[Brasil] Motivos por los que el sistema necesita de Bolsonaro

El patriota y liberal como buen adepto de las enseñanzas del hippie nazareno crucificado, pretende seguir evangelizando (con plomo y metralla) más paganos de la Amazona y continuar con las penitencias que depara a los explotados el trabajo salariado y de este modo pueda florecer el paraiso capitalista del orden y el progreso.

Traducimos al español y publicamos a continuación un texto de los compañeros Iniciativa Revolución Universal. Consideramos que es un aporte muy importante para comprender el desarrollo histórico que actualmente devino en la victoria de Jair Bolsonaro y su partido en las elecciones de este año, así como una explicación del papel que jugaron a todas las fracciones del Capital durante este proceso de derrota en las luchas que tuvieron lugar a lo largo de una década. No obstante, pese a su claridad del texto en muchos puntos importantes, también es necesario señalar que hay aspectos que se muestran confusos a la hora de delimitar la dicotomía fascismo/antifascismo, pues hay partes donde sigue encasillando a la facción del bolsonarismo como  un partido fascista, lo cual consideramos un desacierto, pues tal como los compañeros de Barbaria lo han expresado de manera concisa: no estamos de acuerdo con la utilización del término «fascista» para el gobierno de Bolsonaro. El fascismo fue un fenómeno histórico específico, con una participación activa (no meramente electoral) de las masas, una actividad que desborda con mucho las vías democrático-electorales y con la formación de organismos paramilitares. Además, tanto el fascismo italiano como el nazismo encuentran su origen en la socialdemocracia, ya sea en sus organizaciones formales que en su dimensión de partido burgués para los obreros. Bolsonaro, por el contrario, se trata de un militar conservador y reaccionario mucho más semejante a Franco que a Mussolini.  

Pese a lo dicho, sostenemos que no deja de ser un balance de nuestra clase bastante cualitativo el cual no debería ser pasado por alto, pues se sitúa en el terreno revolucionario afirmando las posiciones comunistas más elementales por fuera y en contra de todos los discursos del gatopardismo izquierdista y socialdemócrata que busca “legitimarse” para gestionar el Capital (eso sí, bajo el supuesto de frenar la “amenaza derechista y neoliberal”, siendo que ambas fracciones son simplemente dos caras de la misma moneda). Por otra parte, aunque este texto haya sido realizado unos cuantos meses antes de las elecciones (podemos notar que desde entonces ya se vaticinaba este resultado) eso no le resta vigencia, pues contiene suficientes elementos de crítica ante hechos que siguen presentes y tampoco se limitan a “ese país”, sino que tienen y han tenido lugar en otros procesos del globo [con mayor o menor intensidad] donde los proletarios luchamos y también hemos encarado derrotas, presenciado el triunfo del reformismo que da continuidad a lo que necesita esta sociedad de la mercancía para seguir paliando sus crisis.  [Materiales]

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El Bolsonarismo está de moda… No es sólo la esperanza de los enfurecidos, la juvenil resurrección contra los políticos ladrones, o una actualización de la corriente Collor (de Fernando Collor de Mello) cuya «caza a los marajás» que reivindicaba enjuiciar a los políticos corruptos, sólo que con facciones declaradamente dictatoriales al contrario de su original, que prometía a todos liberarse de la herencia del régimen militar-fascista, apostando por una «modernización del capitalismo brasileño». Su copia deficiente del siglo XXI promete utópicamente llevar el capitalismo al pasado y por eso, mira hacia atrás. En ese sentido, ni entre los capitalistas tiene credibilidad. Y donde ya la tiene esta sólo es temporal por las consecuencias represivas que desata contra las luchas sociales. Producto máximo de la contrarrevolución y del terror de Estado que sucedió al aplastamiento de la clase trabajadora tras la derrota de la ola de rebeliones de 2013-2014, el Bolsonarismo representa el mayor intento de hacer que la clase trabajadora se adhiera a la colaboración con el Estado y fraternizar con los explotadores. El bolsonarismo es una buen pretexto e invitación para la participación electoral, ya sea con el pretexto de combatirlo o apoyarlo, esto significa al fin y al cabo la sumisión a las instituciones del sistema y otros aparatos del capital, así no sólo se ofrecen varias formas para colaborar sino también para todos los gustos: fuerzas armadas, elecciones, sindicatos, prensa, alianzas antifascistas, canales de YouTube, poder judicial, movimientos regresistas que lo apoyan, ONG’s que lo combaten, etc. La «polarización» que alimenta el Bolsonarismo y de la que se alimenta impone una «salida» dentro del sistema, las mismas salidas que en toda la vida fueron, son y serán la tragedia de la clase obrera (neoliberalismo, petismo, tucanes –partidarios de la Social Democracia Brasileña–, versiones radicalizadas del petismo (pequeños partidos), patriotismo, identitarismo, legalidad, estado policial, etc.). La carta de Bolsonaro representa el abandono de la lucha en las calles, la renuncia de la revuelta social contra todas las mediaciones y medios legales… sustituida por la carrera hacia las urnas, donde como bueyes corriendo al matadero, la clase obrera es «invitada» a manifestar lealtad a alguna de las versiones de las gestiones ofrecidas por el capitalismo para continuar la dictadura de los patrones por medio del Estado. Para combatir el anti-bolsonarismo, lanzado uniformemente en la caja del «izquierdismo» por el rebaño de Bolsonaro, no importa cuán liberales sean sus adversarios (desde columnistas periodísticos al bloque Alckmin/Meirelles/ Dias/Amoedo/ Marina), los bolsonaristas por más defensores de los golpes y las dictaduras militares que se digan, echan mano de la participación electoral y de las inversiones partidistas e institucionales para ocupar espacios de gobernación y zonas de influencia, del poder legislativo al judicial, de las iglesias evangélicas a coaliciones empresariales. Los bolsonaristas por lo menos aprendieron de la historia que el mejor paso hacia el fascismo se da por el aprovechamiento del Estado y de los aparatos administrativos, represivos e ideológicos de la democracia. Los anti-bolsonaristas, hablando con lenguaje apocalíptico, como si todos estuviéramos viviendo la víspera del fin del mundo y como si nunca hubieran hecho ninguna de las cosas que Bolsonaro hace y propone, hacen todo tipo de alianzas posibles, juntando incluso bandos rivales y competidores durante el golpe de 2016, apelan a procesos judiciales, denuncias mediáticas, activismo por internet y predican que el único medio de detener la marea fascista está en el fortalecimiento de las instituciones democráticas: las mismísimas instituciones que día tras día Bolsonaro escala hacia el camino del poder. En ambos lados está la defensa incuestionable de la disciplina social capitalista, de la sujeción masiva al Estado todopoderoso, ya sea para conjurar la «amenaza izquierdista» cuyo peligro estaría en el retorno del PT al poder (según los bolsonaristas), o para prevenir la «amenaza fascista» representada por el demonio en jefe Bolsonaro. Esto quiere decir que la derrota de la revuelta de 2013 cumplió su objetivo, esperado por las fuerzas del capitalismo en Brasil y en el resto del mundo: sustituir la lucha de clases por la disputa electoral, el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución, por la amistosa disputa entre dos opciones capitalistas, aunque las mismas terminen con algunas Marielles muertas y apuñaladas por cualquiera de alguno de los dos grupos. Nada de huelgas generales (ver al respecto el posicionamiento de la «izquierda» y de Bolsonaro contra la reciente rebelión de los camioneros) nada de rupturas contra la legalidad, nada de enfrentamiento contra las fuerzas de la ley y del Estado, menos aún enfrentar la dictadura de los patrones en los lugares de trabajo, nada de enfrentamiento directo y frontal contra los representantes del fascismo (eso va a dar motivo para que ellos se vuelvan violentos) dicen los petistas y otros representantes de la izquierda interesados en el exterminio de la resistencia trabajadora. Y ni pensar en la interrupción de la campaña electoral, en promover movimientos y luchas que perturben la tranquilidad del orden capitalista, tranquilidad tan necesaria para un proceso electoral limpio y completamente plegado a la ley y la legalidad, así se podrá elegir a nuevos ladrones y dar continuidad al robo y masacre sobre la clase trabajadora.

