chileno pavimentó el camino para su futura derrota. En respuesta a las súplicas de Allende tras el abortado golpe del 29 de junio, los/as trabajadores/as ocuparon fábricas adicionales sólo para cerrar filas tras las fuerzas que les desarmarían un mes después. Esas ocupaciones permanecieron definidas por la UP y sus intermediarios en el sindicato nacional, la CUT, el que mantuvo a los obreros aislados unos de otros al confinarlos dentro de las fábricas. En tal situación, el proletariado era impotente para llevar cualquier lucha independiente, y una vez que se firmó la Ley de Control de Armas, su destino se selló. Como los republicanos españoles que negaron armas a las milicias anarquistas en el frente de Aragón, Allende no estaba preparado para tolerar la existencia de una fuerza proletaria armada fuera de su propio régimen. Todas las conspiraciones de la Derecha no habrían durado un día si los/as trabajadores/as y campesinos/as chilenos hubiesen estado armados/as y organizado sus propias milicias. Pese a que el MIR protestó por la entrada de militares en el gobierno, ellos, como sus predecesores en Uruguay, los Tupamaros, sólo hablaron de armar a los trabajadores y tuvieron poco que ver con la resistencia que tuvo lugar. El lema obrero, “Un pueblo desarmado es un pueblo derrotado”, iba a hallar su amarga verdad en la masacre de trabajadores/as y campesinos/as que siguió al golpe militar.

Allende fue derrocado no a causa de sus reformas, sino porque fue incapaz de controlar el movimiento revolucionario que se desarrolló espontáneamente en la base de la UP. La Junta que se instaló en su lugar claramente percibía la amenaza de la revolución y se dedicó a eliminarla con todos los medios que tenía a su disposición. No fue un accidente que la resistencia más fuerte a la dictadura ocurriese en las áreas donde el poder de los/as trabajadores/as había llegado más lejos. En la planta textil SUMAR y en Concepción, por ejemplo, la Junta se vio forzada a liquidar este poder por medio de bombardeos aéreos. Como resultado de las políticas de Allende, los militares podían tener el camino libre para terminar lo que empezó bajo el gobierno UP: Allende fue tan responsable como Pinochet por los asesinatos en masa de obreros/as y campesinos/as en Santiago, Valparaíso, Antofagasta y otras provincias. Quizás la más reveladora de todas las ironías inherentes a la caída de la UP es que mientras muchos de los/as partidarios/as de Allende no sobrevivieron el golpe, muchas de sus reformas sí lo hicieron. Tan poco sentido quedaba a las categorías políticas, que el nuevo ministro de relaciones exteriores se describió a sí mismo como “socialista”.

V

Los movimientos radicales permanecen subdesarrollados en la medida en que respetan la alienación y entregan su poder a fuerzas externas en lugar de crearlo por sí mismos. En Chile, los/as revolucionarios/as aceleraron el día de su propio Termidor al dejar que los “representantes” hablaran y actuaran en su nombre: aunque la autoridad parlamentaria había sido efectivamente reemplazada por los cordones, los/as trabajadores/as no fueron más allá de estas condiciones de poder dual para abolir el estado burgués y los partidos que lo mantienen. Si las futuras luchas en Chile van a avanzar, los enemigos dentro del movimiento obrero deben ser superados prácticamente; las tendencias consejistas en las fábricas, poblaciones y campos deberán ser todo o nada. Todos los partidos de vanguardia que continúan haciéndose pasar por “líderes de los/as trabajadores/as” –ya sea el MIR, un PC clandestino, o cuales quiera otros grupos subterráneos escindidos– sólo pueden repetir las traiciones del pasado. El imperialismo ideológico debe ser enfrentado tan radicalmente como el imperialismo económico ha sido expropiado; obreros/as y campesinos/as sólo pueden depender de sí mismos/as para avanzar más allá de lo que lograron  los cordones industriales.

Las comparaciones entre la experiencia chilena y la revolución española de 1936 ya se han hecho, y no sólo aquí –uno encuentra extrañas palabras viniendo de trotskistas en alabanza de las milicias obreras que combatieron toda forma de jerarquía. Mientras es cierto que una tercera fuerza radical emergió en Chile, sólo lo hizo de forma tentativa. A diferencia del proletariado español, los/as revolucionarios/as chilenos/as nunca crearon un nuevo tipo de sociedad sobre las bases de una organización de consejos, y la revolución chilena sólo triunfará si estas formas (cordones, comandos) son capaces de establecer su hegemonía social. Los obstáculos para su desarrollo son similares a los enfrentados en España: los consejos y milicias españoles tuvieron dos enemigos, en la forma del fascismo y del gobierno republicano, mientras los/as obreros/as chilenos/as enfrentaron el capitalismo internacional y los manipuladores social-demócratas y el leninismo.

