Lucha de clases

[Extraído de la publicación Contra la Contra N°2]

¿Proletario yo?

La burguesía ha divulgado ampliamente que tras dejar de ser predominante en la producción la figura del obrero industrial, automáticamente “el proletariado ha desaparecido”.  Pero resulta que el proletariado es  y siempre fue desde su nacimiento una condición material e histórica y por consiguiente esa clase social no puede reducirse a un oficio u ocupación laboral en específico. Al prevalecer el capital prevalece la producción de mercancías, y por consiguiente también la clase que encarna la explotación de esa fuerza y tiempo de trabajo que es requerida para generar el valor de esas mercancías.

El proletariado está marcado por la desposesión perpetua de sus medios de vida y por consiguiente debe que trabajar por un sueldo;  el denominado “estilo de vida moderno consumista” que muchos asalariados pretenden llevar a cabo, dista mucho de ser el reflejo de la supuesta estabilidad y superación que se puede alcanzar bajo el capitalismo. Comprar un automóvil o costearse unas vacaciones en la playa, tener unos zapatos deportivos de marca, un plato de comida en la mesa, ir a beber cerveza los fines de semana o tener agua caliente en la ducha, pagar alquiler por una vivienda o un teléfono móvil; son “comodidades” que en cualquier país, solo pueden solventarse sin sacrificios un reducidísimo número de personas. Si hoy existe mayor circulación de mercancías que se creían inaccesibles para la mayoría de la población hace setenta años, no se debe a las bonanzas de este sistema, sino a la necesidad de crear movilidad para las exigencias del mercado mediante créditos que otorgan los bancos y nos descuentan de la nómina (con alto interés), facilitándonos dinero invisible el cual en la vida real pagamos con más trabajo.  No importa si nos ganamos “la vida” inhalando metales pesados bajo una mina, colocando vigas en una obra, en una oficina tras el computador, en un laboratorio clínico, como jornaleros pizcando cultivos para los agroindustriales, como camareras en un hotel o como mesero de un restaurante; seguimos siendo esclavos del salario, de las deudas y del incremento de trabajo que debemos realizar para pagar por un bienestar que nunca llega.

La patronal, el Estado y hasta los curas reverberan a diario que trabajando duro, ahorrando y siendo disciplinados se puede alcanzar cierta estabilidad. Muchos explotados terminan engañándose  a sí mismos y se lanzan en búsqueda de ese sueño ciudadano de tener una casa, un coche, una familia mientras los niños juegan en el patio con el perro y los abuelos postran en el balcón leyendo el diario y tejiendo un suéter.  Evidentemente, toda esa fantasía se viene abajo cuando un accidente, enfermedad terminal o la simple vejez nos incapacitan de seguir laburando o pasamos 30 años sirviendo a una empresa que de repente nos echa con una patada en el culo sin liquidación; para posteriormente ver como se esfuman en un santiamén  todos los ahorros que teníamos (suponiendo que los tuviéramos). La desesperación, tristeza, depresión y angustia que resulta de estas circunstancias, termina imponiendo las soluciones del capital: el prozac, la indigencia o el suicidio (inmediato o paulatino bajo el aliciente del alcohol u otras drogas duras).

Es por eso que en vez de plegarnos a la frustración por diario tirar currículos y que no llamen, o pasar hambre frente al refrigerador vacío, deberíamos comenzar por plantear el cuestionamiento de por qué este estado de cosas debería seguir así.  Nuestras angustias y pesares cotidianos no son sucesos “que solo nos ocurren individualmente”, pensarnos únicos y diferentes es un velo ideológico que nutre el funcionamiento sin trabas de este modo de producción imperante, el cual busca mantenernos atomizados y aislados a toda costa para matarnos entre nosotros y no combatir de raíz el verdadero problema. La realidad concreta es que somos proletarios que fungimos como apéndices de esta megamáquina y solo reconociéndonos como tales podremos sentar las bases para subvertir lo que nos mata en vida.

El capital solo ofrece catástrofe

Hoy es más palpable como enormes masas de seres humanos resultan inservibles para la valorización del capital y para los designios de la dictadura de la economía. Millones de puestos de trabajo, están siendo sustituidos a un ritmo cada vez más acelerado por el trabajo de autómatas tecnológicos con el fin de reducir los costos de producción de las diversas empresas (El desarrollo de la Inteligencia Artificial como el caso más ejemplar). Incluso los institutos del conocimiento (desde siempre funcionales al Capital) a través de sus voceros científicos/profesionales no tienen reservas en afirmar que en los próximos 20 años, el desempleo a nivel mundial rondará el 80%.  Evidentemente, a los conglomerados que gestionan las altas esferas de la economía, así como a los convencidos defensores de esta sociedad y sus ideólogos, [todavía] no les preocupa del todo este problema porque solo les basta con reducir toda esta situación a un daño colateral, y cuya “solución” a corto plazo es que los gobiernos regulen la actividad de toda esa masa superflua manteniéndola ocupada en trabajos más precarios bajo la modalidad de outsourcing o autoexplotándose en el denominado comercio informal. Pero está “solución”, al no conseguir paliar la inflación constante en los precios de las mercancías, conllevará a que esos empleos precarios, así como muchas ramas del comercio informal, tarde o temprano colapsen, conduciendo al eterno retorno del paro y pauperización [1].