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La mayor amenaza a todos los protagonistas, fuerzas y sectores involucrados ciertamente es la resistencia de la clase trabajadora al engaño electoral. Desde el escándalo del mensalâo –corrupción del gobierno– en 2005-2006, crece el boicot a las elecciones, el voto nulo, como resistencia silenciosa de capas cada vez mayores de la clase obrera que finalmente despertó para demostrar que las elecciones son sólo un medio de incriminarla por los propios crímenes de los gobernantes, de hacerlos responsables de destrozos y atrocidades que fatalmente se llevan a cabo; hayan apoyado o no al político en el poder, independiente de quien sea elegido. Las elecciones son un fantasioso y repetitivo ritual en el que la clase trabajadora es forzada a legitimar el sistema, a dar credibilidad al Estado, que continuará mandando, explotando y esclavizando, en su nombre, siempre diciendo que así fue decidido por medio del «voto popular » y justamente por eso las cosas deben continuar como están. Las elecciones son el mejor medio para robar y así los intereses de algunos parecen la voluntad de todos, porque en determinado momento se les dio a los electores el poder de «elegir», aunque las opciones disponibles ya han sido escogidas antes por el poder y entonces al transferir su –y por lo tanto perder– poder en el acto de votar, la clase trabajadora jamás conseguirá controlar los actos de quienes eligió, menos aún a través de las leyes que los propios electos aprobaron en beneficio propio. La clase trabajadora desde hace años, en proporciones cada vez más grandes, viene abandonando el improductivo hábito de votar; ha percibido que tomar parte en las elecciones es apoyar a sus explotadores y sólo dar argumentos a sus enemigos. La deserción de las urnas es el primer paso para tomar las calles, para partir a la acción directa y la ofensiva en la guerra social contra gobernantes y patrones, único camino donde puede decidir de verdad su futuro, ejerciendo su propio poder y no transfiriéndolo a supuestos «representantes» que van a apuñalarla en su nombre. La escalada de boicot electoral a partir de 2006 y el enfrentamiento cada vez mayor de la clase trabajadora contra el Estado brasileño (representado por el petismo y por lo tanto, confrontación con el propio petismo), a partir de 2007-2011 fueron las condiciones para el levantamiento del 2013. Los patrones y gobernantes conscientes de ese riesgo y viendo la señal de alerta, incluso con el agravamiento de la crisis económica y nuevos potenciales para un nuevo 2013, resolvieron invertir en dos cosas: en represión y terrorismo de Estado y en pacificación social a través de la colaboración de la clase trabajadora con el sistema, polarizando la sociedad en dos opciones capitalistas. El golpe de 2016 es el punto de encuentro entre ambas tendencias y representa a una clase trabajadora desmoralizada y derrotada. El advenimiento del bolsonarismo es fundamental dentro de esa realidad por dar nuevamente aire mesiánico a las elecciones, sesgo mesiánico que la política en la práctica ya había perdido. La idealización de la política representada por la masificación del «fenómeno Bolsonaro» despierta reclutamientos apasionadamente imbéciles a «favor» y «contra» y por lo tanto, hace que el acto de votar parezca nuevamente tener sentido, tomar algunas posiciones electorales parecer sensata y da al propio proceso electoral la apariencia de que realmente sería capaz de cambiar algo. Los procesos electorales cambian las características administrativas y operativas del sistema, siempre que el mismo aparato social se mantenga, las mismas instituciones y procesos de dominación sigan en vigor y que el mismo proyecto histórico permanezca inalterado. El bolsonarismo arroja arena a los ojos en relación a todo ello y dentro de esa perspectiva es un juego rentable para el sistema capitalista y para todas sus facciones de «derecha» y de «izquierda». Bolsonaro es la salvación de todos los ladrones, empezando por el trípode PT/PSDB/PMDB. Que el individuo Bolsonaro sea un demente cuya boca es el altavoz de las viudas de la dictadura militar, de ignorantes convencidos, de la industria armamentista, de milicias y grupos de exterminio, de terratenientes y gruñones, de parte de los golpistas de 2016, de fanáticos religiosos, de malhumores huérfanos, de intereses japoneses y de algunos empresarios norteamericanos e israelíes (históricos financiadores de su campaña) es indiscutible. Pero para deleite de los políticos y buena salud del sistema, Bolsonaro es el demagogo correcto en el lugar correcto y en el momento preciso.

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Triunfante o derrotado en las elecciones de 2018, el bolsonarismo ya triunfó. Desde el punto de vista del capitalismo y del poder estatal, la utilidad del fascismo bolsonarista oxigena las políticas represivas, mantiene a la clase trabajadora movilizada en estado permanente en favor de una u otra opción electoral –en cuanto se distrae de sus verdaderos problemas y dejando de movilizarse por cuenta propia en favor de sus propias necesidades–. Desde el punto de vista del sistema como un todo, el bolsonarismo desvía todo el foco respecto a la rebelión social y la contestación a las autoridades, acerca del sistema constituido, de las estructuras de poder y en cuanto a las relaciones sociales. El bolsonarismo, como hizo el getulismo, el lacerdismo, el régimen militar, Collor, el petismo o las retóricas anticorrupción habla junto con esas tradiciones el mismo lenguaje de «purificación» de las instituciones burguesas. De salvar el Estado y el capitalismo de «gestores malvados», de «partidos y facciones malignas», de hábitos y costumbres que estarían obstaculizando el «buen funcionamiento» de la máquina de moler carne humana y producir un beneficio neto con sangre. El bolsonarismo tendría las propiedades mágicas, como sus antecesores de «derecha» y de «izquierda» de hacer las cosas «volver a funcionar en beneficio de todos», cuando es verdad cabal que siempre funcionaron y funcionarán en servicio de los mismos. Coloquialmente hablando, el bolsonarismo es lucrativo al capitalismo como un todo y para todos los patrones y gobernantes, porque:

  • La competencia Bolsonarismo/Anti-Bolsonarismo oculta más de lo que muestra;
  • El Bolsonarismo apela a la ideología anticorrupción (que exonera el orden social burgués y pone toda la culpa en las «deficiencias morales» o en la «conducta personal» de algunos gestores y verdugos), en el antipetismo de origen malufista (políticos corruptos) o en el más truculento extremismo de «derecha» (dirigido especialmente para el ataque a personas), y en el patrullaje ideológico, principalmente en los medios virtuales, que él aprendió y refleja de sus rivales «izquierdistas» (especialmente de ese espíritu de rebaño de la actualidad llamado feminismo): gracias a eso propaga y (en ellas es una postura reactiva) pone en primer plano personalidades particulares e imágenes partidistas concretas, haciendo pasar desapercibido el sistema de los cuales las personas, partidos y organizaciones no son más que piezas en el tablero del sistema, que sigue siendo el mismo y que es el que todos ellos representan;
  • El bolsonarismo permite a viejos y nuevos personajes políticos maquillar su imagen y así restaurar o ganar adeptos en la medida en que lo apoyan o lo critican. Así el bolsonarismo no es más que el reciclaje de la política de siempre pero se que hace más atractivo a los ojos de los dominados el perfeccionamiento de la dominación;
  • Por declararse «independiente» o «fuera de la política», aunque es un político veterano y atascado de la cola al cuello con lo que llama «política tradicional», Bolsonaro contribuye al éxito de todas las clientelas y grupos electorales. En las cabezas de sus sectarios se elabora su política electoral con la ya vieja tradición demagógica, pero con un lenguaje propositivo (es que lo hace parecer «inédito» y «radical») hace pasar como irreverente la «postura revolucionaria». Esto aumenta el número de sus electores y valora el pase para contraer alianzas con coroneles locales y nacionales –los dueños de los viejos poderes que dice combatir–. Por lo tanto, Bolsonaro hace la política de siempre, que siempre es y será hecha por los mismos medios, invirtiendo en la imagen de «exención truculenta». La leyenda de la «exención» también ayuda a silenciar y a domesticar parte del proletariado que esboza algún proceso de ruptura con la política, que ya concluyó que del sistema no vendrá el cambio y ensayaría alguna transgresión contra el Estado. Pero tal parte del proletariado sigue siendo rehén del juego de apariencias y sufre de pesados vicios ideológicos (patriotismo, anticorrupción y otras estupideces). La receta se ha utilizado con éxito en experiencias recientes donde los grupos políticos tradicionales cayeron en desgracia o atrapados por el desgaste (Filipinas, Hungría, Estados Unidos). Es la farsa populista del «político anti-político», que supuestamente habría venido de «fuera de la política». Esta farsa floreció en São Paulo con el “gestor” Dória, cabo electoral de Collor, el más político entre los empresarios (después de Skaf), que siempre ha vivido de subvenciones estatales gracias a amistades políticas y que tras la ola regresiva masiva de 2015 -2016 pudo hacer el espectáculo del «personaje venido de fuera de la política», que políticamente consiguió colocarse una ciudad entera en el bolsillo y quedar aún más rico. Fue con la leyenda del «político anti-político» que el fascismo llegó al poder. Hitler y Mussolini eran políticos experimentados desde hacia mucho tiempo, cuyo marketing político era el decir «estamos fuera de la política». Para los opositores del bolsonarismo es la prueba de que «ser anti-políticos» sólo puede ser cosa de «fascista» y por eso, el camino de la libertad está en someterse al Estado, y a los patrones, respetar la ley, la moral, los derechos y mantener las «buenas costumbres» y no olvidarse de colarse detrás de una urna para ganar «el reino de la prosperidad». Sea en el nombre del mito leninista de la «táctica» –que nunca lleva a la revolución alguna– o en defensa de la ciudadanía, que es la democrática servidumbre al imperio de la ley, y la estatización dictatorial de lo cotidiano. Para los competidores de Bolsonaro su «anti-política» retórica aliada a su agresividad verbal hace la política en los hechos, ese juego sucio de la esclavización social, vale algo de «remedio contra el fascismo», de lugar sagrado donde se aprecia la paz y se abomina los «aventureros» y entonces valora imbecilidades como «voto consciente» y «voto útil», que justamente serán muy útiles a viejos coroneles y ladrones consagrados –de «derecha» y de «izquierda»– incomodados con la popularidad de «novatos maleducados» Que no merecen estar entre ellos y tampoco ocupar el trono… o tener derecho a la llave del cofre.
  • Como resultado de los factores mencionados, el bolsonarismo y su aura de apoyo u odio que despierta, ciega acerca de la función real del programa y finalidad que todos los políticos y facciones políticas cargan en cuanto a mantener el dominio del capitalismo y por lo tanto, son ellos mismos lo que pisotearán a la clase trabajadora;
  • Frente a una clase trabajadora que hace algunos años viene boicoteando crecientemente elecciones y rechazando legitimar el Estado, Bolsonaro representa ante todo nuevas esperanzas en el proceso electoral y por lo tanto renueva la fe en el Estado, reconstruyendo su imagen y poderes mistificadores;
  • Contra una clase trabajadora que desde 2013 manifestó abierta oposición a todos los políticos y gobernantes en todas las instancias (municipal, estatal, federal), Bolsonaro hace renacer del alcantarillado la farsa del «voto útil», y la esperanza en el «salvador» o en el «mal menor». Para sus partidarios, es el regreso del «salvador de la patria», mito que el capitalismo brasileño exploró millones de veces (Princesa Isabel, Vargas, JK, Jânio Quadros, Tancredo, Collor, Lula, etc.) y continuará explorando mientras existan idiotas fanatizados que creen en el poder «redentor» y «transformador» del voto y que vendrá de quien esté en el trono, versión político-administrativa del mesías judeo-cristiano. Para sus adversarios significa el peligro fascista.

Desde un punto de vista más detallado, el de sus competidores, Bolsonaro es aún más lucrativo. Al ser tan sincero con manifestar odio por grupos identitarios, etnias, géneros, aplaudir el genocidio y tortura y expresar de modo abierto y declarado su odio por la humanidad, Bolsonaro proclama los crímenes de todos sus pares y acaba absolviendo a todos los políticos y patronos. Es importante recordar que la rebelión de 2013 comenzó con una cuestión concreta en el «transporte urbano» –en verdad se trataba de una reacción de la clase obrera a la represión estatal, a la profundización de la explotación representada por el alza del costo de vida que las tarifas de transporte sólo hizo visible– tal rebelión en cuestión de días se tornó contra todos los políticos y todos los partidos. Bolsonaro les devuelve el honor perdido y promueve un verdadero lavado de reputación a criminales célebres que ahora pueden renovarse para engañar a la clase trabajadora con la excusa de que se «opusieron al monstruo Bolsonaro» (como si él fuese el único monstruo en esa historia y como si lo que él declara públicamente no fueran las intenciones y proyectos sinceros de todos los políticos y patrones, de Boulos a Marina, de Meirelles a Haddad, de Alckmin a Ciro). Lo que parte de los capitalistas no perdonan en Bolsonaro es su sinceridad de hacer público el modo de pensar, sentir y gobernar de toda una clase social y sus preceptos de «derecha» e «izquierda». Así, por ejemplo:

  • Gracias a Bolsonaro un coronel liberal como Ciro Gomes ahora puede fantasearse de «izquierdista» y hasta reivindicar un «antifascismo»; posar de pacifista para ocultar la miserable realidad, junto a Fernando Henrique, Mallan, Edmar Bacha, Gustavo Franco, Ricúpero, que pavimentaron el camino para el gobierno PSDB, impulsando el desempleo y ataques a la clase trabajadora. Gracias a Bolsonaro también Ciro puede esconder mejor el brutal legado del gatillo fácil y abuso policial de su gobierno –y de su familia– en Ceará, (la Siria brasileña). Con Bolsonaro en la disputa, Ciro, un tucán práctico puede darse el lujo de hablar como un petista;
  • Gracias a Bolsonaro un criminal como Geraldo Alckmin, ese viejo ladrón de la Sabesp (ya en los gobiernos Covas), eterno amigo del PCC (y afiliado al Opus Dei), asesino de los sin techo, que hizo correr ríos de sangre en las ocupaciones del Paranapané y en el Pinheirinho, que dio carta blanca a los grupos de exterminio (legales e ilegales, del Baep al «Táctico Norte») en 2006, 2010 y 2012-14, que hizo a funcionarios públicos pasar hambre desde hace casi 20 años y luego mandó despedir, golpear y balacear a profesores de la red estatal, que llenó las cárceles de manifestantes en 2013 y utilizó el gobierno para financiar movilizaciones pro-golpe de estado en el 2016. Que roba la comida de las escuelas, que provoca que falte agua al interior de São Paulo y desvía dinero para la mafia del metro/CPTM, dijo a la AFP un portavoz del ministerio de Defensa de Estados Unidos. El dinero para la mafia del metro/CPTM, además de los mega contratos encubiertos en “lavado de dinero”… ahora puede aparecer como «promotor de la paz y de la tolerancia», «gestor calificado», «defensor de la diversidad»;
  • Gracias a Bolsonaro, un torturador de vendedores ambulantes y destructor de favelas como Fernando Haddad, ahora genera la ilusión de «héroe antifascista», «enemigo de todo odio». Bolsonaro también le da la máscara de paladín de la «inclusión social». En el año 2013, como Fernando Malddad, pintaba São Pablo con ciclos de movilidad, y aumentaba violentamente los pasajes de autobús, enviando a la Guardia Civil (con la Policía Militar de Alckmin) para reprimir manifestantes, disparando contra multitudes. Así se produjo el baño de sangre de Haddad en la ciudad de São Paulo, uno de los dos hechos generadores de la rebelión de 2013. Fue Haddad quien invocó irresistibles necesidades capitalistas para imponer la movilidad urbana, asumiendo en público junto a Alckmin que sólo si hubiera «un mago» en la alcaldía se reducirían las tarifas. Fue Haddad el cómplice de los incendios en la favela del Molino y de todas las destrucciones en favelas paulistanas en 2013-2016, mostrando su humanitarismo petista al mandar sus esbirros y matones a agredir mujeres, niños, ancianos desamparados protestando contra la pérdida de sus viviendas. Haddad sólo era el representante de Lula/Dilma, poniendo el ejército en las favelas, las UPPs (Unidades de Policía Pacificadora) en los cerros matando centenas de Amarildos (se refiere al nombre de un albañil que fue levantado en las favelas, desaparecido, torturado y asesinado por las UPPs en 2013), el aumento de genocidio contra trabajadores rurales e indígenas, la eliminación de opositores entre 2013-2014 y el estado de sitio para ayudar a la Copa de Dilma, los ataques a los programas y a los jubilados, el alza del costo de vida, la persecución/prisión de los controladores aéreos –en nombre de la jerarquía militar– ese tesoro bolsonarista, que el PT más que cualquier derecha supo imponer tan bien en 2007. Eso es el Haddad sonriendo mientras mata y simpático cuando roba, enemigo jurado del socialismo, anticomunista asumido como cualquier neoliberal de los años 90, apostó por el «fin de la historia» y la «falta de futuro del socialismo «(cf. su tesis» El sistema soviético: Relato de una polémica» 1992) que se pinta ahora como su contrario de Bolsonaro cuando sólo es su imagen reflejada en un espejo rojizo. Haddad es tan idéntico a Bolsonaro que su candidata a vicepresidenta Manuela D’Ávila, representa a los terratenientes, coroneles y caudillos del sur del país, –que tienen otra portavoz, Ana Amelia, la vice bolsonarista– La brutalidad directa de Bolsonaro dio al carnicero Haddad medios de retocar el marketing demagógico del PT y hacer el remix de viejas promesas antes desacreditadas;