Desde las favelas de Brasil a los campos de trabajo de Cuba, el proletariado no está en el poder ni en Latinoamérica ni en ninguna parte, y esta impotencia le impele constantemente a nuevas acciones. Los/as trabajadores/as chilenos no están solos en su oposición a las fuerzas de la contra- revolución; el movimiento revolucionario que comenzara en México con las bandas guerrilleras de Villa no ha llegado todavía a su fin. En las milicias obreras que lucharon en las calles de Santo Domingo en 1965, la insurrección urbana en Córdoba, Argentina, en 1969, y las recientes huelgas y ocupaciones en Bolivia y Uruguay, las espontáneas revueltas de obreros/as y estudiantes en Trinidad en 1970, y la continuación de la crisis revolucionaria en el Caribe, el proletariado de Latinoamérica ha mantenido una continua ofensiva contra todos aquellos quienes buscan mantener las condiciones presentes.

En su lucha, el proletariado se enfrenta a varias caricaturas de revolución que se hacen pasar por sus aliados. Estos travestis a su vez han encontrado un falso movimiento en la llamada oposición de “ultra-izquierda”. Así, el ex – fascista Perón se prepara para construir un estado corporativo en Argentina, esta vez con un disfraz izquierdista, mientras los comandos trotskistas del ERP lo denuncian por no ser lo suficientemente “revolucionario”, y el ex-guerrillero Castro regaña a todos los que no cumplen con los estándares de la disciplina “comunista”. La historia no fallará en disolver el poder de estos idiotas.

Una conspiración de la tradición –con agentes tanto a la izquierda como a la derecha– asegura que la realidad existente se presente siempre en términos de falsas alternativas. Las únicas alternativas aceptables para el Poder son aquellas entre jerarquías en pugna: los coroneles de Perú o los generales de Brasil, los ejércitos de los estados árabes o aquellos de Israel. Estos antagonismos sólo expresan divisiones dentro del capitalismo global, y cualquier alternativa genuinamente revolucionaria deberá establecerse ella misma sobre las ruinas de estos conflictos espectaculares. Las mentiras combinadas de la burguesía y el poder burocrático deben ser enfrentadas por una verdad revolucionaria en armas, en todo el mundo como en Chile. No puede haber “socialismo en un país”, o en una fábrica o distrito. La revolución es una tarea internacional que sólo puede ser resuelta a nivel internacional –no reconoce fronteras continentales. Como toda revolución, la revolución chilena requiere el triunfo de movimientos similares en otras áreas. En todas partes, en las huelgas salvajes en Estados Unidos y Alemania Occidental, las ocupaciones de fábricas en Francia y en las insurrecciones civiles en la URSS, las bases para un nuevo mundo están siendo establecidas. Aquellos/as que se reconocen a sí mismos/as en este movimiento global deben aprovechar la oportunidad de extenderlo con todas las armas subversivas a su disposición.

Octubre de 1973.

Notas

[1]  En noviembre de 1968, 126 obreros de la industria “Andrés Hidalgo y Cia.” se declararon en huelga por las deudas que mantenía con ellos el patrón. Luego de un proceso de movilización por las vías tradicionales que no dio frutos, los trabajadores deciden tomar la fábrica y gestionarla ellos mismos. En esta iniciativa estaban involucrados ex-cuadros de partidos de izquierda y obreros sin militancia partidaria: “Entre nosotros no se pregunta de qué partido eres. Nuestra definición es si se está con los trabajadores o en contra de ellos en la práctica. No aceptamos que las diferencias ideológicas nos paralicen. Estamos cuestionando el gremialismo tradicional, la lucha dentro del código del trabajo, instrumento de explotación de la burguesía” (Revista “Punto Final” Nº 90, octubre de 1969). Nota de esta edición.

[2]  Se hace necesario aquí apuntar que las JAP no constituyeron meros instrumentos gubernamentales para dar respuesta al acaparamiento (medida reaccionaria impulsada por sectores de la burguesía ligados a la derecha política), sino que, tal como otras experiencias de base, superaron en la práctica los límites impuestos desde el poder. Además, fueron espacios donde se acentuó el protagonismo de las mujeres, rompiendo en la práctica con el rol secundario a ellas asignado por la cultura patriarcal, aún cuando esta participación se lograba en parte como extensión, a los espacios de lucha social, de roles femeninos tradicionales en relación al trabajo doméstico. Por otra parte, las JAP formaron parte de los Comandos Comunales. Nota de la presente edición.

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