Las ilusiones en el capital se caen a pedazos

¿Acaso es verdad que el capitalismo con su progreso y desarrollo industrial en todas sus ramas biológicas, químicas y tecnológicas, ha llevado a que la humanidad viva mejor que antes?  Contrario a lo que pregonan los variopintos apologistas de este orden económico, es imposible encontrar una cortina que cubra el panorama de catástrofe al que asistimos. En el mejor de los mundos posibles [2], nada de lo que proponga como solución este sistema elimina el hecho de que cotidianamente estemos expuestos a desperdiciar horas en el traslado a los centros de trabajo, respirar aire infestado de polución, malnutrirnos con comida macabra que ha sido sometida al proceso químico industrial, pagar rentas elevadas por “viviendas” – ratoneras de hacinamiento (o incluso ni si quiera tener donde vivir), la enfermedad por trabajar, y finalmente estar sometidos a la modernización y aumento de los cuerpos represivos y de vigilancia. Es insuficiente el espacio para recitar una lista que englobe todas las condiciones adversas de subsistencia que enfrentamos día a día millones de esclavos asalariados alrededor del mundo.

No hay pedazo de planeta que escape a los designios de esta civilización del dinero, es más, ni siquiera es real esa supuesta división entre un “tercero” y “primer mundo”, puesto que el capitalismo es un sistema que se alimenta de la movilidad mundial y constante del valor valorizándose a sí mismo, materializando la miseria y generalizándola. Ningún proceso económico yace inconexo ni aislado, pese a que los capitalistas siempre presuman de avances económicos y beneficios, siempre será desde una perspectiva meramente localista donde sólo se beneficia su esfera: nos hablan de que “somos más competitivos en este lado”, pero no mencionan que esa competitividad se debe a que nuestra explotación es mayor y eso aligera los costos de producción y por ende se dejará en la quiebra a los competidores que en otros países echarán a miles a las filas del desempleo. Desde el centro de los Ángeles cuya especulación inmobiliaria ha arrojado a miles de personas a la calle,  hasta la miseria de la villa de la Rinconada en el Perú donde se trabaja sin sueldo en busca de oro para las empresas mineras que venden este metal en Suiza, son el resultado de un modo de producción cuya dinámica no se limita a lo local ni regional, sino que sus raíces [así como sus repercusiones] acaecen directamente mundiales e históricas y en consecuencia, lo que ocurra en un país no puede entenderse como “propio”, “particular” o desligado de lo que acontece en otras latitudes.

¿Es imbatible el capital?

Pero las contradicciones del capitalismo nunca transcurren en armonía; la ola de luchas a nivel mundial de la última década, desde Grecia, hasta Nicaragua, desde Egipto hasta Argentina, dejan en claro que bajo el capitalismo toda “mejora” es una vil quimera; que el desarrollo, es el desarrollo de la explotación; que la libertad, es la de morirse de hambre o morir trabajando; que la igualdad está sujeta a leyes creadas para la protección de la burguesía; que la prosperidad y bienestar son las referidas a las aspiraciones que sólo la burguesía puede alcanzar; y donde la democracia no es otra cosa que la dictadura del capital.