Es gracias a Bolsonaro que un rompe  huelgas, colaborador de la policía y del Estado como Guillermo Boulos puede hacerse pasar por «socalista». Boulos es el otro brazo del petismo patrocinando los linchamientos y la ola represiva de 2014 (no olvidar a los presos de la Copa!!!). El odio Bolsonarista y su énfasis en la represión hacen olvidar que fue la orden de Boulos para que su MTST desistiese de ocupaciones en São Paulo y evitase la participación en huelgas y enfrentamientos con el Estado durante toda la Copa del Mundo que hicieron posible las masacres y ataques a los opositores, al Estado de Sitio en las calles –acompañado por el crecimiento de la derecha por todas partes–. En ese sentido, Boulos y Bolsonaro son dos rostros representantes de la represión contra la clase obrera, el primero inmovilizó a la clase trabajadora y aisló a sus sectores combativos para que la represión por el segundo sea eficaz. Boulos y Bolsonaro, no por casualidad, representan el terrorismo de Estado que aplastó a la clase trabajadora en Brasil a partir de finales de 2013. Y sin ninguna coincidencia, dividen el mismo teatro de competencia electoral. Por detrás de Boulos está el PSOL, el partido de la continuidad petista con el vocabulario «socialista», que el PT descartó cuando quiso mostrar al capital brasileño/ internacional que finalmente «maduró» y «despertó» a la realidad administrativa del Estado burgués, que implicaba descartar la palabrería de superficialidad radical que el PSOL mantiene como llamamiento y vigilancia para los sectores de la clase trabajadora en proceso de ruptura con el sistema. Es el PSOL de Marcelo Freixo y colaboradores como Ignacio Cano, que aplauden la multiplicación de las UPPs en los cerros cariocas, que pidieron «UPP ya» entre 2010 y 2014, las mismas UPPs que torturaron hasta la muerte a los habitantes de las favelas. Es de las fuerzas del PSOL y de Freixo que brotan las propuestas de «desmilitarización de la policía», que nada dicen sobre el rastro de muertos por policías rurales, o por la policía civil – brazo armado del juego del bicho, del prestamista y guardaespaldas de líderes del narcotráfico. Es el PSOL de Boulos/Freixo que pide «inversión en inteligencia» para solucionar el «problema de la seguridad pública», medida también defendida por Bolsonaro, que significa tapar el país con soplones, informantes y chismosos en el mejor estilo de las infiltraciones, que con certeza no destruirán el narcotráfico, pero serán utilísimos a la desarticulación de movimientos contestatarios. La represión preventiva de los órganos de inteligencia mata silenciosamente, es eficaz y menos impopular para las autoridades, comparada al ataque a la luz del día promovido por fuerzas uniformadas. Boulos habla por el PSOL de Gianazzi, que afirma que los PMs de Sâo Paulo son “víctimas” del sistema, exactamente como ya dijeron en otro tiempo Erasmo Dias, Conte Lopes y Sivuca, amigos de Bolsonaro! Boulos avala al PSOL de Ivan Valente que fue al Pinheirinho a inducir a los ocupantes a no resistir y por eso facilitó la masacre que la PM de Alckmin realizó poco después, Boulos representa el anticomunismo del PSOL que sustituye la identificación universal y horizontal de la clase trabajadora por las identidades (comunitarias, género, etnia, nacionalidad, etc.), igual Bolsonaro con su identitarismo de la «familia tradicional», de la militancia masculina y del fanatismo sanguinario pentecostal (referente a una celebración judía), o el identitarismo con el «socialismo» de los ingenuos. Es gracias a Bolsonaro que un defensor de prisiones, torturador y asesino como Boulos ahora puede jugar el papel de «defensor políticamente correcto de los Derechos Humanos», de «portavoz de todas las víctimas»;

  • Bolsonaro hace del banquero de Meirelles, ese genio del desempleo responsable directo de los 28 millones de desempleados del gobierno de Temer, por la política de reformas y medidas contra la clase trabajadora ya iniciada por el gobierno de Lula, de cuya participación él tanto se enorgullece parecer «económicamente más sano» que sus competidores, no sólo por hablar a favor de los intereses norteamericanos y de los grandes especuladores/financieros internacionales (que hablan a través de lo que observan en el Estado de S.Paulo y la prensa mayoritaria), sino porque que hace el real analfabetismo de Bolsonaro en asuntos económicos y los increíbles desaciertos con su propio economista de campaña (Paulo Guedes, que en el fondo quiere lo mismo que Meirelles o Alckmin), convierten puntos a su favor. El mago y hechicero de la crisis, Meirelles que es el Domingo Cavallo brasileño, el responsable del proceso de argentinización económica del país, recibe de Bolsonaro el poder de parecer un educado y seguro «gestor eficiente», camuflándose mejor mientras Bolsonaro mata con armas de fuego, Meirelles representa el genocidio a través de medidas financieras: mata con reformas y medidas económicas, que todo supone un genocidio a la clase trabajadora, sea mediante el aumento de la mortalidad infantil y/o muertes causadas por la desnutrición, hasta la espiral de la criminalidad en las calles reforzada por la penuria y la crisis económica. El genocida Meirelles, con muchas más muertes en la espalda que Bolsonaro, frente a él tiene el cínico aire de un «técnico despreocupado» un «gestor que hace su parte» en el mejor estilo que un Eichmann, o de un Poncio Pilatos. El hambre caníbal de Bolsonaro por la muertes y represión absorbe e invisibiliza las culpas de Meirelles, el mayor entre todos los asesinos;
  • Es gracias a Bolsonaro y su explícita conexión con intereses norteamericanos y japoneses que Marina Silva, esa representante de la colonización de la Amazonía por EE.UU y de ONG’s ligadas al gobierno inglés, puede jugar el juego de la patriótica defensora de «intereses nacionales». En cuanto defiende o combate el «machismo» frente a Bolsonaro, Natura, empresa de Guillermo Leal que financia las campañas de Marina Silva, cuenta de modo intensivo y extensivo con el trabajo esclavo. Es gracias a la conexión de Bolsonaro con la industria del armamento y con el militarismo que Marina Silva viste y calza de la «candidata independiente», cuando su programa es el mismo de Meirelles, Alckmin, Amoedo y Álvaro Dias… o sea el programa de “Michel Temer, al mismo tiempo que intenta dejar de lado la conexión umbilical de Marina con la familia Setúbal y con la confianza Itaú/Unibanco –o sea, con el capital bancario que se alimenta de la escalada del endeudamiento de millones de familias en todo el país–. Bolsonaro ayuda a ese personaje estacional, candidata improvisada de ocasión, el tucanismo con sello de calidad ambiental cada vez que aboga agresivamente a los terratenientes y deforestadores o cuando protagoniza junto a ella patéticas riñas morales en debates escenificados por la televisión;
  • Bolsonaro es todavía positivo para sus propios partidarios paralelos y competidores. Así, un ingenuo militante, un increíble imbécil religioso como Daciolo logra valer algo electoralmente al caminar a la sombra de Bolsonaro y ser su versión microscópica y aún más ignorante. En el caso de que se trate de una persona que no sea de su familia, no se deja de tomar una decisión de como escalar al poder. Aunque apenas ha puntuado el 1% en las encuestas, la prensa brasileña intenta a toda costa promoverlo, invitándolo a los debates y traicionando sus propios criterios de prohibir/censurar candidatos que hayan llegado al máximo del 1% mediante investigaciones de inducción de voto o promoción de candidatos. Es gracias al ascenso del bolsonarismo que Daciolo logra esforzarse para hacer su propio nombre como caricatura de una figura ya caricaturizada… Daciolo también da la oportunidad al status quo de Temer y a las candidaturas tucano-centristas de aparecer como alguien con posibilidad de rifar los votos de Bolsonaro y dividir a su público, usándolo contra todos los candidatos incluyendo su propio inspirador, el mismo discurso paranoico que antes parecía exclusivo de Bolsonaro. Esto explica por qué los medios lo han llamado a los «debates» televisivos. Bolsonaro así es útil incluso a imitadores de menor empatía, que en la posición de competidores sueñan en ser como él y con él pueden darse el lujo de disputar frente a las cámaras sobre quién es más patriota, ignorante o fanático religioso. Con tanta ayuda del Bolsonarismo para promocionarse, Daciolo logra ser el Boulos de Bolsonaro;
  • En cuanto a los demás candidatos que son insignificantes y minúsculos, ellos recompensan el bolsonarismo y por él son ayudados en dos momentos: Bolsonaro es el éxito del método que siguen, y representa una oportunidad de crecimiento. Las candidaturas minúsculas son útiles para pilotar «subtítulos de alquiler» (todos los partidos son de alquiler, compra y venta, pero más «pequeños», por eso ciertas transacciones con facilidades a quienes inician su carrera son más favorables). Leyes propicias para montar alianzas parlamentarias y comprar apoyo en placas/gobiernos/ legislativos estatales conforme sus partidos reciben votos masivos. En el caso de que se trate de «voto de protesta», o al seleccionar payasos y naranjas, por más pobres y campesino que parecen ser. El sistema necesita esos personajes para dar la impresión de que la elección es un proceso tan «igualitario» que hasta el más sencillo candidato puede competir, y el comediante más folclórico e ignorante puede tener su espacio de participación dentro de la tiranía democrática. Es la excusa perfecta para que no se anule el voto o para que no se boicoteen las elecciones, al final es posible tener el «voto de protesta» o el «voto por simpatía» al fin será por alguno de esos mercachinfles. Los actores caricaturizados, que participan en la disputa por ser de frentes de hierro a personajes mucho más grandes –que estarán en la sombra siendo elegidos por los votos sobrantes–, ignorantes de ello o no, todos tienen su mayor ejemplo en Bolsonaro. Bolsonaro es el candidato mequetrefe que funcionó, y el PSL el partido «menor» que finalmente alcanzó proyección. De nuevo, lo que Bolsonaro llama «vieja política» –compuesta también por las llamadas «leyendas de alquiler»– él mismo vuelve a representar por medio del ejemplo de su propia candidatura. En la disputa presidencial los demás candidatos que permanecieron insignificantes, toman el cariño en la sensación de odio/simpatía por Bolsonaro y con ella intentan conseguir algo, para poder lucrar. Desde el PSTU a Álvaro Dias, se permite que todos los candidatos/candidaturas tengan algo que decir y parezcan «interesantes» en la medida en que estén cerca o distantes de él. Aparece así como la brújula de todas las demagogias.

