¡Qué reviente la economía!

Apuntes críticos contra la dictadura de la economía y por una práctica para librarnos de ella.

La economía, se nos dice, es la categoría de la vida social referida al área de administración y gestión del producto de la actividad humana, resultado natural de la actividad social. La economía así entendida poseería un carácter neutral y sólo sería una categoría de la vida social referida a la gestión, por lo general cuantitativa, de este resultado de la actividad humana. Pero esta perspectiva neutral de la economía como la mera cuantificación y gestión del producto de la actividad humana oculta el hecho de que lo que caracteriza actualmente a esta esfera de lo social es en realidad la esfera referida a la administración y gestión de la producción de un sistema en particular: el sistema productor de mercancías, el capitalismo.

La realidad capitalista, el mismo movimiento que enajena al humano de su actividad y del mundo en el que habita, fragmenta esta realidad en esferas separadas y aparentemente autónomas. Pero cuando una conciencia crítica lo suficientemente incisiva descubre que en la lógica del Capital la esfera de la economía no es sólo lo más importante sino que la única importante, revela a su vez que es ésta la que determina todas las demás, su autonomía es sólo aparente, porque en realidad están determinadas por las necesidades de la economía en expansión.

En su expansión, esta economía transforma el mundo, pero lo transforma únicamente en mundo de la economía (Debord). No hay esferas que puedan existir independientemente de las relaciones sociales en las que se producen, y nuestras relaciones sociales en particular están determinadas por la imposición de la economía.

El mundo de la economía es el mundo de la dictadura de la mercancía. La producción de mercancías determina nuestras relaciones sociales reduciendo la actividad humana al trabajo (productor de mercancías) y el consumo (de estas mismas mercancías). Estas mercancías pueden tomar diversas formas, desde objetos a servicios, y su utilidad varía de un caso a otro, o pueden simplemente carecer de un uso práctico; lo que no es importante para el Capital. Para el Capital lo que importa es que estas mercancías puedan ponerse en circulación para su valorización en el mercado. Para el Capital no es importante solventar tal o cual necesidad humana, sino que poner en circulación mercancías que puedan ser intercambiables para la creación de más valor. Esto se conoce como valor de cambio y determina la lógica del orden actual. En este sentido, las mercancías no son sólo lo que resulta del proceso productivo, sino que todo aquello que se pueda poner en circulación para crear más valor, lo que incluye al mundo entero (naturaleza, animales y humanos). La mercantilización de la actividad humana toma forma en el trabajo asalariado (y en toda actividad alienada que éste deba hacer para subsistir). La miseria que se padece en la esclavitud del trabajo no se debe sólo a que existe una minoría con el poder suficiente para explotar a los demás, sino que el trabajo es nuestra actividad alienada y necesaria por y para los imperativos de la circulación mercantil y la creación de valor: la esclavitud del trabajo asalariado es la actividad necesaria para reproducción del mundo de la economía.

Pero hay quienes dicen que la economía existió siempre; que el intercambio y la producción han existido desde las primeras formas de organización humana y que referirse a la economía es referirse precisamente a eso, de manera que lo que actualmente concebimos como economía no es sino una de sus formas. Por lo tanto, dicen los críticos de la economía actual (que en el lado “revolucionario” cuenta con marxistas-leninistas hasta anarquistas más tradicionales), habría que cambiar la manera de gestionar la economía, y no acabar con la economía en sí, a la que se le concibe como un área tan natural de la vida social como a cualquier otra.

Esta perspectiva pasa por alto que la economía como categoría especializada de la gestión de la producción es una categoría contemporánea, propia de la civilización capitalista. Pasan por alto que la circulación mercantil -que es el valor valorizándose [1]- no es en absoluto lo mismo que la producción proporcional a las necesidades del comercio de otros tiempos, demasiado débil y todavía estrechamente ligado a las necesidades humanas; que la producción de los maestros artesanos o de las comunidades antiguas no tiene nada que ver con la producción alienada e impersonal inherente a la producción industrializada. Si bien ambas son resultado del movimiento histórico, y tanto la industrialización como la actividad alienada son el resultado progresivo del advenimiento de la dominación de la economía (gracias a la clase de la economía en expansión, la burguesía) contra las viejas formas de propiedad, las relaciones sociales que producen y reproducen la sociedad y el intercambio actual no son en absoluto las de aquellos tiempos, ni se puede equiparar la una a la otra haciendo de la segunda la conclusión del progreso de la primera, ya que ambas surgen de condiciones sociales absolutamente distintas, aunque se les intente indiferenciar bajo una categoría general como economía.

El pensamiento burgués, el pensamiento de la economía, que no concibe más que el crecimiento cuantitativo, en su agónico devenir intenta suprimir el pensamiento de la Historia, ocultando que las condiciones actuales de vida en la Tierra son el resultado de la imposición de su modelo productivo particular. El pensamiento burgués, que se generaliza en forma de sentido común, pretende hallar los origines de las relaciones sociales actuales en un supuesto desarrollo natural humano, ocultando (puesto que su lógica no le permite aceptar esto) las formas de sociabilidad y de comunidad anteriores a él. Entonces el sentido común nos reprocha el “sinsentido” de atacar la economía, pues siendo ésta el resultado natural de la actividad humana, estaríamos atacando a la actividad humana misma, como si la economía fuera algo inherente a la organización humana.

Cuando decimos “que reviente la economía” no lo decimos con la única esperanza de que una crisis en el aparato de producción capitalista resulte en terrenos favorables para irrupciones revolucionarias (si bien tampoco negamos que estas crisis pueden resultar favorable a la agitación revolucionaria, creemos que la crisis capitalista se encuentra ya presente en la actualidad, y que es en ella donde creemos que hay que actuar), sino que porque concebimos la abolición del capitalismo como la abolición de la economía y de toda categoría social separada, cuya existencia tiene sólo cabida en un sistema dedicado a la cuantificación de todo lo existente para su circulación en el mercado. Si bien la explotación y la servidumbre han existido en organizaciones humanas previas al capitalismo, es la dictadura de la economía quien las determina hoy, de ahí que nuestros esfuerzos por dilucidar y combatir este entramado social se dirijan en gran parte hacía y contra ella. Reconocemos en la economía el reinado del Capital y no nos interesa ninguna nueva forma de gestionarla. De ella sólo esperamos su desaparición para poner en su lugar relaciones basadas en la comunidad de las necesidades y afectos humanos, la comunidad humana.

¿Control obrero de la producción, autogestión de la industria?

¡Desarme industrial!

¿La economía está en crisis?

¡Qué reviente!

Extraído de la publicación Anarquía & Comunismo #6

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Nota

[1] En A&C N°3 definimos valorización del valor así: La creación de valor es el proceso mediante el cual el Capital se encarga de que toda la actividad humana y animal se oriente hacia la conversión de valores de uso en valores de cambio y toda la finalidad de nuestras vidas en este mundo se reduzca a poner el cuerpo y el espíritu al servicio de la creación de dinero. La valorización del valor apunta además a que este proceso se intensifique al máximo mediante la actividad desesperada de cada uno de nosotros, impuesta por el mundo del Capital, para convertir ese valor en más valor.

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