Evidentemente, el periodo actual de luchas se compone de estallidos no muy prolongados, de golpes y contragolpes, de ascensos y caídas donde la paz social termina imponiéndose; sea por endurecimiento del terrorismo de Estado o por la apuesta hacia el reformismo. No es extraño que estemos todavía muy lejos de entrar siquiera en una fase  pre-revolucionaria a nivel mundial. No obstante, la ausencia de estallidos, revueltas o luchas generalizadas no debe ser confundida como un periodo que dura para siempre, pues las contradicciones siempre están de por medio y éstas se tensan a tal grado que terminan reventando todo lo que se creía sólido e inalterable.  Además, si el grueso del proletariado es hoy débil, disperso y reformista, no se debe a una “causa natural” o a una derrota irreversible donde la lucha de clases ha sido subsumida al modo de producción capitalista [3]. Hay que buscar las causas de esta situación en el desarrollo de las continuas derrotas acontecidas tras décadas de contrarrevolución capitalista (exterminio, represión y cárcel), sumado que gran parte de las luchas acontecidas desde hace algunas décadas prácticamente están comenzando desde cero, deambulando carentes de balances y posiciones con frágiles rupturas con lo caduco. Por otra parte, el inmediatismo y las falsas concepciones que contemplan la revolución como una gesta heroica, ignoran con vehemencia que los asaltos que el proletariado efectuó contra la sociedad capitalista en 1917, 1968 y 1977, no acontecieron espontáneamente ni en forma de milagro, sino que fueron el resultado de décadas de darse de bruces con la realidad existente. Finalmente, es importante no perder de vista que la realidad social se impone de formas que rebasan expectativas o suposiciones de cualquier grupo o individuo. El proceso de confrontación clasista y revolucionario, además de largo, no estará exento de numerosos fracasos, además que nunca estará sujeto al voluntarismo ni al mecanicismo pretensioso de acciones que nos darán el resultado esperado.

Aversión a sus supuestos sepultureros

Plantear como alternativa social irse al huerto a cultivar en comunas abogando la imposibilidad de derrotar el capitalismo, no dista mucho de vislumbrar la posibilidad de futuros apocalípticos o abogar por la inmediata extinción de la raza humana para frenar el colapso del planeta [4]; es una forma de complacer a los designios del Capital, el cual busca en todo momento reforzar los mitos de su supuesta invulnerabilidad, suprimiendo así toda posibilidad de cuestionar y transgredir sus fundamentos materiales. Creer que las luchas cesarán o deambularan en la confusión y cooptadas en el reformismo para siempre, corresponde nuevamente a esa razón capitalista de ver la realidad de modo anti-dialéctico, es decir, depurada de contradicciones negativas, como si los procesos se mantuvieran siempre lineales y sin conflictos entre quienes buscan superar esta realidad y quienes por su parte pretenden conservarla con todo y sus estructuras.

La lucha de clases es una constante en el capital, es su condición intrínseca y su existencia no depende únicamente del nivel de explosión social que se manifiesta en determinado momento [5]; La lucha de clases no se reduce a una lucha en particular de tal país, ni se define como una lucha que solo tendrá lugar en un futuro lejano cuando el proletariado “ya poseerá un programa específico para realizar la revolución” [6]. La lucha de clases hay que entenderla como la esencia del capital en su totalidad, esencia que la burguesía quisiera depurar pero está imposibilitada.

Las mistificaciones, las falsas identidades e ideologías variopintas del Capital solo pueden influir temporalmente en hacer creer la inexistencia de los antagonismos de clase y sus consecuencias. Pero la lucha de clases no es una ideología o un camino a elegir, sino una realidad materializada en cada uno de nosotros como proletarios y que se ve acentuada desde que un despertador (cuasi trompeta sonando en los barracones militares) nos recuerda que debemos ir a destruirnos trabajando. Ese malestar y el potencial subversivo que conlleva no son un acto individual, sino la condición social que da paso a salir a la calle y enfrentar a todo y todos los que defienden este orden.

***

Notas:

1- Como bien sabemos, el desempleo y la inflación desata la competencia por mantener bajos costos en base a la productividad, lo cual propicia bajos salarios + un incremento de la explotación + incremento de la jornada laboral. Una funcional cadena que ningún gobierno puede ni quiere romper.

2- Los liberales no se cansan de pregonar que “si bien, el capitalismo está lejos de ser un sistema perfecto, es por otra parte el mejor sistema que la humanidad ha conocido para no padecer tanta escasez ni enfermedades, prolongado el tiempo de vida  hasta los 80 años” (Sic!).

3- Esta falacia es moneda corriente en tendencias como “la teoría del valor” (jappe, kurtz) o los comunizadores a la usanza de theorie comuniste o los exégetas de jaques camatte. No profundizaremos por ahora en esta crítica, eso lo dejaremos para futuros números de esta publicación.

4- Hecho ingenuo, siendo que muchas distopías como el hambre, la guerra, el control y el avance tecnológico destructivo ya tienen lugar en esta sociedad, conviviendo con las “bonanzas del capitalismo”. Además, es el capitalismo mismo el que desde hace tiempo extermina a la raza humana y lo sigue realizando con creces.

5-  Así como el capitalismo no se suprime si un individuo se va a la montaña y sobrevive sin dinero; la lucha de clases no desaparece si triunfa la paz social mediante la represión de la burguesía y su Estado.

6 – No hay que confundirnos entre lo que es un programa revolucionario y la lucha de clases; pues un programa revolucionario y comunista es producto del desarrollo de la lucha de clases y no a la inversa.

 

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