Nota: ¿por qué en los relatos presentados sobre el beneficio de Bolsonaro a otros candidatos hay mayores detalles acerca de algunas candidaturas, métodos retórico-estratégicos y fuerzas políticas que sobre otras? Por tres razones: 1) Por el desconocimiento general sobre los crímenes de algunos gestores y competidores de Bolsonaro (por ejemplo, Meirelles y Daciolo) que no niegan abiertamente la línea Bolsonaro, y tampoco Bolsonaro los reniega (basta recordar el apoyo integral de Bolsonaro al golpe de 2016, al gobierno de Temer y a las reformas Temer/Meirelles), pero se presentan como sus «adversarios», 2) Exponer y denunciar abiertamente la trayectoria de la «izquierda» del capital lucrando con el antifascismo electorero que Bolsonaro le ofrece, especialmente «el eje Haddad/Boulos” que en políticas de miseria y proyectos represivos contra la clase trabajadora es tan dedicado como Bolsonaro, incluso haciendo posible el ascenso derechista y el bolsonarismo; 3) Exponer la transparencia con la que las «pequeñas candidaturas» de los «pequeños partidos» se benefician con el fenómeno Bolsonaro y cuánto es la expresión más desarrollada de las mismas, que se note lo que el gran partidismo electoral de masas hace al atacar.

Se dan los beneficios particulares a los candidatos y al tráfico de demagogia que hace a Bolsonaro ser el benefactor de todos los lados: aumenta los votos de veteranos reaccionarios y corruptos casi olvidados; que ahora toman carona en su popularidad defendiendo «seguridad» y «moralismo»… mientras hace el juego del campo adversario, que teniendo en Bolsonaro la figura del «enemigo ideal», contra quien es razonable ser contrario, aún más si eso es electoralmente lucrativo cuando se puede ostentar el sello antifascista de calidad.

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De hecho, sea a favor o contra Bolsonaro es el mejor cabo electoral que en décadas el capitalismo brasileño fue capaz de inventar para someter a las masas al Estado. La devoción ciega y carismática de sus seguidores y electores hace posible que se elija a cualquiera que diga apoyarlo o más aún, directamente brindarle su apoyo. Para ese público y los diversos fascistas y candidatos a genocidas que salen del armario, cuantos más crímenes son atribuidos a Bolsonaro, más denuncias acerca de él aparecen y más acusaciones de racismo, discriminación de género y violaciones de derechos aparecen, sin embargo el será aplaudido. Se trata de un sector que abiertamente odia al proletariado y quiere la solución final contra la parte de la clase trabajadora que no se reduce a «criminales comunes» o a agitadores de cualquier tipo.

Que ese sector aún tenga apoyo dentro del proletariado, eso se debe al discurso «inclusivo», anti-discriminación y contra las dictaduras militares que monopolizó el petismo, y que sin embargo impuso por 14 años una brutal dictadura al proletariado y que en varios momentos fue más lejos en la guerra social contra la clase trabajadora (intento de vuelta de la CPMF, aumento de los asesinatos en el campo a mando de los «compañeros» latifundistas que apoyaron a Lula/Dilma, militarización de las favelas …2007, 2009-12, 2014…) De esos «defensores de los oprimidos» que tanto hablaron en «derechos humanos» con sangre en la boca, la clase obrera quiere distancia, como lo demostró la huelga de los camioneros, además cómo lo dejó claro el colosal rechazo del petismo en las elecciones de 2016. Sin embargo, los sectores atrasados de la clase obrera identificaron el discurso de la derecha y la negación de la dictadura burguesa, a partir del momento en que tal discurso afronta –desde un punto de vista elitista y abiertamente dictatorial– lo que el petismo negaba en el discurso, pero en la práctica siempre hizo. La falsa correspondencia entre el discurso supuestamente inclusivo e igualitario y la práctica real, observando en referencias a la clase trabajadora o al igualitarismo la propaganda de un gobierno sanguinario y punitivo, gangrenado por la explosión de la crisis económica, que vino 6 años atrasada por la política de crédito del petismo , será el factor que la derecha utilizará para hacer la imaginaria e insana asociación del capitalismo petista con el “comunismo”, tiranía, miseria y violencia. La tiranía la miseria y la violencia son propias del orden capitalista, que administrada por el PT ha ganado aires de «igualitaria» e «inclusiva». En la negación de los resultados de la dictadura burguesa y la superación de la crisis económica, parte de la clase trabajadora fue cooptada en masa para el proyecto bolsonarista, que promete el mismo «paraíso» que Lula pasó 20 años prometiendo, pero ahora con un capitalismo sincero y sin vergüenza de genocidio.

Lo que los trabajadores(as) ilusionados(as) con el Bolsonarismo no perciben es la continuidad de la dictadura capitalista, de la miseria, de la patraña petista, ahora pasada a manos fascistas o de gobiernos ideológicamente derechistas, que no sólo no van a defenderlos del terrorismo de Estado, pero que asumen a la luz del día las virtudes del egoísmo, del racismo o del exterminio generalizado de opositores y de personas «no lucrativas». La sustitución de demagogos crudos por sociópatas profesionales no cambia el orden de las cosas, y tomar partido por los últimos es entregar el propio cuello a la guillotina. La verdad obvia de esa percepción se vuelve invisible a los ojos bolsonaristas de muchos(as) trabajadores(as) cuando observan la gestión petista del capitalismo y todas las tragedias que impuso como siendo parte de un universo «socialista», «comunista» pero que en la realidad el PT fue desde su raíz el gran opositor al anticapitalismo (manifestándolo en varias ocasiones: 2007,2011,2013,2014,2018) así proyectan la impotencia de la propia conciencia y organización en el paternal discurso de Bolsonaro y sus adeptos, que promete liberar de la brutalidad capitalista… con más brutalidad estatal y avaricia empresarial royéndoles hasta los huesos. Los instintos que animan el bolsonarismo en parte del proletariado son anticapitalistas, pero dichos instintos son ignorados por sí mismos y son proyectados para una supuesta era dorada de fascismo y prosperidad que nunca existió, y viendo la negación del discurso hipócrita del petismo como «revolucionaria» (sobre la inclusión, la igualdad, etc.), supone asumir posiciones coherentes en los espectros moral y político (machismo, militarismo, neoliberalismo, fundamentalismo religioso, etc.), sería negar el capitalismo y sus atrocidades diarias en la vida de los proletarios.

De extremo a extremo el triunfo del Bolsonarismo es el triunfo del reformismo: la «izquierda» del capital sueña con un capitalismo benéfico a través de un gobierno filántropo, desde que haya democracia, cuotas, políticas identitarias, incentivos fiscales, crédito bajos, los programas sociales y la canasta básica, eso supone que la revolución no es tan necesaria o puede ser pospuesta para el nunca más. La «derecha», su compañera en el aplastamiento del proletariado sueña con el capitalismo «limpio» de pertrechos «izquierdistas»: estado «mínimo», todo poder a los lobbies, privatizaciones sin restricción, concesiones de impuestos a los más ricos, militarización de la pobreza y torturas contra los opositores sociales. En ambos lados, la defensa del capital es indiscutible: los delirios de que su puede combatir a un «capitalismo malo», por la mano de un gobernante y la pluma presidencial/legislativa o por el «capitalismo solidario» prometiendo el reino de la riqueza a través de la renta mínima, sea por el «capitalismo caníbal», traído a su «pureza original» sin «errores de interpretación y de gestión», que haría al mundo un paraíso… de piratas y gángsteres de una disputa por uno mismo y contra todos. El reformismo –de «derecha» o de «izquierda»– jamás formula la cuestión de la destrucción del capital y del Estado, sino o en modernizarlos o en restaurar sus ideales (nunca reales) «formas originales», en democratizarlos, o los hace más «puros», gracias a  que el capitalismo será cómo el “comunismo” que ha funcionado, o al menos será admirado el nuevo mundo sin esclavos reclamando. Entonces el bolsonarismo responde y a correspondido al empobrecimiento del debate al interior del proletariado sobre los rumbos a seguir en la guerra social, y la reducción de las respuestas posibles a esas dos miserables y catastróficas alternativas de la misma cosa. Es el elemento que hace «interesante» descabellarse y golpearse hasta el agotamiento en cuanto a la necesidad de medidas que el Estado debería tomar (pena de muerte, aborto, tenencia de armas o posesión de drogas), siempre y cuando el Estado sea siempre el Estado protagonista de esos estúpidos debates que en todos lados promueve la legitimidad y la razonabilidad del orden capitalista. Bolsonaro provoca la contradicción y los debates son reorientados dejando de lado las propuestas de subversión y enfrentamiento con el Estado.

La truculenta caricatura desequilibrada, incapaz de razonar con sentido hasta el final apela a la eliminación de los contrarios (aunque situados dentro del espectro ideológico burgués), con elogio a todos los preceptos ancestrales y tradiciones excluyentes es la mejor propaganda política que Bolsonaro hace a sus amigos de «izquierda». Y en ese sentido, no se trata sólo del discurso, sino del propio personaje. La «izquierda del capital» no sólo tiene el enemigo ideal, a quien puede transferir el monopolio de la violencia, siendo Bolsonaro capaz de concentrar en una sola persona todas las marcas del bandidaje… él puede borrar de la «izquierda» su historia de crímenes de Estado en los 14 años de petismo y hacerla desfilar al antifascismo… de preferencia legalista e identitario. «El no es el eslogan actual de todos los demagogos y canallas que se aquiparan o superan al propio Bolsonaro con la ventaja táctica de no explicitar sus objetivos, trinchera detrás de cuál se enfilaron casi toda la burguesía y aliados (de Rede Globo a MST, de Meirelles a Boulos!), fomenta y fortalece el viejo imaginario mesiánico electorero, que tanto alimenta al mismo tiempo sus versiones de «izquierda» (antifascismo) y de «derecha» (anticorrupción): el problema de la opresión estatal y el orden burgués se convierte en un problema de personas, un problema dependiente de la persona «correcta» o «equivocada» que ocupa el trono el vencer en la elección!

Este ignominioso modo de pensar, de un electoralismo primario y de un foco en el personalismo gestor al que se atribuye poderes que ni los profetas de las religiones osarían tener… es el triunfo del bolsonarismo. Cuando se escribe la historia futura de la fase de la dictadura capitalista en Brasil correspondiente al inicio del siglo XXI, que no se olvida la cantidad de beneficios, regalos, favores y utilidades que un único personaje, y una única ideología, fueron capaces de ofrecer al sistema en tan poco tiempo. La clase capitalista en Brasil, en serio desacuerdo interno y agrietada desde 2014, tiene ahora un antihéroe, capaz de crear un consenso burgués no sólo en favor del orden y la legalidad del Estado democrático, sino de impulsar una farsa reencarnación de las «elecciones directas” o “fuera Collor” como momentos de reconciliación de la clase dominante con ella misma y la reorganización del proyecto capitalista («unidad nacional», «fin de la polarización», suplican en coro a Veja, el PT, el PSOL y hasta el MBL!), A través del «heroico e histórico enfrentamiento» teatral contra un «odiado enemigo común», por ella gestado, creado y alimentado. El monstruo del momento será el fiador de un nuevo pacto de la dominación, por la fuerza cuando esté en el poder, o como «peligro finalmente superado, pero siempre al acecho» cuando esté fuera de él. La lucha contra Bolsonaro juntando todas las demás facciones de la burguesía será el gran exorcismo y absolución por los pecados políticos y blasfemias ideológicas de sus adversarios, el habeas-corpus político a quien quiera seguir haciendo parte de la trama democrática… al mismo tiempo totem y cordero consagrado que cargará en sí las culpas de todos los demás para que el juego del capitalismo vuelva a hacerse sin conflictos, después de sometida la clase trabajadora a ese desgraciado espectáculo sin futuro. Esto explica por qué la puñalada en Bolsonaro hizo que las bolsas de valores subieran y llevó a «The Economist» –voz de los inversores– a dedicarle una editorial de detractor. Así, la «marcha de las mujeres contra Bolsonaro» (que el feminismo imperialista copia de la marcha de las mujeres contra Trump, en vísperas de la elección del mismo), el «espectáculo de la democracia» que será una posible victoria del anti-bolsonarismo en las elecciones y eventos que no son la lucha del proletariado contra el fascismo, sino el festivo y popular jubileo del Estado, la procesión santificadora de la democracia capitalista, celebrada por las multitudes con folios, romeros, gandulas y devotos en todas partes.

No fue Bolsonaro, tal «consenso antifascista» reuniendo enemigos feroces de la clase trabajadora, de todos los colores y posiciones… sería imposible.

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Resumiendo; es posible ver que además de la larga ficha de servicios prestados en beneficio del orden burgués y de todas las facciones del capitalismo, en todos los partidos políticos, Bolsonaro permite además otras oportunidades de lucro que salvan el sistema contra la ofensiva de los (as) trabajadores (as):

  • La personalización de la intolerancia y la violencia capitalista que pasan a ser «calidad» o «defecto» individual (según quien apoya o combate) de un solo personaje;
  • Premia y retroalimenta el identitarismo: sus posturas abiertamente racistas, intolerantes contra mujeres y homosexuales en general fortalecen la defensa interclasista del gueto de las «identidades» contra la unión general del proletariado;
  • Ciega en cuanto a la represión descentralizada, molecular, cotidiana, municipalizada y por eso mismo menos visible y más sanguinaria… que el sistema practica todos los días. Colocando al frente los poderes absolutos a quien ocupe la cabina de mando, da a entender que la violencia capitalista (ya sea para matar proletarios o en favor de la «seguridad pública») depende sólo de un mando central, lo que hace ignorar los comandos secundarios y, la democrática brutalidad genocida del capital;
  • De la parte de sus partidarios y sus opositores, Bolsonaro es el motivo predilecto para la exaltación de todos los sagrados valores del capitalismo y del Estado: patriotismo, legalidad, religiosidad servil, ética ciudadana, aunque algunos aparezcan como antivalores frente a otros, el Estado es siempre el gran ganador;
  • Como ya se ha expuesto, y es necesario repetir: Bolsonaro hace viables y rentables todas las alianzas electorales, a favor o en contra, eso es aún peor en elecciones estatales, donde tales pactos están siendo celebrados con menos escrúpulos y también menor visibilidad que en la elección nacional… Bolsonaro hace sólidos y coherentes los corrales electorales, sobre todo por el alistamiento ideológico (a favor o en contra) que su figura promueve;
  • Banalización del antifascismo: siguiendo la lógica del «él no» (imitando el «todo menos Sarkozy», en las elecciones francesas de 2007), como ya fue expuesto, aliados históricos de dictaduras como la TV Globo ahora pueden decir «antifascistas»;
  • Nivelación de la política en dos campos, con los beneficios que esto trae a todos los involucrados: de la polarización entre petismo/antipetismo, que ya era una horrenda polarización contra la clase trabajadora, que causó terribles efectos en 2013-2016, se pasó a la polarización bolsonarismo/antibolsonarismo, atribuyéndose un valor positivo o negativo a uno de los dos lados según la filiación ideológica según sea el punto de vista. Es innecesario observar que sea en nombre de la «amenaza fascista» o de la «amenaza izquierdista» (representada según el bolsonarismo por todo el resto, a excepción de Daciolo), el destructivo reclutamiento de la clase trabajadora a cualquiera de los lados ya significa su derrota;
  • Intensificación del patrullaje ideológico y de la represión, especialmente en los medios virtuales: como ya era costumbre del feminismo, ese profesor de los grupos bolsonaristas, los diversos medios de ataque a individualidades y grupos inconformes (strike, derribo de sitios, denuncias, rastreo de individuos para intimidarlos en sus casas o sitios de trabajo, transmisión de informaciones al Estado, infiltración, trashing, propaganda sucia, robots virtuales, etc.) no sólo tuvieron un agravamiento y una proliferación, guiados por organizaciones financiadas por partidos políticos ya desde el mismo inicio de la campaña electoral, es así como han ampliado el impacto de sus daños a algunos medios militantes proletarios en las últimas semanas;
  • Judicialización: sea por parte de los defensores de la bandera «Lula Libre», sea por parte de los que repudiaron el ataque a Bolsonaro, incluso en los debates electorales, o aún contra «apologías al crimen», «propaganda de prejuicio», «odio», «difamación» cruzadas y lucha contra las llamadas «fake news» (nombre que el Estado y el monopolio de la prensa dan a todas las noticias y canales de comunicación no censurados y/o controlados por ellos… importante observar que la la expresión fue inventada por Trump en las elecciones de 2016 en los Estados Unidos… para referirse a la parte de la prensa que lo criticaba) es indiscutible el llamamiento y la delegación de arbitraje al poder judicial, señor de la situación en Brasil y a quien el gobierno del país fue entregado en 2016 (se vive hoy la dictadura de los tribunales). La judicialización que marca la presente campaña y sus momentos anteriores (el país está en campaña electoral permanente desde 2014), sólo muestran cuánto el poder judicial está posicionado en su lugar absolutista de poder por encima de todos los poderes del Estado, aún más en una época que él abandonó el apego a la letra de la propia ley, sustituida por los arreglos sentenciales para defender los intereses de los patrones con la misma flexibilidad con la que los contratos son hechos y deshechos, con la misma rapidez de los movimientos del mercado (doctrina y rutina cuyos paladines son la escuela de Curitiba y el STF), basados en otra innovación petista que supuestamente tornaría el derecho «accesible a las clases populares»: el derecho alternativo;
  • Militarización de la política: después de Bolsonaro, empezando por el vice de su ayudante, hubo una proliferación de militares y policías apareciendo como candidatos en varios cargos. Se trata de la apropiación democrática del Estado por los segmentos directamente ligados a la represión, que sin necesidad de un golpe de Estado, aumentarán aún más las bancadas armamentistas y regresistas en el marco de las casas legislativas. Tales bancadas tienen y tendrán un importante papel en el futuro para el establecimiento de alianzas y aprobación de legislaciones aún más brutales contra la clase trabajadora, además de ser un importante personaje en las negociaciones y tratados parlamentarios para la aprobación de leyes, aunque el otro lado de tal militarización que es la judicialización ya ha comenzado con la «izquierda» del capital y los grupos identitarios (véanse los llamamientos feministas a legislaciones más represivas y más policías en la calle con el pretexto de combatir la «cultura de la violación»);
  • Tercerización del antipetismo: los diversos partidos que contribuyeron con el golpe de Estado de 2016 (PMDB y PSDB al frente de todos los demás), pueden permitirse adaptar algunas políticas del petismo como la Bolsa-Familia, también pueden desarrollar programas rígidamente liberales, reformas y medidas de miseria sin parecer malhumorados o volcados solamente a ser los contrarios del PT, pues tal papel acabó monopolizado por Bolsonaro. Con eso pueden intentar parecer «interesantes» a los ojos del electorado y tanto como el PT y similares (Ciro), pueden hacer la mezcla de «neoliberalismo asistencial», con discursos y prácticas propios del petismo, lo que los valoriza a los ojos del capital nacional e internacional como «políticamente flexibles» e incluso dotados de programas represivos y regresivos, eso los beneficiaría mostrando que sus propuestas no se reducen al antipetismo, y que pueden ser también «inclusivas»;
  • Autodestrucción/crisis en la derecha tradicional y fortalecimiento del PT frente a sus rivales: además de explorar el «antifascismo» para fortalecerse en la propia clientela, el PT es nuevamente beneficiado por Bolsonaro cuando el ascenso del bolsonarismo monopoliza y concentra la mayor parte del electorado de derecha, vaciando y debilitando partidos como PSDB y DEM, adversarios electorales históricos del PT. El fenómeno Bolsonaro en ese sentido es una dura derrota para el PSDB, pues lo quita del partido en la disputa contra el petismo y prácticamente aísla a todas las demás facciones de derecha, pues el discurso agresivo del bolsonarismo también invierte en la acusación de «izquierdismo» a todos sus adversarios, localizando entre ellos los sectores tradicionales de la derecha que antes compartían el poder con el PT y eran sus mayores desafíos en las elecciones. Todo el camino que llevó a las elecciones de 2018 fue marcado por la disputa dentro de la derecha sobre quién sería el anti-Lula. Bolsonaro llenó esa vacante, al costo de sacrificar todas las demás facciones tradicionales de la derecha, que ahora se ven atipicamente marginadas y colocadas fuera de combate. Si el antipetismo bursátil puede rendir votos inmediatos a Bolsonaro, e inicialmente fortalecerlo, el desgaste y la futura quiebra del bolsonarismo (que independiente de ganar las elecciones, tiende ya al desastre) serán aún peores a la derecha y más favorables al predominio petista, pues todas las demás alternativas dentro de la derecha fueron devoradas por el bolsonarismo en ascenso y el futuro e inexorable fracaso del mismo provocará literalmente a la derecha quedarse sin cabeza, que es lo mejor de los mundos para el PT. El fracaso del bolsonarismo también arrastrará toda la derecha consigo y tendrá sobre la derecha un efecto aún más desmoralizador que la decadencia del petismo en el gobierno de Dilma. Para no hablar de la inevitable e incurable asociación de la derecha con la truculencia de Bolsonaro, un efecto irreversible que ahora puede parecer popular y propicio a la obtención de votos, pero a largo plazo arruina ideológicamente a la derecha en su conjunto. Aunque Bolsonaro y el PT se hubieran combinado entre sí, ese desmantelamiento del tucanismo estaría dando tan lucrativos efectos a una posible hegemonía electoral del PT a medio plazo. Una cabeza más conspiracionista podría con razón imaginar que Bolsonaro sería un agente o producto del PT enviado para arruinar toda la derecha y el tucanismo, pues en la práctica, es lo que el bolsonarismo está haciendo;
  • Ampliación del respaldo al Estado y combate a la abstención y al boicot electoral a través del mesianismo político: Bolsonaro es un Lula de derecha, su discurso mesiánico en cuanto a lo que podría hacer después de elegido es idéntico al discurso que por 20 años el PT llevó en la » «oposición» prometiendo el paraíso si Lula fuese presidente. Tal aspecto políticamente religioso es fuerte entre sus seguidores e indiscutible entre los mismos, así como la fanática fe en el petismo de la parte de la principal competencia. Las encuestas de inducción al voto/manipulación del electorado muestran de hecho un rechazo en las tendencias a votos nulos/blancos/abstención cuanto más se invierte en la polarización PT/bolsonarismo, en los llamamientos al «voto útil» y en la disputa de un peligro contra el otro, peligro que se muestra «salvador» frente al peligro rival. Otras candidaturas que apelan al riesgo de «venezolización» del país intentan aparecer como una «tercera opción» que salvaría de ambas amenazas (es la posición de la prensa escrita: ver, Folha, etc… cuando de hecho, se trata de la continuidad el gobierno Temer). En una elección donde hay una fuerte posibilidad que ocurra el mayor boicot en la historia del país, donde los votos blancos/ nulos/ abstenciones aparecen valiendo de 1/3 a casi la mitad del electorado, el recurso al maniqueísmo, al «nosotros contra ellos», al «bien contra el mal», es tan antiguo como el Estado y así el poder garantiza la sumisión colectiva y la adhesión al mismo en el acto de votar.

Bolsonaro mantiene la garantía de la buena salud del capitalismo y de su perro guardián: el Estado brasileño. «Imbuido en el papel de» héroe», de «salvador» que finalmente arreglará la moral y la política; así es como logra engañar carismáticamente a sus seguidores, o por el contrario; es visto como la personalización de la amenaza fascista. Bolsonaro es el personaje que representa el lucro de todos los involucrados en el mercado electoral. Aún más cuando su imagen de villano y de peligro inmediato a enfrentar es explotada como plataforma publicitaria para elevar la preferencia de todos sus adversarios, y como la justificación ideal para todas las alianzas, que lava los pecados y crímenes de toda la política brasileña. Lo que muestra que Bolsonaro es el mejor buey de rapiña que el actual capitalismo brasileño pudo crear y la coartada de todos los crímenes de la democracia y del petismo contra la clase trabajadora.

Las perspectivas no son las más animadoras y un escenario con el bolsonarismo deja evidentemente tres posibilidades-maestras:

1) Bolsonaro vence en las elecciones, y dado el sesgo represivo de sus propuestas, ancladas en el terrorismo de Estado, aprueba la continuidad de las reformas de Temer y todas aquellas que Temer aún no ha aprobado gracias al desgaste de su gobierno y al levantamiento del proletariado contra las misma. Reformas exigidas por el capital internacional y por el patronato brasileño. Un gobierno abiertamente terrorista es necesario para la aprobación de reformas de ese tipo, que un congreso dominado por la derecha (y esa es la posibilidad para 2018) fácilmente aprobaría. De la misma manera que Collor, tan pronto como la utilidad de Bolsonaro para el sistema haya terminado en la aprobación de tales reformas («derechos sin empleo o empleo sin derechos» como él mismo dice) será arrojado del poder, ya sea a través de la explotación de algún nuevo escándalo de corrupción o incluso a través de un nuevo golpe de estado que involucra judiciales y/o militares. Así, como ocurrió en el gobierno de Temer, todos los demás partidos serían perdonados pues el gobierno no era de ellos (que incluso podrán convocar manifestaciones contra el mismo), así como Temer sólo llegó donde llegó con la condición de no ser una figura consensuada ni directamente elegida (el hecho de haber sido el vice de Dilma, hacía de él solamente un suplente y no el mandatario directamente elegido, y se menciona todas las veces que se intenta ocultar la participación del mismo en el golpe contra el gobierno del que formaba parte);

2) Bolsonaro pierde las elecciones en la segunda vuelta para un frente amplio en la que todos formarán parte del PT al PSDB/PMDB, repitiendo la disputa entre Covas y Maluf en São Paulo, cuando el PT declaró apoyo al PSDB, entregándole el gobierno del estado. Este frente amplio será responsable de la «reconciliación nacional» y luego de la unión de los intereses capitalistas en guerra en el país desde 2014. Tal «unión nacional» también dará legitimidad al nuevo gobernante (según las investigaciones, Ciro o Haddad) para no sólo mantener las reformas de Temer sino también aprobar ataques aún más crueles a los trabajadores, justificados por salir de un gobierno «antifascista». Es importante observar que ese gobierno de «izquierda» gobernará aliándose a un Congreso y a gobernadores de derecha, lo que sólo sería más un gobierno FHC liderado por «izquierdistas»;

3) La posibilidad de un golpe militar con el agravamiento de la crisis: Bolsonaro podría recurrir al mismo en caso de insubordinación social con las medidas de miseria que pretende implantar, o aún para garantizar la «seguridad pública» o para amedrentar a los rivales en el campo de la derecha que le opusieran fuerza en alianza con el petismo. O un gobierno de «izquierda», dada la posibilidad del bolsonarismo de promover disturbios al no reconocer el resultado electoral (la insistencia de Bolsonaro en la cuestión del fraude electoral habla más alto en ese caso), la posibilidad de que tal gobierno necesite romper la organización de la clase trabajadora (además de vengarse de los adversarios involucrados en el golpe de 2016), o un fenómeno más significativo en la disputa interna entre las facciones del capitalismo: la liberación de Lula.

En todos los casos tenemos un escenario difícil: agravamiento de la crisis con la “argentinización” económica de Brasil (iniciada en 2014), y posibilidad de que el Estado brasileño se convierta en un estado de tipo turco (gobierno Erdogan) o fujimorista, actualmente la tendencia más fuerte, independientemente de quien gane las elecciones.

Parece imposible para la clase trabajadora: la confianza electoral genera nuevos brotes de adhesión al Estado, la represión y el empeoramiento de las condiciones de vida se vuelven crónicas, el reformismo, incluso debilitado con el desgaste del petismo, todavía logra romper las luchas proletarias, la identificación del proletariado con el sistema a través de tres grandes enemigos (anticorrupción, antifascismo e identitarismo) parecen llevar todo a una perspectiva de derrota, pero aún hay señales de que no todo es «cielo de comandante y mar de almirante» para el sistema:

  • La economía brasileña camina hacia un nuevo escenario de quiebras y profundización de la crisis para 2019-2020 (el movimiento de la bolsa de valores a mediados del año lo deja claro), lo que obligará a la burguesía y sus representantes a acelerar la imposición de nuevas reformas y medidas de agravamiento de la miseria (alza de impuestos, combustibles, inflación, etc.). Tal escenario que sólo viene agravándose en los últimos cuatro años llevará a enfrentamientos sociales (huelgas, rebeliones, etc.), que según el ejemplo de la huelga de los camioneros mostró, podrían ser extremadamente perjudiciales al Estado;
  • Incluso con la polarización entre petismo y bolsonarismo, la tendencia al boicot electoral se mantiene alta (para la desgracia de fieles electores y comentaristas periodísticos que en todo momento hablan del «peligro del voto nulo»), lo que muestra que parte considerable de la clase trabajadora se niega a legitimar al Estado y a sus representantes, lo que es condición para la insurrección social;
  • A pesar del «antifascismo» o de la defensa de la «seguridad pública» de los «buenos ciudadanos» «derecha» e «izquierda» aplicarán más terror contra la clase trabajadora. En el marco de la guerra entre la burguesía brasileña, cuyo lado legalizado aparece en la disputa entre partidos electoreros (petismo y antipetismo), aún más aspectos podrían sumarse con ello, pero basta citar sólo uno, que es la guerra civil en los barrios entre las facciones del narcotráfico, que también son parte de la guerra dentro de la burguesía brasileña, reproducida en las sombras de la ilegalidad en la cruenta riña CV/PCC. Este terror no tiene fuerza milagrosa para mantener la cohesión social y puede generar contra-ofensivas fuera de control como la rebelión de 2013, accionada directamente por los ataques de la policía contra manifestantes en São Paulo. Todo lo que el sistema teme es un nuevo 2013, mayor y más profundo que el anterior. El sistema necesita el terror contra la clase obrera, pero el propio terror acaba convirtiéndose en un arma contra él.

Por todo lo mencionado, sólo la resistencia de la clase trabajadora contra las elecciones, contra todas las ilusiones reformistas (del antipetismo al antifascismo) y más aún, contra esa salvación del sistema que es el bolsonarismo (mesías y totem que redime y genera beneficios a todas las fracciones). Se darán las condiciones para nuevas y mayores resistencias contra el escenario que se dibuja, que en todos sus contornos apunta a mareas sombrías, independientemente del capitán que maneje el barco.

¡Contra las elecciones y contra el Estado: abstencionismo revolucionario!

¡Acción Directa!

¡Ni neoliberales, ni petismo, ni bolsonarismo, ni antifascismo!

¡Ni él ni los demás!

Iniciativa Revolución Universal, septiembre de 2018.


Texto original en portugués http://libcom.org/news/motivos-pelos-quais-o-sistema-precisa-de-bolsonaro-iniciativa-revolu-o-universal-03102018

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